MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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jueves, 22 de febrero de 2018

En tierra de moros. Las Puntas








La previsión de viento de poniente, me hizo aquel día desplazarme unos 25 kilómetros hasta llegar a Las Puntas. Aquel paraje. es tierra de moros. desde que. hace varias décadas. se implantaron los invernaderos. Entre aquellos habitantes, los había que estaban europeizados desde que nacieron, otros. en cambio, acababan de pisar territorio de sus ancestros medievales y, dada su vejez, ya nunca aprenderían las costumbres de la península, antes de que les llegase el turno de ver a su Dios.
En estos lugares. hay que llevar mucho cuidado donde se deja el coche. para meterse a bucear, pues también hay amigos de lo ajeno, que no dudarían en romper cristales y hacerse con las pertenencias del infortunado, e incauto,  buceador.
Con esas precauciones en la cabeza, me dirigí al lugar mas poblado, no por ello mas seguro. En un restaurante próximo, la hora de comer había reunido a los extranjeros. que también poblaban aquellos lugares, sea provinentes de urbanizaciones, guetos de guiris, sea de roulottes, o de camping, próximos. Esa circunstancia. me daba un poco de confianza a la hora de aparcar, pues. mientras durase la comida, el coche estaría seguro  ya que, antes romperían alguno perteneciente a extranjeros, que el mío que era un desperdicio de coche.
Entré al agua. aproximadamente a las 15 horas y solo estuve 3 horas buceando, porque.  una de las aletas de carbono. se despegó la pala del calzante, teniendo que volver aleteando con una sola pierna desde un trecho próximo a los dos kilómetros. El agua se mantenía en 14 grados, la transparencia, me recordaba los meses de septiembre, en que era un cristal tralucido,  el sol lucía y la sensación dentro del agua era por ello, agradable. Nadè contra la corriente de poniente, para que a la vuelta me fuese favorable, cuando estuviese cansado. Menos mal, porque ello me permitió volver con una sola aleta y la otra atada con unas cuerdas que siempre llevo en la boya en previsión de estos trances. No se veían,  nada mas que pequeños sargos,.Solo cuando ya llevaba dos horas buceando, divisé un  pulpo de unos 3 kilos, que nadaba sobre las algas. Le disparé y el arpón se quedó atrapado, sin posibilidad de extraerlo, entre varias raíces de posidonia. La única solución en estos casos, es cortar las raíces con un cuchillo afilado hasta descongestionar la muerte del arpón y, así poder extraerlo. Tuve que elevar el pulpo gordo, para que me dejase maniobrar con el cuchillo en el fondo y no me atrapase con sus tentáculos a mi también. Al final conseguí extraer pulpo y arpón. Pero al ver la aleta despegada y rota,  tuve que improvisar una reparación de urgencia y volver con la corriente a favor. En estos casos, lo mejor es la tranquilidad, la respiración tranquila y relajada y tener confianza en los propios medios y en la Providencia. Una vez en la playa, entre los bolos de la orilla vi otro pulpo mas chico y le disparé entre los dos ojos. Salí y me cambié. Miré a mi alrededor, mi coche había quedado solo. Los extranjeros se habían marchado al acabar la comida. En una plaza pegada al coche, estaba sentado un moro con barba y una cara de pocos amigos que tiraba de espaldas. Tal vez, pensé yo, se sentía intranquilo por haberle invadido su territorio. Era un moro viejo, feo,  de unas facciones que no daban sensación de que en su cabeza hubiese tranquilidad alguna, mas bien, malos pensamientos. Parecia un moro de aquellos que, mediante la pirateria, asolaron las costas del levante español, haciendo cautivos a los cristianos.
Tal vez, yo estuviese equivocado y aquel moro, fuese una buena persona, tal vez no. Cuando terminé de cambiarme y guardar el equipo, una idea pasó por mi mente. Si a aquel moro con cara de pocos amigos, conseguía verle la cara de cerca y fichar sus facciones, tal vez, otro día me guardase el coche de los amigos de lo ajeno, si es que, el mismo no fuese uno de ellos, Si a eso, le añadía un pequeño obsequio, tal vez conseguiría amigar al moro de cara de pocos amigos. El pulpo mas pequeño, lo cogí y llamé al moro, quien acudió con recelo, con mala gana y con miedo. No se fiaba de mi, igual que yo no me fiaba de él. Por señas le dije si quería comerse el pulpo. Me dijo con la cabeza que si. Le informe, por signos,  que lo tuviese congelado 7 días, antes de comerlo, no se si me entendió, si tenia congelador, o no,  o si pensaría comérselo aquella misma noche. Después, sentí pena por aquel moro, tal vez un desgraciado de la vida. Tenía los dientes mas viejos que su cara. Sucios de sarro amarillo. Eran unos dientes largos, aunque tenia huecos. Sus ojos, tenían la apariencia de haber visto cosas espantosas, cosas criminales Eran ojos de horror, maliciosos y de espanto. Ojos que causaban, asimismo,  espanto y horror.
Una vez llevada a termino la idea que pasó por mi cabeza, cogí el coche y me fui de aquel lugar. Ni siquiera le pregunté al moro como se llamaba. De todas formas, espero que el efecto llamada no sucediese otro día, sino me faltarían pulpos para regalar y hacer moros amigos.
Después busqué en internet, como se comen en Marruecos el pulpo. En tajine. Todo en tajine. Espero que mi pulpo le sentara bien a aquel moro viejo y mal encarao, que no tenía familia.  Según me dijo estaba solo.
Cuando se lo contase a mi amigo Borriquete, seguro que no me iba a entender,¿ o si? Porque, a los moros, o a cualquier otra persona, hay que tratarla como nos gustaría que ellos nos tratasen en su territorio.

