MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Un kayak fabricado en Nueva Zelanda













Desde niño me han gustado mucho los barcos. Incongruentemente suelo marearme en ellos. Por dicho motivo, cuando hago de capitán soy el primero en abandonarlo y el último en subir. Rara vez he subido a otro barco en que no haya sido yo mismo armador, propietario y capitán, salvo aquella vez hace ya casi cuarenta años, en la que eché la pota a diestro y siniestro, hacía arriba y hacía abajo. Por eso el capitán de aquel barco me dejó en medio de la mar en una isla flotante, hasta que, acabada su jornada de pesca, pasó a recogerme. Fue una lástima, pues el potaje de garbanzos que había comido aquel día no pude digerirlo adecuadamente, esfumándose el contenido estomacal rápidamente.  
Un día, hace ya 26 años adquirí una barca neumática de quilla hinchable. Guardo muy buenos recuerdos de aquella primera barca y de los compañeros con los que compartí aquellas jornadas de pesca submarina. Aún recuerdo aquellas vacaciones en que durante treinta días, día tras día, hacíamos jornadas de hasta mas de diez horas dentro del agua haciendo pesca submarina.
La segunda barca que adquirí, hace ya 11 años,  fue una neumática semirrígida, que aún conservo en un estado entre el desguace y la esperanza de que aún pueda navegar algún día, previas las reparaciones que sean necesarias. También recuerdo buenas jornadas de pesca submarina en esta última barca.
Un día, hace ya 8 años, mientras me preparaba el equipo y comenzaba a botar la barca en Portmán, me encontré a otro pescador submarino que llevaba un kayak para practicar este deporte. Le invité a subir en mi barca y a remolcar su kayak. Al rato de haber remolcado aquel kayak, nos dimos cuenta que hacía de ancla flotante, impidiéndonos alcanzar con la barca una velocidad respetable. Por ello, decidimos fondearlo en medio de la mar, y continuar con la barca en busca de lugares óptimos para la pesca submarina. Descubrimos un buen bajo submarino, en el que al atardecer venían los grupos enormes de dentones y lechas, persiguiendo a su vez a los grupos de pequeños peces que buscaban abrigo para pasar la noche en las grietas de aquel bajo. Conseguimos hacer esperas a 18 metros con un péndulo. Cosa que para mi era una hazaña, pues jamás he bajado mas de 20 metros.
Capturamos varios dentones y salíamos ya casi al ocaso de la tarde. Recuerdo la ilusión y la adrenalina que nos inundaba cuando poníamos proa hacia la mar saliendo del pequeño y estreño canal de la dársena de Portmán. Solíamos decir una frase que nos hacía felices y libres: "esto es vida", mientras esperábamos capturar la mejor pieza de nuestras vidas.
Nunca imaginé que pudiera comprarme un kayak para realizar la pesca submarina. Pero esas cosas suceden cuando uno menos lo espera. Fue haciendo un comentario en un foro, cuando pregunté la velocidad de un kayak. Vi que en kayak se podrían hacer hasta 6 kilómetros en una hora, mientras que a nado con aletas solamente se podría hacer un kilómetro y medio en una hora. Poco a poco fui calentándome y la duda era elgir un kayak para tres personas o para una sola. Me aconsejaron que si iba solo debería elegir un kayak para una sola persona, por seguridad, rapidez y comodidad. Eso hice, hacerme con un kayak de mar, autovaciable, que solo pesaba 24 kilos y medía cuatro metros y diez centímetros. Con aquella nave ya podría ir a lugares alejados en donde otros pescadores submarinos no habrían llegado nadando, mientras que los que utilizaban embarcaciones con motor habrían pasado de largo a zonas mas lejanas. Tampoco podría alejarme mucho del lugar donde hubiese botado el kayak, con lo que la vuelta estaba asegurada en una hora o menos. Asimismo, como no llevaba motor, este no podría fallarme al iniciar el retorno después de una larga jornada de pesca submarina. Cosa que la barca semirrígida con motor si podría hacer. Espero que de esta nueva embarcación a remo, las ilusiones y las pesqueras sean tan grandes o mas que con las anteriores barcas neumáticas que he tenido.






