Aquel día llevaba el traje de 7 mm comprado este mismo año. Ya un poco comprimido por lavarlo tantas veces en la lavadora. También llevaba un chaleco de 3 mm, sin mangas. y tan solo 5 kilos de plomos, aún cuando me sobraba un kilo o medio.
domingo, 13 de mayo de 2012
El ya clásico dentón del mes de mayo
sábado, 21 de abril de 2012
El gato y la corvina perro superentrenada
Allí estaba, pensé. El mero parecía un mero de unos cuatro kilos. No apreté el gatillo, pues llevaba el fusil cargado en la primera muesca. Así que subí a la superficie, cargué el fusil en la segunda muesca, y bajé con la linterna y el fusil para buscar a aquel mero. Allí estaba, pero esta vez había agotado mi tiempo de apnea, así que subí de nuevo a la superficie y me ventilé los pulmones. Bajé de nuevo, le ví allá al fondo de la cueva, se veía mas chico debido a la lejanía. Pero se le vía un ojo. Apunté a uno de aquellos ojos, y apreté el gatillo con la frialdad que requiere un tiro de cirujano, es decir, sin mover la culata mientras apretaba el gatillo, salvo para afinar la puntería cosa que hice unos fracciones de segundo antes de apretar el gatillo. Ni siquiera miré si había dado en el blanco. La apnea aquel día no era muy buena. Una semana anterior durmiendo unas cinco horas como máximo, tenía mi organismo un poco colapasado. Pero no importa, me lo tomé con tranquilidad. Busqué la boya sacameros. Coloqué el cigarro sacameros, o fideo, después una de las boyas, y busqué un segundo fusil para afianzar al mero con un segundo disparo al cerebro. Me costó mucho, pues había cambiado el arpón del fusil de repuesto recientemente, y la primera muesca se encontraba mas retrasada de lo habitual. Así que no pude cargar las gomas del 18. Busqué en la boya un obús de repuesto que fuese mas largo, para ver si me era posible cargar el fusil en la primera muesca. Me costó un poco, porque, entre la fuerte corriente y el pequeño oleaje, me hacían balancearme y no atinar con el enroscado del obús. Al final lo conseguí. Pero entonces me dí cuenta, que la boya sacameros y el cigarro sacameros, había sacado al mero de su guarida. Así que el trabajo me lo habían hecho las boyas. Pero cuando vi al mero me pareció muy chico. La cueva y la distancia a la que se hallaba el mero me habían engañado sobre el tamaño del animal. Pero ya estaba clavado y bien clavado y no podía abandonarlo. Así que lo colgué en el aro. Después vi al rato una gran cola de pescado asomando por una grieta entre dos rocas. Bajé varias veces, pero cada vez que bajaba el pez desaparecía. Era una corvina perro enorme. Me dí cuenta que volvía a aparecer una vez me veía en la superficie, pero se escondía cuando bajaba. Pero allí estaba entrando y saliendo. Así que me convertí en una especie de gato para atraparla. Bajé una última vez sin casi hacer la maniobra de wansalva para no asustarla, aún sabiendo que me podía estropera los tímpanos. Pero por el tamaño del lomo, aquel animal se merecía correr un pequeño riesgo. Varias veces bajaba y varias veces desaparecía el pez. Hasta que una última vez la clavé atravesándola por el cuerpo de arriba hacia abajo. El animal se debatía clavada del arpón, por lo que no tardé mucho en clavarle el cuchillo en la cabeza para matarla.
Después ví otro mero, que saqué de un disparo certero hacía uno de sus ojos. Tampoco era muy grande. Algunos pequeños salmonetes fueron cazados mientras nadaban a media agua de disparos de cirujano.
La apnea fue mala, pero el aro estaba casi lleno de pescado. La suerte del pescador submarino es inversamente proporcional a su forma física.
martes, 10 de abril de 2012
El pulpo cansado de ser perseguido
Aquel día el agua estaba en 15 grados. El viento de poniente soplaba con fuerza 4 de Beafour, lo que hacía que el calor del cuerpo bajo el traje de neopreno se evaporase y la sensación de agua gélida hiciese su aparición. No obstante, el radiante sol de primavera mermaba en parte algo de la sensación de frio.
El lugar elegido para bucear aquel día no era distinto al de otros días anteriores. El viento borrascoso del Suroeste no daba otra alternativa si se quería bucear en aguas algo tranquilas al abrigo de la costa. No obstante la zona era aquella en la que en verano en un lugar determinado y limitado de rocas no muy abundantes, los pequeños dentones de uno a dos kilos eran habituales.