jueves, 8 de febrero de 2018

El pene de San Apapucio aparece, cuando comia las cascaras de los altramuces que tiraba el conde Lucanor


Aquel día, se repetían las variables del anterior, misma temperatura del agua, misma profundidad, misma cueva donde se encontraba el pulpo mas grande, que pesó 4 kilos. La anécdota es que esta vez, después de bajar tres veces a 15,2 metros de profundidad, una para clavar el primer arpón, la segunda para clavar el segundo arpón y la tercera para enganchar el primer arpón a la cuerda de la boya, en la cuarta bajada, que intenté extraer al pulpo de su cueva, tirando de los dos arpones, aquel oponía una resistencia tan grande que nada pude hacer. Se había cubierto la cueva de piedras grandes y de una botella de litro de cerveza. Aquel pulpo era un sibarita de la cerveza y tenía una fuerza descomunal. Cuando le vi la primera vez que bajé, sus brazos me parecieron mas gruesos que el pulpo de 7 kilos, capturado anteriormente en la misma cueva. La idea de utilizar el gancho afilado corto, para clavarle y extraerlo, era la única opción de que disponía. Así que en la quinta bajada hice todo de golpe, clavar el gancho y tirar inmediatamente con fuerza del pulpo. Aquel, esta vez, ya no opuso resistencia y abandonó su fortaleza de cerveza y piedras.
El día no permitía volver el cabo, pues una barrera de medusas, desde el fondo hasta la superficie, me disuadió. Volví por la bahía, y encontré dos pulpos mas, luego se me apareció en el fondo un objeto de madera pulida, con forma de falo de San Apapucio. Estaba horadado por los teredos y un fragmento del objeto se desprendió al meterlo en la malla. Lo guardé porque aquel objeto, me había aparecido por algún motivo oculto, que,  ahora buceando, era incapaz de interpretar, si aquello tenía alguna interpretación posible.
Aquella mañana vi, antes de meterme a bucear, salir con su barca al Asturiano, quien me dijo que Borriquete se había metido por allí esa misma mañana. Menos mal que no creo en supersticiones, ni en la ventaja de, a quien madruga Dios le ayuda, porque a mi, esas tonterías no me dicen nada. Con lo a gusto que se está en la cama hasta las nueve de la mañana, a cubierto de los fríos mañaneros de invierno. A fin de cuentas, el día trae 10,5 horas de sol, no hace falta coger atajos de madrugada. Si hay pesca y suerte, aunque el Conde Lucanor madrugue y nos quite los altramuces, siempre dejará las cáscaras de aquellos, y algún suculento altramuz, que no podrá digerir. Así ocurrió, Borriquete me dejó las mejores piezas aquel día, con  lo que mojarle la oreja, aún podría, si el pene de San Apapucio me lo permitía.
Me dirigí a la cuna de las lubinas, pero no vi ninguna. Pero a la vuelta, encontré material para hacer pulpo a la cartagenera. No se podía pedir mas de un lugar sometido a tanta brega, por los talibanes pescadores del lugar, que no perdonaban meterse a bucear ningún día.