 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El Infanta Cristina y la pesca submarina







Vi venir a aquel barco desde la lejanía. Esperaba que virase antes de aproximarse al lugar en el que me encontraba, porque de no hacerlo hubiese chocado con la costa. Pero la proa se hacía cada vez mas grande, estaba casi encima de mi. No me lo podía creer. A aquel barco de guerra le ocurría algo extraño, o había perdido los frenos, o se le había atascado el motor a toda máquina, o el timonel estaba dormido, o simplemente la Armada me había declarado la guerra por ser un pescador submarino. El temor se iba apoderando de mi ánimo y ya estaba pensando por donde podía escapar de la proa de aquella enorme máquina de guerra, cuando de repente en cosa de pocos segundos el barco viró 90 grados para entrar en casi mínimos dentro de la bocana del puerto.
La pesca era de morralla. No se veía en aquel lugar ni en pescado de cierto tamaño. El fondo estaba turbio. Las aguas habían caído hasta los 24 grados. Aquello era desagradable por la cantidad de partículas que la corriente sacaba de los puertos y llenaba toda la mar.
Llevaba el traje de 3 mm ´comprado recientemente, un chaleco de otros 3 mm. y dos kilos y medio de plomo. Al final de la jornada el frío se notaba un polín. Pensé que ya era el momento de ponerme una chaqueta de mayor grosor, y quitarme el chaleco, o tal vez dejármelo y colocarme esa chaqueta de 7 mm. en origen y que ahora solo tendría 5 mm, por haberse comprimido con el paso del tiempo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

¿UN MACABRO HALLAZGO EN PORTMÁN, O PIRATAS DEL SIGLO XXI CON PIERNAS ORTOPÉDICAS DE ALUMINIO?











