MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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domingo, 11 de agosto de 2013

UNA MEZCLA ENTRE EL CAMPING, EL KAYAK Y LA PESCA SUBMARINA












La noche anterior la había pasado en un camping. Utilicé una pequeña tienda de campaña para dos personas, con doble techo isotérmico de titanio que refractaba y repelía los rayos solares. La tienda tenía 4 grandes ventanas con mosquiteras, una a cada lado.  Parecía una pequeña suite en lo que a tiendas de camping se refiere. Y además, era tan fácil de montar y de plegar, que  en dos segundos, con solo tirar de una cinta, la tienda quedaba reducida a un círculo de medio metro listo para embolsar y guardar.  Aquella noche tuve que taparme con el saco de dormir por lo bien ventilada que se hallaba el espacio interior de la tienda de campaña, a diferencia de otras noches de otros fines de semana, en las que utilicé otro tipo de tienda de campaña y no pude dormir debido al insoportable calor.
En cuanto a la pesca submarina, el día anterior no pude moverme del lugar donde había fondeado el kayak, pues la corriente submarina era enorme y contraria a la dirección del viento de levante. Era imposible aletear y avanzar. Sin embargo, al día siguiente domingo, el agua estaba algo levantada. Las olas eran de mas de un metro en algunos puntos donde el jaloque había pegado de lleno en la mar. Mi intención era avanzar con el kayak hasta el arco. Pero viendo el mal estado de la mar, y previendo que se levantase aún mayor oleaje, opté por amarrar y fondear el kayak en el lugar llamado La Ventana, que se ubica a 1,7 kilómetros de La Azohía. Utilicé en el recorrido veinte minutos.
Después de  echar el ancla y colocarla de proa al viento y de colocarme con agua y gel la chaqueta de 3 mm, del traje de buceo, me calcé las largas aletas de carbono, el cinto con un kilo y medio de plomos, las gafas y  cogiendo  la linterna me zambullí en la mar, teniendo la precaución de hacerlo agarrándome con cada mano a cada una de las bordas del kayak para que este no volcase. Luego, desaté la cuerda elástica que sujetaba los cinco fusiles a la proa del kayak, y, de igual modo, desaté  de la popa del kayak la boya, con todos los artilugios que llevaba colgados de aquella, entre ellos la bolsa de malla con la bebida y las barritas energéticas. Eran las 14 horas. Llevaba dos horas perdidas desde que salí del camping, preparando los equipos y navegando antes de entrar al agua en el punto en el que me zambullí. Llegué nadando desde La Ventana hasta la bocana de  Cala Cerrada. No llegué a entrar en la cala, pero estuve buceando en la pared acantilada que cae vertical en las proximidades de Cala Cerrada. Los desprendimientos de grandes rocas en un fondo que rondaba los 16 a veinte metros, albergaban grandes sargos y algunas familias de corvinas. Pero la termoclina me jugó una mala pasada. No podía bajar mas de 14 metros de profundidad, debido a que a partir de ella la termoclina había enfriado tanto el agua, que se encontraba entre 15 y 18 grados, mientras que en superficie la temperatura era de 25 grados. Con el traje de 3 mm, que actualmente tendría solamente un milímetro, la sensación de frio polar del agua a partir de los 14 metros, era terrorífica. A pesar de que al pescado le gustaba el agua fria y se encontraba en su hábitat, yo opté por no entrar en ese hábitat tan terroríficamente frío.
Ya solamente pensaba en cazar alguna corvina para comer aquel día. Tan solo pude cazar tres corvinas y un sargo. Este último no era de gran tamaño, pero fue el propio sargo quien se puso entre una corvina y el arpón. Aquella logró escapar pero el sargo no.
En media hora aleteando volví al kayak. Eran las veinte horas, cuando subí a la embarcación, después de recoger el equipo y atarlo bien.
Un fuerte jaloque, o viento del sureste se había levantado. A pesar de llevar un timón en el kayak, el viento me hacía maniobrar continuamente con los pies en el timón para enderezar el rumbo del kayak. El viento de superficie hacía del kayak una especie de aguja de brújula y la dirigía a su conveniencia.
Ya doblada la punta de acantilados que se hallan bajo la torre de La Azohía, vi que una pareja de jóvenes salía de la bahía en un kayak biplaza sin timón. Les avisé de que el fuerte viento del sureste, haría con su kayak sin timón una vela y la manejaría a su antojo, que se arriesgaban a que el viento les arrastrase a cualquier lugar indeseado, pues no podría maniobrar bien el rumbo, ya que en mi caso y con timón me costaba trabajo enderezar dicho rumbo. Los jóvenes, una chica y un chico, fueron prudentes y me hicieron caso, dando media vuelta y  volviendo a la protección de la bahía de La Azohía.
Cuando llegué a tierra, eran las 21 horas. Guardé los equipos, y me tomé un tanque de cerveza y unas aceitunas rellenas para reponer sales minerales antes de hacer los 80 kilómetros de vuelta a casa. Pregunté en el mismo bar, si tenían cúbitos de hielo para conservar mi pescado. Pero, cuando me dijeron que no tenían, no le dí mas vueltas, les regalé la pobre pesquera que iba a constituir mi comida. Prefería que alguien pudiese comerse mi pescado fresco a tener que tirarlo cuando llegase a casa, pues con las altas temperaturas de casi 29 grados, cuando hubiese llegado el pescado se habría corrompido.
En resumen, muchas horas, para no pescar casi nada y volver a casa de vacío. Cuando destapé una lata de sardinas, ya en casa para comer aquel día, en el reloj habían dado la una de la madrugada. No tuve mas remedio que reposar una hora la comida antes de meterme en la cama. Al final a las dos de la madrugada el aire acondicionado de la habitación junto al cansancio me hicieron dormir de un tirón. Al día siguiente tuve que levantarme a las 7 de la mañana para ir al curro. Pero la batería corporal la había cargado totalmente aquel fin de semana, a caballo entre el camping, el kayak y la pesca submarina.