MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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sábado, 21 de abril de 2012

El gato y la corvina perro superentrenada

El agua también continuaba en 15 grados, igual que en semanas anteriores. Posiblemente las últimas borrascas habían impedido el calentamiento de la mar. Aquel día, la fortuna me sonreía en esto de la pesca submarina. No era un día en que pudiese decir que me encontraba a gusto y en forma. La fuerte corriente del sur, solo me invitaba a elegir un dirección en la zona en la que  me encontraba. Sabía que aquella zona estaba trillada, por la nula existencia de peces. Pero no tenía otra alternativa que bajar y bajar, e intentar escudriñar bien el fondo de las cuevas submarinas, buscando un buen ejemplar de mero.
Allí estaba, pensé. El mero parecía un mero de unos cuatro kilos. No apreté el gatillo, pues llevaba el fusil cargado en la primera muesca. Así que subí a la superficie, cargué el fusil en la segunda muesca, y bajé con la linterna y el fusil para buscar a aquel mero. Allí estaba, pero esta vez había agotado mi tiempo de apnea, así que subí de nuevo a la superficie y me ventilé los pulmones. Bajé de nuevo, le ví allá al fondo de la cueva, se veía mas chico debido a la lejanía. Pero se le vía un ojo. Apunté a uno de aquellos ojos, y apreté el gatillo con la frialdad que requiere un tiro de cirujano, es decir, sin mover la culata mientras apretaba el gatillo, salvo para afinar la puntería cosa que hice unos fracciones de segundo antes de apretar el gatillo. Ni siquiera miré si había dado en el blanco. La apnea aquel día no era muy buena. Una semana anterior durmiendo unas cinco horas como máximo, tenía mi organismo un poco colapasado. Pero no importa, me lo tomé con tranquilidad. Busqué la boya sacameros. Coloqué el cigarro sacameros, o fideo, después una de las boyas, y busqué un segundo fusil para afianzar al mero con un segundo disparo al cerebro. Me costó mucho, pues había cambiado el arpón del fusil de repuesto recientemente, y la primera muesca se encontraba mas retrasada de lo habitual. Así que no pude cargar las gomas del 18. Busqué en la boya un obús de repuesto que fuese mas largo, para ver si  me era posible cargar el fusil en la primera muesca. Me costó un poco, porque,  entre la fuerte corriente y el pequeño oleaje, me hacían balancearme y no atinar con el enroscado del obús. Al final lo conseguí. Pero entonces me dí cuenta, que la boya sacameros y el cigarro sacameros, había sacado al mero de su guarida. Así que el trabajo me lo habían hecho las boyas. Pero cuando vi al mero me pareció muy chico. La cueva y la distancia a la que se hallaba el mero me habían engañado sobre el tamaño del animal. Pero ya estaba clavado y bien clavado y no podía abandonarlo. Así que lo colgué en el aro. Después vi al rato una gran cola de pescado asomando por una grieta entre dos rocas. Bajé varias veces, pero cada vez que bajaba el pez desaparecía. Era una corvina perro enorme. Me dí cuenta que volvía a aparecer una vez me veía en la superficie, pero se escondía cuando bajaba. Pero allí estaba entrando y saliendo. Así que me convertí en una especie de gato para atraparla. Bajé una última vez sin casi hacer la maniobra de wansalva para no asustarla, aún sabiendo que me podía estropera los tímpanos. Pero por el tamaño del lomo, aquel animal se merecía correr un pequeño riesgo. Varias veces bajaba y varias veces desaparecía el pez. Hasta que una última vez la clavé atravesándola por el cuerpo de arriba hacia abajo. El animal se debatía clavada del arpón, por lo que no tardé mucho en clavarle el cuchillo en la cabeza para matarla.
Después ví otro mero, que saqué de un disparo certero hacía uno de sus ojos. Tampoco era muy grande. Algunos pequeños salmonetes fueron cazados mientras nadaban a media agua de disparos de cirujano.
La apnea fue mala, pero el aro estaba casi lleno de pescado. La suerte del pescador submarino es inversamente proporcional a su forma física.

martes, 10 de abril de 2012

El pulpo cansado de ser perseguido
















Aquel día el agua estaba en 15 grados. El viento de poniente soplaba con fuerza 4 de Beafour, lo que hacía que el calor del cuerpo bajo el traje de neopreno se evaporase y la sensación de agua gélida hiciese su aparición. No obstante, el radiante sol de primavera mermaba en parte algo de la sensación de frio.
El lugar elegido para bucear aquel día no era distinto al de otros días anteriores. El viento borrascoso del Suroeste no daba otra alternativa si se quería bucear en aguas algo tranquilas al abrigo de la costa. No obstante la zona era aquella en la que en verano en un lugar determinado y limitado de rocas no muy abundantes, los pequeños dentones de uno a dos kilos eran habituales.
Pensaba que al menos vería a aquellos dentones, sobre todo pensaba en ver algún ejemplar de mayor tamaño, debido a que en primavera suelen acercarse a las proximidades de la costa para aparearse. Pero la fortuna no estaba de mi parte aquel día, como tampoco lo había estado en todos los días de vacaciones de la semana Santa, y ello a pesar de haber tentado la suerte en al menos siete días, durante jornadas de cinco y seis horas dandole que te pego a las largas aletas de carbono.
Visto que no ya no iba a pescar denton alguno, pues no vi ni siquiera a uno de aquellos depredadores de veranos pasados, opté por continuar buceando en aquellos escullos que sin asomar sobre la superficie del agua, estaban tan próximos a ella como a una distancia de unos 30 centímetros en algunos rocas cubiertas de posidonia. Pensé que si prestaba atención al lecho submarino, podría descubrir algunos restos de milenarios pecios, de cerámica, o incluso algun objeto metálico que de ser noble podría conservarse en perfecto estado después de varios milenios. Con esa ilusión, esperanza, o, llamemosle consuelo, continué buceando, sin abandonar el fusil de mis manos, por si alguna pieza buena se ponía a tiro. Nada de eso ocurrió. Sin embargo, divisé a varios cefalópodos de aproximadamente un kilo y poco. Pensé que al ser tan chicos podría divertirme un rato con ellos mientras les hacía algunos videos y fotos.
Así que aquel pulpo fue la victima propicia de mis fechorías con aquella pequeña cámara de fotos y videos.
El pobre animal llevaba una pequeña herida en donde nacía una de sus patas. Y huía velozmente del objetivo de mi cámara fotográfica. Pero le estuve persiguiendo durante casi media hora, tal vez incluso durante una hora. Cuando subía a la superficie para ventilarme, el pobre animal respiraba agitado, cansado de tanto huir de un lado a otro.
Traté de introducirlo en un agujero en donde había otro pulpo mas grande, pero la territorialidad no solo se defiende por el dueño del agujero, sino que dentro del mundo submarino, la territorialidad es ley a respetar por los demás animales, incluso de la misma especie.
Al final salí con el aro portapeces vacio, pero en mi cámar submarina permanecían las imágenes y videos robadas a aquel pequeño cefalópodo, que al final volvería a su cueva a descansar, seguro que maldiciendo mis fechorias, ocurrencias, y ánimo persecutorio. Pero la vida submarina es así de insegura algunas veces, para solaz de quienes no habitamos el medio.