miércoles, 31 de enero de 2018

El pulpo en territorio borriquete





El agua estaba en 14 grados. El pulpo en 14,5 metros de profundidad. El día estaba nublado y las medusas formaban en la punta del acantilado una barrera infranqueable. Llevaba el traje de 7 mm, sin peto, del año anterior, dos chalecos sin mangas de 2 mm, y 7 kilos de lastre entre el cinto y el chaleco. Solo estuve 2,5 horas buceando, porque el sol se estaba ya poniendo. El pulpo, pesó 6,770 kilos, aunque a Borriquete le dije en principio que ¿Cuándo había sacado él 8 kilos de pulpo en un solo pulpo? Por asociación de ideas, seguro que pensó, después de ver la foto que le envié , que su pulpo, allanado por mi en su territorio, pesaba 8 kilos.
Hacía varios años que no sacaba un pulpo de los gordos. Antes de entrar al agua, vi salir con su barca a otro buceador, el Asturiano. Le pregunté si me había dejado un pulpo, uno solo. Me contestó que si. Como si fuese una premonición, le vi cuando bajé a aquella profundidad, antes de comenzar la retirada por la gran cantidad de medusas que había en la punta del acantilado, que me impedían continuar la jornada, además el sol estaba próximo a ocultarse.
Al pulpo le disparé al ojo, con el fusil de 90 cm. Luego bajé con el de 75 y le lancé un segundo arponazo. La tercera vez bajé y tiré de los arpones. El pulpo salió sin oponer la mas mínima resistencia. Debido a su gran tamaño, su gran cerebro recibió el impacto de los dos arpones y quedó muerto en el acto. Menos mal, pensé, pues de haber opuesto resistencia, la profundidad era enemiga en esta época del año, con tanto plomo de lastre y la barrera de medusas acercándose caca vez mas.
Luego vi una sepia enterrada que pasó directamente al aro de otro arponazo y tras soltar una barrera de tinta de 4 metros cúbicos. Una herrera o magre,  hizo de eslabón entre el pulpo y la sepia.
Cuando salí de bucear y después de varios menesteres, pude comer-cenar a las 12 de la noche. El día tenía 10 horas y media de sol, pero yo las había exprimido al máximo, quitándole a la noche, las necesarias para digerir el arroz con caldo de mero, atún y pimiento morrón, que hice en mi olla arrocera.
A mi amigo borriquete, aquel día, en su propio territorio, le había mojado la oreja. Ya estaba bien, después de 12 años, en que día a día él me la había mojado a mi, mientras la mala mar de La maldita Manga, me impedía bucear los 366 días de cada uno de aquellos malditos años, y si podía bucear algún día, allí no había ni un pez, ni un pulpo, ni un vivo, solo barcos y motos asesinas.  Que gusto me dio hacerle una peineta a La Manga. A partir de ahora, a mojar oreja a Borriquete en su territorio.