Pensaba que al menos vería a aquellos dentones, sobre todo pensaba en ver algún ejemplar de mayor tamaño, debido a que en primavera suelen acercarse a las proximidades de la costa para aparearse. Pero la fortuna no estaba de mi parte aquel día, como tampoco lo había estado en todos los días de vacaciones de la semana Santa, y ello a pesar de haber tentado la suerte en al menos siete días, durante jornadas de cinco y seis horas dandole que te pego a las largas aletas de carbono.
Visto que no ya no iba a pescar denton alguno, pues no vi ni siquiera a uno de aquellos depredadores de veranos pasados, opté por continuar buceando en aquellos escullos que sin asomar sobre la superficie del agua, estaban tan próximos a ella como a una distancia de unos 30 centímetros en algunos rocas cubiertas de posidonia. Pensé que si prestaba atención al lecho submarino, podría descubrir algunos restos de milenarios pecios, de cerámica, o incluso algun objeto metálico que de ser noble podría conservarse en perfecto estado después de varios milenios. Con esa ilusión, esperanza, o, llamemosle consuelo, continué buceando, sin abandonar el fusil de mis manos, por si alguna pieza buena se ponía a tiro. Nada de eso ocurrió. Sin embargo, divisé a varios cefalópodos de aproximadamente un kilo y poco. Pensé que al ser tan chicos podría divertirme un rato con ellos mientras les hacía algunos videos y fotos.
Así que aquel pulpo fue la victima propicia de mis fechorías con aquella pequeña cámara de fotos y videos.
El pobre animal llevaba una pequeña herida en donde nacía una de sus patas. Y huía velozmente del objetivo de mi cámara fotográfica. Pero le estuve persiguiendo durante casi media hora, tal vez incluso durante una hora. Cuando subía a la superficie para ventilarme, el pobre animal respiraba agitado, cansado de tanto huir de un lado a otro.
Traté de introducirlo en un agujero en donde había otro pulpo mas grande, pero la territorialidad no solo se defiende por el dueño del agujero, sino que dentro del mundo submarino, la territorialidad es ley a respetar por los demás animales, incluso de la misma especie.
Al final salí con el aro portapeces vacio, pero en mi cámar submarina permanecían las imágenes y videos robadas a aquel pequeño cefalópodo, que al final volvería a su cueva a descansar, seguro que maldiciendo mis fechorias, ocurrencias, y ánimo persecutorio. Pero la vida submarina es así de insegura algunas veces, para solaz de quienes no habitamos el medio.
jueves, 5 de abril de 2012
domingo, 11 de marzo de 2012
El mero del día de las víctimas del terrorismo.
La temperatura del agua, aquel día, había subido un grado. Los 14 grados, hacían que no se pasara frío durante 5 largas horas buceando.
Me metí muy tarde, eran las 14 horas. Ya todos los pescadores submarinos que habían batido la zona, habían salido del agua. Eso está bien, pensé, ellos han madrugado para no sacar nada, yo que no he madrugado, igual tengo suerte de encontrarme la pieza imprevisible, esa que nadie espera encontrar y que está en el agua, a pesar de los madrugueras impertérritos.
Mi fobia a madrugar me llenaba de energía aquel día en que el sol lucía a rabiar.
Un pescador submarino, de aquellos que habían madrugado, me comentó que un mero había clavado, que pesaría unos 3 kilos, pero que se le había desclavado. Me dijo de una piedra al fondo de una bahía. Creía que yo no conocía bien la zona, y que el mero ya no estaría en aquella piedra. Pero tal vez pensaría que aquel mero, de no sacarlo alguien moriría en vano, descomponiéndose en el fondo marino para pasto de los demás peces.
Yo sabía exactamente, a falta de otras referencias, a que piedra se refería. Mi conocimiento de la zona, palmo a palmo, durante los últimos treinta años, me hacía confiar en que, si el mero estaba allí, vivo, herido o muerto, me lo encontraría y le haría colgar como un trofeo en mi aro portapeces. La seguridad era mi arma en aquel día.
Avanzaba lentamente, parando y bajando en cada piedra, escrutando con la linterna submarina leed todas las cuevas. Vi un pequeño mero de unos dos kilos esconderse bajo una piedra. Ya no dio más señales de vida. Había desaparecido. Pero, adentrándome mar a dentro, enfilando los altos acantilados del lugar, poco a poco llegué a la zona de la roca de la calavera. Aquel lugar era un lugar mágico. Podía uno encontrarse cualquier pieza importante, desde un tiburón zorro, hasta un mero de gran tamaño, incluso alguna lecha de tres kilos, o un bonito del mismo peso.
