MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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lunes, 26 de diciembre de 2011

El pato silvestre black. El cormoran.




























































El agua estaba a 16 grados. Llevaba la chaqueta nueva de 7 mm, un peto de 3 mm. de varios años y un pantalón con peto de 7 mm, comprado hace unos tres años, pero que ahora solo tendría no mas de 4 mm. Llevaba en el cinto 6 kilos de plomo, pero tal vez me sobraba un kilo. Días antes, estrené el nuevo traje de 7 mm, con pantalón cortado sin tirantes, tuve calor, pero me metí con tan sólo 6 kilos de plomo, y me costaba mucho bajar, y aletear, pues la flotabilidad el pantalón me impedía hundir las piernas en el agua para aletear.


Llevo viendo cormoranes, una especie de patos silvestres negros, durante dos días en lugares distintos y distantes. No se inmutan ante la presencia del pescador submarino. Pero a este de la foto, ya le he cansado mucho permaneciendo junto a su pedestal fotografiándola sin parar, a una distancia que hacía pensar mal de mis intenciones. Por eso, el cormoran ha remontado el vuelo, instantánea que he podido capturar. Me recordó a la pintura de mi amigo el sabio borriquete, que tiene colgada en su blog, se trata de un águila marina remontando el vuelo sobre una roca en medio del mar.


No se ve pescado. Hace unos días una chopa de un kilo se puso delante del arpón. Hoy, una corvina de algo mas de un kilo y un sargo de casi un kilo. El invierno no es muy bondadoso para con el pescador submarino.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Solo logré sacar el arpón.




El agua estaba a 17 grados. Llevaba el traje de 7 mm, comprado hace dos años, algo comprimido ya por causa de lavarlo en la lavadora, y además llevaba un chaleco de neopreno de manga corta, que poseo desde hace ya unos 22 años. Llevaba en el cinto tan solo seis kilos de plomo. Después de un buen rato en el agua, me puse la capucha accesoria que llevaba guardada en la boya. El frío me iba haciendo mella en la cabeza. Pero la capucha era un poco opresiva, por lo que no estaba del todo seguro que hubiese acertado cambiando frío por opresión en el cuello.

Ya no había nada que hacer allí, había desperdiciado mi única oportunidad. Aquel mero, de unos cuatro kilos, estaba acompañado de otro mas pequeño. Bajé varias veces, pues la cueva estaba pegada al fondo y era muy difícil que de los dos meros, el más grande, el de unos 4 kilos asomase el morro. Cargué el fusil en la segunda muesca del arpón. Pensaba que de darle un tiro certero en uno de los ojos o en el morro, sería completamente fácil sacar al mero. Después de bajar varias veces, le vi el morro, apenas asomaba, pero estaba a unos tres metros de mi gatillo. Mi dedo índice no se lo pensó dos veces, apuntaba al morro del mero y apreté el gatillo. El arpón salió disparado a toda velocidad perdiéndose en lo mas profundo de la cueva submarina. No se veía nada del arpón, tan solo el hilo de pvc. Miré por distintos sitios opuestos al del disparo para ver si se veía la punta del arpón y poder sacarlo. Pues desde donde lo había disparado era labor imposible. No se vía posibilidad alguna de encontrar por ningún otro lado la punta del maldito arpón. Estaba claro que el mero no había clavado, pues no se veía polvo en suspensión en el fondo de la cueva. Si el mero hubiese sido arponeado, este se debatiría moviendo su cuerpo y su cola y levantando una capa de limo del fondo de la cueva que haría imposible un agua transparente. Por eso, por estar el agua completamente transparente, pensé que el mero había hecho mutis por el foro, y se había largado viendo venir desde muy lejos el disparo del arpón. Que pena, pensé, había fallado un bonito ejemplar de mero, apto para ser regalado como regalo de Navidad. Pero lo peor es que había perdido otro arpón. Menos mal que el arpón que perdería si no conseguía extraerlo, anteriormente me lo había encontrado clavado en una cueva. No me había costado nada, pero si lo perdía tendría que adquirir otro.

Miré por última vez la dirección del disparo, y me percaté que en aquella dirección, en el lado opuesto al del disparo, había una hendidura de rocas en el fondo, la grieta era muy estrecha, pero alumbrándome con la linterna, pude por fin meter la cabeza y le vi, allí estaba la punta de mi arpón, al límite del alcance de mi brazo. Lo cogí con gran dificultad y lo desenroqué, luego ascendí a la superficie, me ventilé y volví a bajar tirando del fusil por el lugar desde el que había disparado. El arpón salió sin dificultad. Me congratulé de que a pesar de haber fallado un buen mero, al menos había conseguido recuperar el arpón, después de casi media hora intentándolo. Tal vez, aquel mero, al no haber sido alcanzado por el disparo, estaría tan feliz otro día esperando que otro arpón de los de mi fusil, le extrajese del lugar escondido en el que se hallaba en compañía de aquel otro mero de menor tamaño.