miércoles, 12 de julio de 2017

El segundo fusil fallö en el momento mas crucial




El día no fue fructífero en numero de piezas, tan solo dos, pero de cierta calidad. El agua ya estaba en 26 grados. El traje sin peto antiguo, de 3 mm, un chaleco ya gastado de igual grosor y dos kilos de plomos en el cinto. Bucear era una caricia entre el agua caliente de superficie y el agua un poco mas fresca del fondo. La mar terminó en calma total, con una ligera corriente del sur. A la hora de estar buceando, bajé a aquella cueva, en la que nunca había encontrado nada. De repente, vi lo que parecía un gran mero que me miraba de frente justo en la entrada de la cueva. No me dio tiempo a reaccionar, pues no lo esperaba y rápidamente el mero penetró dentro de la cueva alejándose, pero se volvió un instante, que aproveché para dispararle a la sombra de la cabeza lejana. El mero atravesado por el arpón tiró del arpón y del fusil, dejando este ultimo casi dentro por completo de la cueva, solo apalancado en una roca, lo que evitó que perdiera el fusil. Fui hasta la boya y a duras penas, por el nerviosismo y las prisas, pude extraer un boyarín sacameros y colocarlo en la culata, que a duras penas asomaba y a la que me costó llegar. De esa forma sería difícil perder el fusil. Luego cogí el segundo fusil de 90 para intentar rematar el mero, por otro lugar si lograba divisarlo. Pero, al cargar el fusil se atascó para adentro el gatillo y el fusil quedó completamente inservible. Entonces cogí un tercer fusil de 75cm. y busqué al mero por otra cueva contigua a la que le había disparado. Allí estaba el mero muy al fondo de la cueva. Cargué el fusil corto en la segunda muesca. Esperé a que el mero que se debatía sin parar, me ofreciese la parte de su cerebro para poder rematarlo y una vez que lo tuve a tiro disparé. El arpón le mató y el mero dejó de debatirse. Entonces coloqué un segundo boyarín en el segundo fusil para que tirase del mero. Pero vi que el primer arpón hacía de palanca e impedía tirar. Tenía un dilema, no quería cortar la cuerda del primer arpón, pero desde donde le había disparado no alcanzaba al pequeño mosquetón para soltarla sin cortarla. Entonces pensé en la única solución, para sacar el mero por donde había disparado por el segundo fusil, debía hacer dos operaciones. Primero soltar hilo del carrete del primer fusil, segundo desenrocar el primer arpón, para poder extraerlo desde donde había disparado el segundo arpón, y después tirar del mero que arrastraría al primer arpón con el hilo ya suelto del primer fusil, para alcanzar así el mosquetón y poder soltarlo, luego cerrando el mosquetón para que no se enredase podría rebobinar el carrete del primer fusil y recuperar fusil e hilo. Primero extraje al mero y lo colgué en la boya. No hacía falta clavarle la daga para rematarlo pues el segundo disparó le había atravesado el cerebro. Conseguí extraer de la forma descrita el primer fusil sin problemas y continuar pescando. A las dos horas y media, mientras escudriñaba una cueva, desde abajo preparado para ascender vi una veloz lecha que pasaba cerca pero que se alejaba. Me mantuve en el fondo agotando las reservas de los pulmones, para ver si la lecha se acercaba al hacerle la espera. Así fue la lecha se acercó milésimas de segundo, que aproveché para apuntarle y dispararle en su huida. Le alcancé en la cola y empezó a girar como una condenada sobre el hilo enredándolo. Conseguí coger a la lecha con la mano, ascender y clavarle la daga para evitar que se escapase, pues se debatí con una fuerza enorme, al no haber sido alcanzada en órganos vitales. La colgué del aro y continúe  buceando Cuando ya llevaba cinco horas buceando y pensaba iniciar la vuelta, bajé a otra cueva. Un mero del mismo tamaño que el primero salió velozmente escapando por la parte abierta a las aguas de la cueva. Busqué en vano, por si se había escondido bajo alguna roca cercana, pero era un intrincado de rocas y no conseguí dar con el mero. Terminé la jornada, solo con dos piezas, el mero solo pesaba 2,5 kilos y la lecha 800 gramos. Al salir, la gente no paraba de hacer preguntas, mientras yo cansado y extenuado, trataba de quitarme el equipo y recogerlo. Un chavalín habitual, me preguntaba si estaba contento, le dije que no, que siempre quiere uno pescar mas, igual que siempre un jugador no se conforma con meter un gol. Pero, en el fondo, durante toda la jornada tenía una zozobra, no había rematado al mero con la daga, y dudaba que pudiese estar vivo. El hecho de que estuviese vivo me atormentaba, porque no me gusta hacer sufrir a los animales. Pero, si le hubiese rematado, con la temperatura del agua 26 grados, y al cabo de casi seis horas, el mero hubiese estado a punto de descomponerse. Cuando salí, el mero que parecía muerto, dio unos movimientos, aún vivía. Por lo que le rematé con la daga y dejó de moverse. Pensé que disfrutaría mas, si estuviese contento con lo obtenido, aunque no fuesen muchas piezas. Después de bajar 90 veces a piedras y cuevas distintas, eso es lo que vi. No podía estar muy contento, pues apenas había pescado digno de dispararle. En cuanto a la zozobra de si el mero estaba bien muerto, termino de hacer que, aquel día no estuviese muy contento.

