MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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domingo, 11 de marzo de 2012

El mero del día de las víctimas del terrorismo.






La temperatura del agua, aquel día, había subido un grado. Los 14 grados, hacían que no se pasara frío durante 5 largas horas buceando.
Me metí muy tarde, eran las 14 horas. Ya todos los pescadores submarinos que habían batido la zona, habían salido del agua. Eso está bien, pensé, ellos han madrugado para no sacar nada, yo que no he madrugado, igual tengo suerte de encontrarme la pieza imprevisible, esa que nadie espera encontrar y que está en el agua, a pesar de los madrugueras impertérritos.
Mi fobia a madrugar me llenaba de energía aquel día en que el sol lucía a rabiar.
Un pescador submarino, de aquellos que habían madrugado, me comentó que un mero había clavado, que pesaría unos 3 kilos, pero que se le había desclavado. Me dijo de una piedra al fondo de una bahía. Creía que yo no conocía bien la zona, y que el mero ya no estaría en aquella piedra. Pero tal vez pensaría que aquel mero, de no sacarlo alguien moriría en vano, descomponiéndose en el fondo marino para pasto de los demás peces.
Yo sabía exactamente, a falta de otras referencias, a que piedra se refería. Mi conocimiento de la zona, palmo a palmo, durante los últimos treinta años, me hacía confiar en que, si el mero estaba allí, vivo, herido o muerto, me lo encontraría y le haría colgar como un trofeo en mi aro portapeces. La seguridad era mi arma en aquel día.
Avanzaba lentamente, parando y bajando en cada piedra, escrutando con la linterna submarina leed todas las cuevas. Vi un pequeño mero de unos dos kilos esconderse bajo una piedra. Ya no dio más señales de vida. Había desaparecido. Pero, adentrándome mar a dentro, enfilando los altos acantilados del lugar, poco a poco llegué a la zona de la roca de la calavera. Aquel lugar era un lugar mágico. Podía uno encontrarse cualquier pieza importante, desde un tiburón zorro, hasta un mero de gran tamaño, incluso alguna lecha de tres kilos, o un bonito del mismo peso.
Cuando bajé a la roca que yo había calculado ser la del mero de aquel compañero pescador submarino. Me quedé atónito viendo que un gran mero me daba la cola para desaparecer dentro de una gran cueva en forma de L. Aunque llevaba el arpón cargado en la primera muesca, y no tenía mucha potencia, no lo pensé dos veces, mientras el mero trataba de desaparecer deslizándose cueva adentro, apreté el gatillo para intentar ensartarlo por la cola. Con suerte, pensé, si le ensartaba podría con rapidez tirar del él antes de que se enrocara con su enorme cabeza en lo más recóndito de aquella cueva. Pero el arpón solo le acarició la piel rasgándole algunas escamas. Miré al fondo de aquella cueva, viendo que mi pieza había desaparecido en algún lugar de la cueva en donde no podía verle. Me acordé del sabio Borriquete, y de su arpón clavado en aquella roca, como la espada del rey Arturo, clavada en la roca, imposible de extraer por medios humanos. Lo había intentado en varias ocasiones, cuando Borriquete me indicó donde había dejado un arpón clavado, pero no pude extraerlo a pesar de llevar el gancho saca arpones que él mismo me fabricó y que me acompaña desde hace casi veinte años en mis jornadas de pesca submarina y con el que he sacado varios arpones de otros enrocados, algunos míos, y me ha ayudado a sacar meros gordos y difíciles. Miré por la grieta por la que Borriquete había disparado aquel arpón, y, sorpresa, allí estaba el mero, a lo lejos en la cueva, se veía muy chico, dada la distancia lejana en la que se hallaba. Pero mi instinto depredador y cazador, apuntó en la lejanía certeramente a su ojo. El arpón del fusil de 90 cms, ya cargado en la segunda muesca, salió disparado y se clavó directamente en uno de los ojos de aquel mero escondido que se creía seguro.
Ascendí a la superficie, y después de ventilar mis pulmones, solté el carrete del fusil, para que este ascendiera a un metro de la superficie. Luego le colgué los boyarines sacameros en las gomas del fusil, para impedir que el mero se enrocara. Pero no se podía enrocar mucho, pues un buen disparo en uno de los ojos, dejaría paralizado al mero y este ni siquiera haría movimiento alguno. Me fui nadando hacía la boya que estaba algo alejada buscando el segundo fusil de 90 para darle el tiro de gracia al mero y poder afianzarlo antes de utilizar el gancho sacameros.
Los coletazos del mero y la sangre que salía de la herida me hacían imposible poder visualizar su silueta. Sabía que estaba clavado, pero no sabía a ciencia cierta si le había atravesado de muerte o se me escaparía. El segundo fusil, se me encasquilló y no me dejaba cargarlo. El largo tiempo sin utilizar le había hecho inoperativo en el momento en que mas lo necesitaba. Me armé de paciencia, y poco a poco conseguí desencasquillarlo. Lo cargué y me dirigí hacía donde había disparado anteriormente. Miré bajo la grieta alumbrándome con la linterna y vi al mero atravesado por uno de los ojos. Ya casi cantaba victoria. Pero debía hacerle un segundo disparo al cerebro para afianzarlo. Disparé el segundo arpón, hacía el lugar en donde calculé que tendría el cerebro. Y el arpón se clavó en la cabeza del animal. Luego desenrollé el carrete consiguiendo subir a un metro de la superficie el fusil. Después le coloqué otra boya sacameros. Después de ventilarme, bajé con el gancho sacameros y pude extraer al animal sin mucha dificulta. Bendita sea, pensé, pues creía que por aquella grieta no cabría el cuerpo del enorme animal que ahora se veía inmenso. Pero el problema no era la grieta que era lo suficientemente ancha como para, con la ayuda del gancho sacameros, poder extraer al mero, sino que el problema era el segundo arpón disparado, que se había clavado en aquella roca. Pensé al principio, que si mi arpón se había clavado igual que el de Borriquete, me sería imposible sacarlo y lo perdería. Pero la suerte aquel día estaba de mi parte. Conseguí sacar el arpón, también subí el mero. Le rematé con el cuchillo clavándolo desde las agallas hacía el cerebro. Pero la cabeza del mero estaba durísima. Conseguí dejarle narcotizado, y le clavé en el gancho sacameros. El trofeo, regalo del sabio borriquete, estaba asegurado. Luego divisé un mújol que nadaba velozmente a media agua. Avancé y le clavé certeramente de un solo disparo. Ya el sol tendía a ocultarse, eran las siete de la tarde y ya llevaba 5 horas dentro del agua buceando. Tocaba retornar y salir. Pero en el camino me encontré algo que la ciencia no se si tendría conocimiento. Era una bola de caracolas marinas, apiñadas formando un gran bulto. Entre ellas existía una especie de esponja blanca. Parecida a una esponja artificial de material plástico, mas bien tirando a una esponja de poliuterano, formada por pequeñas esferas unidas entre si. Entonces deduje algo que no había imaginado hasta entonces. Tal vez aquella esponja formada por bolitas unidas parecidas al material de poliuretano, solo eran un producto excretado por aquellas caracolas, y que les serviría para desovar, o aparearse. la foto y el vídeo de aquella pelota de caracolas alrededor de aquella esponja natural de poliuretano, quedó grabada por mi cámara fotográfica Canón. Y doctores tiene la ciencia para deducir si la teoría que había imaginado sería realidad o simple casualidad.

