MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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domingo, 24 de junio de 2012

Los peces rumanos. Los lactobacilus Plantarum. La otitis del buceador.



Había hecho aquel día casi cien kilómetros para encontrar aguas al abrigo del levante que se prevía de fuerza 4 y 5 de beafour. Asimismo, en aquel lugar a donde me dirigí las aguas solían estar siempre transparentes. Pero en aquel día, la suerte tampoco me iba a favorecer en eso de encontrar aguas transparentes. Estaban blancas y turbias, asimismo una fuerte corriente de levante imposibilitaba avanzar con facilidad. Posiblemente debido al cambio de temperatura, a la termoclina, o vaya Vd. a saber, el agua no estaba transparente.  La temperatura era de 21 grados, casi tres grados menos que el día anterior en unas aguas distantes 100 kilómetros. Lástima que  esos 100 kilómetros que me he metido al cuerpo no hayan servido  para nada, pensé. No obstante, luché contra la fuerte corriente de levante que en aquel lugar no era nada despreciable, para avanzar lejos de donde los asiduos pescadores submarinos que visitaban aquella zona llegaban en sus correrías e inmersiones de caza submarina. Anduve con las largas aletas de carbono casi dos kilómetros, tardando mas de tres horas. A la vuelta, la corriente me favorecería, pensé, y no me costaría tanto avanzar cuando el sol se aproximase a su ocaso. Pensaba apurar el día, hasta las 21 horas, dado que el sol se pone a las 21,20.
Pero no vi peces de categoría, ni debajo de las piedras a las que bajaba, ni en aguas libres. Tan solo unos pequeños salmonetes, un sargo, dos corvinas, un magre y una pequeña lubina. Al menos tendría para cenar.
Cuando ya volvía entrando en la bahía cerca del poblado, un fuerte apretón de vientre, me indicaba que debería evacuar urgentemente. Aquellas cápsulas de lactobacilus plantarum, que llevaba tomando unos cuatro días, para combatir el colesterol, estaban haciendo estragos en mis intestinos, mientras expulsaban a las bacterias autóctonas e invadían y colinizaban el largo tracto intestinal. Aquellos acantilados llenos de pescadores de caña. Aquellos barcos que volvían de pescar y entraban en la bahía. Aquellos restaurantes en donde la gente podía ver cualquier posición extraña de un pescador submarino en el agua. Todas esas circunstancias, me hicieron pensar que en vez de hacerlo en medio del mar agarrado a la boya, lo mas prudente era aproximarme a una cala del acantilado cerrada, quitarme los plomos, bajarme el pantalón que gracias a Dios me puse sin peto, y apoyando las aletas en el poco fondo evacuar dignamente y despejar el vientre de inconvenientes, retortijones, gases y dolores flatulentos. Así lo hice, buscando una cala alejada de cualquier mirada que pudiese poner en riesgo la operación. Pero lo que no había calculado es que la tranquilidad de las aguas de la cala, lejos del mar abierto, me harían estar rodeado de excrementos flotantes en menos de un segundo. La pulverización que las bacterias probióticas del lactobacilus ocasionaron en las heces, hicieron que el agua se enturbiase de la sustancia evacuada. Pensé que estaba a salvo pues dentro de las gafas no entraría ni una gota y por el tubo de respirar tampoco. Pero no caí que el contacto con aguas infectadas de heces con lactobacilus buenos o malos, pues no sabía si los que salían eran los autóctonos o los colonizadores, todo ello me haría contraer una otitis dolorosa e invalidante para bucear el siguiente fin de semana, como así sucedió.
Por si el día no trajese bastantes malas circunstancias, al salir una chica rumana, me pedía dinero para comprar un bocadillo a su hermano que aún no había comido. Eran casi las 22 horas de la noche. Yo tampoco había comido, salvo unas barritas energéticas y una bebida isotónica. Daba cualquier cosa por comerme algo, y allí estaba mi cena, en aquel aro porta-peces con aquellos pescados. Pero, mientras le decía a la chica, que cuando iba de pesca la cartera la llevaba vacía, le dije que si quería el pescado para cocinarlo para su hermano. La chica no se atrevía a decir que no, porque tal vez no fuese congruente la negativa a aceptar pescado fresco para cenar. Pero adujo que no tenía aceite para cocinarlo. Alargué cincuenta céntimos y le dije que comprase un vaso de aceite en el bar más próximo y con eso podría cocinar el pescado. Al final me quedé sin pescado, sin cena, sin comida. Y aún me esperaban dos horas y cien kilómetros hasta llegar al momento de cenar. Mala agua, mal día, mal lugar había sido La Azohía conmigo. El espíritu del Sabio Borriquete, esta vez me había jugado y ganado la partida.

domingo, 10 de junio de 2012

El nuevo aro portapeces artesanal. Los pastores de los salmonetes. Estreno de aro portapeces con una salmonetada.

 El agua estaba en 20 grados. Había bajado tres grados desde la semana anterior. Tal vez el fuerte viento de poniente la hubise enfriado. Fuí al lugar de los dentones. Pero no estaban. Unas malditas motos acuáticas pasaban a todo gas próximas a la boya. Hice sonar el pito que había estrenado y que siempre llevo colgado del elástico de la linterna en la muñeca. El sonido agudo y fuerte del silbato, hizo que los malditos moteros, se parasen pensando que el motor de sus malditas motos chirriaba, y temiendo haber jodido el motor, se dedicaron a averiguar si funcionaba bien, dando vueltas próximos a la boya. Entonces, dejé el silbato y utilicé la boca para soltarles toda clase de maldiciones e insultos hasta que se alejaron de allí los muy asesinos.
Pensé que esos moteros deberían ser sancionados por la Guardia Civil, pues se estaban dedicando a pasar a todo trapo junto a las playas concurridas de bañistas, además de junto a mi boya. Unos desalmados asesinos ingnorantes de esos que tanto abunda en la mar.
Hice algunas esperas, pero despues de haber pasado las motos acuáticas, estaba seguro que si los dentones estaban, se habrían marchado despavoridos a otros lugares y otras profundidades mas tranquilas, lejos de la costa y lejos de las motos.
Me metí aquel día con tres kilos de plomo. Llevaba la chaqueta de 7 mm, un chaleco de 3 mm sin mangas y un pantalón de 5 mm. ya gastado. Algo de frio sentía en en trasero. Probablemente la entrepierna del pantaló  tuviese algún agujero por donde entraba agua fria.
No pesqué nada hasta después de estar cinco horas buceando. Fué a partir de ese momento, cuando después de haber capturado el primer salmonete, tras fallar algunos, conseguí colgar del aro unos 12 salmonetes, que pesaban un kilo y doscientos gramos todos juntos. Cuando llegué a casa me comí cuatro de aquellos sabrosos y frescos salmonetes. Guardé en el frigorífico otros cuatro para comer el día siguientes y congelé los últimos cuatro salmonetes que restaban.
Al fin había conseguido mis dos objetivos, estrenar el silbato marino con las malditas motos acuáticas, poniendolas en un brete y también estrené el aro portapeces que me había fabrica, tras perder del anterior.
Curiosamente en treinta años de pesca submarina, este aro que hoy he estrenado, es el tercero que utilizo en mi carrera como pescador submarino.
Los pequeños sargos hacían de pastores de los salmonetes, llevándolos de un sitio para otro y advirtiéndoles de cualquier peligro que se aproximase para que huyesen antes de ser cazados. Es curioso como los peces tienen costumbres y formas de convivir que ya quisieran tener los humanos.