La pintura de acuarelas y la pesca submarina















No tengo mucha idea de pintar, casi nada de dibujar y no logro adquirir la auténtica técnica de la pintura en acuarelas. No obstante, debido al tiempo libre, por culpa de la mala mar cotidiana que me impedía practicar la pesca submarina, decidí comenzar a practicar con acuarelas, aunque el resultado no pueda considerarse ni aceptable ni como acuarela. Así decidí que cada día de mar mala debía pintar algo. Poco a poco conseguiré aprender una aproximación a la verdadera pintura de acuarelas.
Aquel día 10 de julio, la mar parecía estar aceptable para bucear. Me puse la chaqueta de 5 mm, un chaleco de 3 y unos pantalones gastados de 3 mm. En el cinto llevaba 3 kilos de plomos. El agua estaba en 25 grados centígrados. A la media hora de estar buceando vi un mero, parecía grande, pero se escondía y no me daba tiempo a calcular el tamaño real. A la quinta vez, pensé en bajar sin encender la linterna y bajé alejado de la boca de la cueva. Cuando estaba llegando al fondo, divisé la sombra negra de su cabeza dentro de la entrada de la cueva, me miraba desde abajo y pensé en apuntarle a un ojo, pero la rapidez con la que tenía que dispararle antes de que desapareciera, como había hecho las veces anteriores, no me dejó otra alternativa que disparar desde lejos al centro de la sombra de lo que parecía ser la cabeza. Le dio tiempo a girarse y el arpón le penetro de costado por detrás de las agallas. Tiré inmediatamente de él antes de que se enrocara y logré sacarlo sin dificultad. Clavándole la daga en la cabeza para rematarlo, una vez capturado. Continué la jornada y a las dos horas y media de estar buceando, al fondo de una cueva vi lo que parecía un sargo gordo que no se movía mucho. Le apunté y disparé. Atravesado comenzó a girar sobre el arpón y se enredó en el hilo. Tuve que bajar una segunda vez, para desenrocar el arpón por una grieta trasera de la cueva, desde la que, sin dificultad, pude conseguirlo. Se trataba de una dorada de 1 kilo. La rematé con la daga y colgué en el aro. Después capturé un sargo y una corvina mediana. Bajé unas 80 veces. Había una gran corriente del sur, que me extenuaba. Estuve buceando seis horas, desde las 15 hasta las 21. Demasiadas, para tan poco pescado y para estar en tan baja forma, pero para un puñetero día que la mar esta buena tenía que aprovechar para, por lo menos, hacer ejercicio físico. El mero solo pesó un kilo y medio y la dorada un kilo. Tuve, al concluir la jornada, que quitarle las vísceras a todos los pescados y lavarlos con agua del mar, cosa que no suelo hacer en invierno,  porque en verano puede descomponerse el pescado de no hacerlo así, dada la alta temperatura del agua y de la atmosfera. Según me dijo un vendedor de pescado, para congelarlo no es bueno quitarle las vísceras, pues además de que el pescado pierde su sangre, se oxida antes. Es preferible congelarlo entero. Pero el verano es excepcional en todo. Al siguiente día, ya, otra vez, la mar volvía a estar mala.