lunes, 5 de marzo de 2012

El agua estaba a 13 grados 13. Los sargos estaban preñados. Los salmonetes esquivos. La puntería infalible.


Aquel sábado 3 de marzo, la mar se presentaba tranquila. El viento de suroeste la había dejado planchada. También estaba transparente. No obstante, la previsión meteorológica no era muy buena, pues a partir de mediodía la fuerza 4 de Beafour, se convertiría en 5.
Nada más penetrar al agua, me quedé congelado. A pesar de llevar el traje de 7 mm y el chaleco de manga corta. En el cinto 7 kilos de plomo. La corriente del sur me hacía difícil avanzar. Así que opté por ir contra corriente, para, a la vuelta poder retornar sin problemas a toda velocidad ayudado por la corriente a favor.
Bajé unas 100 veces, a escrutar con la linterna submarina led, bajo las cuevas de las rocas, durante las 5 horas que estuve buceando.
No se veía pescado alguno. Los salmonetes estaban esquivos, y les tuve que disparar en la distancia mientras huían a toda velocidad. No me dieron otras oportunidades y la buena puntería hacía estragos por la espalda a los huidizos salmonetes allá en la lejanía donde eran atravesados partiéndoles la espina o la cabeza por el arpón disparado certeramente.
Únicamente en dos ocasiones encontré al fondo de dos cuevas unos sargos de esos llamados gordos, gordos. Les disparé certeramente a la cabeza, y ambos se enrocaron de lo gordos que eran. Pero con paciencia logré sacarlos por el hueco mas ancho de las cuevas en donde habían sido abatidos.
Antes de salir del agua, con la ayuda del cuchillo que llevaba en la espinilla, rasgué los vientres de los sargos para sacarles las vísceras. Mi sorpresa fue enorme, cuando vi aparecer las enormes huevas que llevaban en sus cuerpos. Quité con precaución las tripas por la parte de las agallas, dejando unidas al ano, las enormes huevas y letones que portaban en el vientre aquellos sargos.
Luego, ya en casa, pude tomarme una cerveza, acompañada de las huevas fritas, con aceite de oliva en el microondas, durante menos de un minuto. Ya una vez en el plato les eché un poco de zumo de limón. También llevaban aquellos sargos un hígado enorme, que junto a las huevas, fue el aperitivo de aquel día de pesca submarina. El plato principal de aquel día fueron los 4 salmonetes asados con unos granos de sal en el microondas. Se hicieron en 6,30 minutos. Le eché, una vez en el plato, limón y aceite.
No fue uno de mis días predilectos. La noche anterior no había dormido lo suficiente, tras un día agotador haciendo rápel durante unas seis horas. Además, la semana anterior, la media de sueño no superó las cinco horas diarias. Y la pesca submarina solo se debe practicar, si se encuentra uno descansado, habiendo dormido al menos 8 horas previas a la jornada de pesca.