Cuando bajé a la roca que yo había calculado ser la del mero de aquel compañero pescador submarino. Me quedé atónito viendo que un gran mero me daba la cola para desaparecer dentro de una gran cueva en forma de L. Aunque llevaba el arpón cargado en la primera muesca, y no tenía mucha potencia, no lo pensé dos veces, mientras el mero trataba de desaparecer deslizándose cueva adentro, apreté el gatillo para intentar ensartarlo por la cola. Con suerte, pensé, si le ensartaba podría con rapidez tirar del él antes de que se enrocara con su enorme cabeza en lo más recóndito de aquella cueva. Pero el arpón solo le acarició la piel rasgándole algunas escamas. Miré al fondo de aquella cueva, viendo que mi pieza había desaparecido en algún lugar de la cueva en donde no podía verle. Me acordé del sabio Borriquete, y de su arpón clavado en aquella roca, como la espada del rey Arturo, clavada en la roca, imposible de extraer por medios humanos. Lo había intentado en varias ocasiones, cuando Borriquete me indicó donde había dejado un arpón clavado, pero no pude extraerlo a pesar de llevar el gancho saca arpones que él mismo me fabricó y que me acompaña desde hace casi veinte años en mis jornadas de pesca submarina y con el que he sacado varios arpones de otros enrocados, algunos míos, y me ha ayudado a sacar meros gordos y difíciles. Miré por la grieta por la que Borriquete había disparado aquel arpón, y, sorpresa, allí estaba el mero, a lo lejos en la cueva, se veía muy chico, dada la distancia lejana en la que se hallaba. Pero mi instinto depredador y cazador, apuntó en la lejanía certeramente a su ojo. El arpón del fusil de 90 cms, ya cargado en la segunda muesca, salió disparado y se clavó directamente en uno de los ojos de aquel mero escondido que se creía seguro.
Ascendí a la superficie, y después de ventilar mis pulmones, solté el carrete del fusil, para que este ascendiera a un metro de la superficie. Luego le colgué los boyarines sacameros en las gomas del fusil, para impedir que el mero se enrocara. Pero no se podía enrocar mucho, pues un buen disparo en uno de los ojos, dejaría paralizado al mero y este ni siquiera haría movimiento alguno. Me fui nadando hacía la boya que estaba algo alejada buscando el segundo fusil de 90 para darle el tiro de gracia al mero y poder afianzarlo antes de utilizar el gancho sacameros.
Los coletazos del mero y la sangre que salía de la herida me hacían imposible poder visualizar su silueta. Sabía que estaba clavado, pero no sabía a ciencia cierta si le había atravesado de muerte o se me escaparía. El segundo fusil, se me encasquilló y no me dejaba cargarlo. El largo tiempo sin utilizar le había hecho inoperativo en el momento en que mas lo necesitaba. Me armé de paciencia, y poco a poco conseguí desencasquillarlo. Lo cargué y me dirigí hacía donde había disparado anteriormente. Miré bajo la grieta alumbrándome con la linterna y vi al mero atravesado por uno de los ojos. Ya casi cantaba victoria. Pero debía hacerle un segundo disparo al cerebro para afianzarlo. Disparé el segundo arpón, hacía el lugar en donde calculé que tendría el cerebro. Y el arpón se clavó en la cabeza del animal. Luego desenrollé el carrete consiguiendo subir a un metro de la superficie el fusil. Después le coloqué otra boya sacameros. Después de ventilarme, bajé con el gancho sacameros y pude extraer al animal sin mucha dificulta. Bendita sea, pensé, pues creía que por aquella grieta no cabría el cuerpo del enorme animal que ahora se veía inmenso. Pero el problema no era la grieta que era lo suficientemente ancha como para, con la ayuda del gancho sacameros, poder extraer al mero, sino que el problema era el segundo arpón disparado, que se había clavado en aquella roca. Pensé al principio, que si mi arpón se había clavado igual que el de Borriquete, me sería imposible sacarlo y lo perdería. Pero la suerte aquel día estaba de mi parte. Conseguí sacar el arpón, también subí el mero. Le rematé con el cuchillo clavándolo desde las agallas hacía el cerebro. Pero la cabeza del mero estaba durísima. Conseguí dejarle narcotizado, y le clavé en el gancho sacameros. El trofeo, regalo del sabio borriquete, estaba asegurado. Luego divisé un mújol que nadaba velozmente a media agua. Avancé y le clavé certeramente de un solo disparo. Ya el sol tendía a ocultarse, eran las siete de la tarde y ya llevaba 5 horas dentro del agua buceando. Tocaba retornar y salir. Pero en el camino me encontré algo que la ciencia no se si tendría conocimiento. Era una bola de caracolas marinas, apiñadas formando un gran bulto. Entre ellas existía una especie de esponja blanca. Parecida a una esponja artificial de material plástico, mas bien tirando a una esponja de poliuterano, formada por pequeñas esferas unidas entre si. Entonces deduje algo que no había imaginado hasta entonces. Tal vez aquella esponja formada por bolitas unidas parecidas al material de poliuretano, solo eran un producto excretado por aquellas caracolas, y que les serviría para desovar, o aparearse. la foto y el vídeo de aquella pelota de caracolas alrededor de aquella esponja natural de poliuretano, quedó grabada por mi cámara fotográfica Canón. Y doctores tiene la ciencia para deducir si la teoría que había imaginado sería realidad o simple casualidad.