He leído muchos libros sobre la Mar. Hacía pocos días que había tenido un buen susto mientras buceaba. Llevaba observando durante mas de una hora una boya de submarinista en el mismo lugar. No pude esperar mas, por si se trataba de alguien que estuviese en problemas, y me dirigí hacía aquella boya. Cuando llegué vi que estaba atada con una cuerda elástica a la boya amarilla que señalizaba el límite de los 300 metros de la orilla, en donde los barcos no pueden navegar, por ser zona utilizada para el baño. Después de haber visto lo imprudentes que van los barcos, que no respetan nada, el hallazgo de la boya me causó mayor incertidumbre, pues pensé que tal vez algún barco había cortado la cuerda de la boya con la hélice y la había atado a aquella otra boya. Tal vez se habría llevado por delante al submarinista. En fin, comencé a nadar velozmente, olvidándome de pescar, para ver si localizaba a algún buceador próximo al lugar. No se veía a nadie. Pero a la media hora, divisé unas aletas que se zambullían en una zona muy alejada de allí. Sería algún submarinista irresponsable que se había olvidado de la boya, y practicaba la pesca submarina sin señalización alguna. Es cierto que se encontraba dentro de la zona de los 300 metros balizada, pero no es menos cierto que aquel día varias motos acuáticas y barcos navegaron a toda velocidad por la zona balizada en donde les estaba prohíbido navegar. En fin, irresponsables por todos lados, pensé. Y continué buceando lo mas relajado posible que me permitían los asesinos tripulantes de barcos y motos acuáticas, esos que no respetan una boya de submarinista. Es decir, de relajado nada de nada, sino ojo vigilante y oido también antes de sumergirme, para ver que ningún barco me tenía entre su rumbo a toda máquina.
Por eso, ayer que me sumergí en Portmán, el susto fue pleno. Primero encontré bajo los acantilados del faro de Portmán, restos del esqueleto de un enorme pez. Las vertebras eran mas grandes que mi puño cerrado. Las espinas de la caja torácica eran del tamaño de las costillas de un esqueleto humano. Los restos de las espinas de las aletas medirían más de medio metro. Aquello podría ser un gran atún escapado de las jaulas que se hallaban por aquella zona, un tiburón blanco, o un cachalote, o cualquier otro animal marino de grandes dimensiones. Los restos estaban esparcidos en dos zonas próximas entre sí.
Avancé por los acantilados con una corriente de levante en contra y volví con otra corriente de poniente también en contra, al cabo de cinco horas buceando. El agua había bajado de temperatura. Lejos ya de los 29 grados de días anteriores, aquel día estaba en superficie a 25 grados, mientras que la termoclina se dejaba sentir a 20 grados tan solo a 8 metros de profundidad, pero ya a la vuelta.  Llevaba el traje recién comprado de 3 mm, sin chaleco y 3 kilos de plomo. Planeaba muy bien por el fondo con aquella cantidad de plomo. Pero sentía mucho frio cuando sobrepasaba al volver los ocho metros de profundidad. La fria corriente hacía que la termoclina se hubiese aproximado casi a tocar la superficie marina.
Pero el susto fue el hallazo de algo que me dejó en una gran incertidumbre. Estaba buscando una cueva junto a los acantilados, pero no dí con ella. Sin embargo encontré un objeto cilindrico unido a unos jirones de tejido de vestir. Supuse que serían basura de algún pescador de caña que habría caido al mar. Pero a simple vista aquellos restos me intrigaban. Mi lema es no dejar de observar ningún resto que me encuentre en el mar, aun cuando a simple vista no sepa de lo que se trata. Así que bajé a observar aquello. Entonces adiviné que aquello era una pierna ortopédica, fabricada de aluminio y material plástico. Tiré de ella, pues se hallaba incrustada entre las rocas del acantilado en el fondo. No podía, el tejido de tela la había enganchado a las rocas, así que lo único que conseguí fue quebrar la articulación de la rótula de plástico. Observé que aquellos restos de ropa, podrían ser los de un pantalón. Pero no observé restos humanos. Solo los jirones del tejido unidos a la pierna ortopédica. Aquello me hizo pensar en que no se trataba de basura arrojada desde el cuartel abandonado que estaba arriba, sino de una pierna ortopédica que alguién había perdido bien dentro del agua o desde el acantilado. Me acordé de aquellas pateras que traen inmigrantes a nuestras costas. La mar había estado buena casi todo el mes de agosto. Es posible que un integrante de alguna patera,  al arribar, hubiese perdido aquella pierna que para él sería tan valiosa. Pero es posible que quien utilizase aquella pierna hubiese perdido antes la vida y la pierna hubiese ido a parar al fondo del mar incrustandose entre los acantilados. No lo sabré nunca.
Cuando llegué a casa, me metí en google, y pude leer que este verano se había desmantelado una red de narcotraficantes en Alicante y Málaga, y que dos de sus miembros llevaban piernas ortopédicas.
Tal vez se tratase de los modernos piratas del siglo XXI, que en vez de atracar a otros barcos, se dedican a introducir droga desde el Norte de África. Pensé en contarlo en el cuartel de la Guardía Civil, pero no creo que el dato tuviese mayor interés para la Benemérita, habiéndo otros temas de mayor gravedad que tienen que atender. Tal vez, alguién hubiese cambiado su pierna ortopédica por otra de mayor calidad y hubiese arrojado la primera al mar. Tal vez se tratase de una incineración de alguién que antes de cremarlo le hubiesen extraido la pierna ortopédica para arrojarla al mar junto a sus cenizas. No es baladí el tema. Pues mi excompañero de pesca y yo, tuvimos que oficiar un entierro en el mar de una urna funeraria de una chica fallecida a una edad muy temprana. El cuñado de la chica nos pidió el favor de hacerlo con nuestra barca, antes de comenzar a pescar. Echadas las cenizas al mar, arrojamos la urna, estuvimos unos minutos en silencio. Pusimos el motor en marcha y comenzamos nuestra aventura de la pesca submarina, intentando que fuese un día normal. Pero aquel entierro en el mar nos quitó a los tres las ganas de pescar. De hecho no pescamos nada aquel día.