lunes, 5 de marzo de 2012
El agua estaba a 13 grados 13. Los sargos estaban preñados. Los salmonetes esquivos. La puntería infalible.
Aquel sábado 3 de marzo, la mar se presentaba tranquila. El viento de suroeste la había dejado planchada. También estaba transparente. No obstante, la previsión meteorológica no era muy buena, pues a partir de mediodía la fuerza 4 de Beafour, se convertiría en 5.
Nada más penetrar al agua, me quedé congelado. A pesar de llevar el traje de 7 mm y el chaleco de manga corta. En el cinto 7 kilos de plomo. La corriente del sur me hacía difícil avanzar. Así que opté por ir contra corriente, para, a la vuelta poder retornar sin problemas a toda velocidad ayudado por la corriente a favor.
Bajé unas 100 veces, a escrutar con la linterna submarina led, bajo las cuevas de las rocas, durante las 5 horas que estuve buceando.
No se veía pescado alguno. Los salmonetes estaban esquivos, y les tuve que disparar en la distancia mientras huían a toda velocidad. No me dieron otras oportunidades y la buena puntería hacía estragos por la espalda a los huidizos salmonetes allá en la lejanía donde eran atravesados partiéndoles la espina o la cabeza por el arpón disparado certeramente.
Únicamente en dos ocasiones encontré al fondo de dos cuevas unos sargos de esos llamados gordos, gordos. Les disparé certeramente a la cabeza, y ambos se enrocaron de lo gordos que eran. Pero con paciencia logré sacarlos por el hueco mas ancho de las cuevas en donde habían sido abatidos.
Antes de salir del agua, con la ayuda del cuchillo que llevaba en la espinilla, rasgué los vientres de los sargos para sacarles las vísceras. Mi sorpresa fue enorme, cuando vi aparecer las enormes huevas que llevaban en sus cuerpos. Quité con precaución las tripas por la parte de las agallas, dejando unidas al ano, las enormes huevas y letones que portaban en el vientre aquellos sargos.
Luego, ya en casa, pude tomarme una cerveza, acompañada de las huevas fritas, con aceite de oliva en el microondas, durante menos de un minuto. Ya una vez en el plato les eché un poco de zumo de limón. También llevaban aquellos sargos un hígado enorme, que junto a las huevas, fue el aperitivo de aquel día de pesca submarina. El plato principal de aquel día fueron los 4 salmonetes asados con unos granos de sal en el microondas. Se hicieron en 6,30 minutos. Le eché, una vez en el plato, limón y aceite.
No fue uno de mis días predilectos. La noche anterior no había dormido lo suficiente, tras un día agotador haciendo rápel durante unas seis horas. Además, la semana anterior, la media de sueño no superó las cinco horas diarias. Y la pesca submarina solo se debe practicar, si se encuentra uno descansado, habiendo dormido al menos 8 horas previas a la jornada de pesca.
No fue uno de mis días predilectos. La noche anterior no había dormido lo suficiente, tras un día agotador haciendo rápel durante unas seis horas. Además, la semana anterior, la media de sueño no superó las cinco horas diarias. Y la pesca submarina solo se debe practicar, si se encuentra uno descansado, habiendo dormido al menos 8 horas previas a la jornada de pesca.
miércoles, 22 de febrero de 2012
El agua estaba a 13 grados. La perrita invisible.
Aquel sábado 18 de febrero de 2012, el agua estaba entre 13 y 14 grados centígrados. Ya hacía tres fines de semana que, por unas causas o por otras, no me había metido a bucear. Las bajas temperaturas de aquellas fechas, inusuales en la zona del sureste, hacían de la pereza, para ponerse el traje de neopreno y zambullirse en las frías aguas del Mediterráneo, una virtud, para protegerse del frio. Por eso, aquel día que por fín el sol lucía y la temperatura exterior máxima era de unos quince grados a 17, elegí aquel lugar para zambullirme y practicar la pesca submarina. No esperaba pescar nada, pues en esta época del año, el pescado se encuentra desaparecido. Los pulpos y alguna sepia es lo único que se deja ver.
Me calcé mi chaleco de neopreno de manga corta, que aúnque algo acartonado ya, por tener casi veinticinco años, aún prestaba su función isotérmica, teniendo asegurada una jornada de pesca sin pasar frio. Por si el chaleco no fuese suficiente, mi nuevo traje microporoso baratero, de 7 mm, con pantalón sin peto, era otra de mis armas para protegerme de las gélidas aguas de esta época del año. Me coloqué al cinto 7 kgs de plomo. Además me golgué una pastilla de un kilo de quita y pon, hasta alcanzar los ocho kilos de lastre. No obstante, al final, prescindí de ella, y me quedé sólo con 7 kilos de plomo, lastre que me resultaba suficiente para bajar y planear por el fondo.
Y así fue. Durante las cuatro horas largas que permanecí buceando, no sólo no pasé frio alguno, sino que, al contrario, un calor bochornoso me inundaba, obligandome de vez en cuando a abrirme la capucha para dejar entrar algo de agua fría que me refrigerase un poco la cabeza. Pero lla completa estanqueidad del nuevo traje de neopreno, me hacían sentir calor muy a menudo.
Me metí al agua aproximadamente a las 14 horas y salí a las 18 horas, cuando al sol aún le quedaba casi media hora antes de ocultarse.
No ví casi nada de pescado. Tan solo unas chopas de casi un kilo, de las que conseguí capturar una de ellas. También vi, en dos ocasiones, un banco de lechas de casi tres kilos, que pasaron junto a mi a una velocidad imposible de apuntar con mi fusil. Cometí la imprudencia de intentar seguir a una para apuntarle con el arpón, pero su velocidad me impidió ponerla en el punto de mira. Tal vez hubiese acertado, dejando el fusil quieto, mientras hubiese podido mirar la mirilla, y cuando hubiese visto en la mirilla una cabeza de lecha, podía haber apretado el gatillo. Pero aquel día no caí en practicar ese tipo de caza. Otro día será.
Cuando salí del agua y me dispuse a cambiarme y ponerme la ropa seca. Un bonito perro de color blanco, intentaba ganar mi confianza de perro guardían del mi coche. Era una perra de esas que utilizan los pastores de ovejas para cuidar el rebaño. Llevaba al cuello dos correas, en una de ellas lllevaba una chapa de plástico identificativa. Para demostrarle mi agradecimiento mientras vigilaba mi coche, le ofrecí una barrita energética de avellanas y almendras, de esas que tanto me gustan. Pero la perra, no parecía tener apetito, tan solo olfateó a malas penas la barrita de lejos, y no se la comió, la ignoró por completo. Por lo que supuse que no sería una perra abandonada, sino una perra con dueño, bien alimentada, y que circulaba libre por donde le daba la gana. Tal vez su caracter pacífico, le hacían acreedora para disfrutar de una libertad merecida.
No obstante, le ví con intención de intentar subir al portamaletas de mi coche, y después también pensó en subirse al asiento del conductor, cosa que le negué. Una vez me hube cambiado y vestido, le dirigí un saludo de despedida con la mano, subí al coche y me fuí de allí, dejando a la perra en aquel lugar, tal cual la había encontrado. No tardó en irse por donde había venido, después de ver que mi coche ya se alejaba, sin darle la mas mínima oportunidad de cambiar de dueño.
Bueno, esto de la vida animal, tiene sus virtudes y defectos, pues a pesar de no haber cazado animales del género de los peces, no obstante, estuve bien acompañado de una perra de color blanco, con el pelo rizado como un borrego. Le hice algunas fotos, pero la perra era tan blanca, que probablemente, ni la cámara fotográfica pudiese captar su imagen. Menos mal que al estar en llibertad su hocico algo sucio, podía servir de identificación para que la imágen fotográfica tuviese materialidad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)