MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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viernes, 29 de noviembre de 2013

Salmoneitor



El salmonete era tan grande que se salía de la aleta. Se encontraba entre otros cinco salmonetes. Cuando bajé al fondo, desaparecieron todos. Pero aquel salmonete tan gordo estaba allí, moviendo su aleta caudal en señal de alerta antes de echarse a nadar. Comenzó a alejarse uno o dos metros de donde me encontraba. Guardando la calma y procurando no hacer movimientos bruscos para no asustar al salmonete con las vibraciones del agua, tan solo tuve que colocar su gran cuerpo en la punta del fusil mientras alineaba la culata para direccionar el tiro. El salmonete se movía y huía de donde yo me encontraba. Ya se había alejado unos tres metros.  Pero no dejaba de estar alienado con la punta del arpón y la culata del fusil. Apreté el gatillo pensando que no le alcanzaría, pero el salmonete cayó fulminado a pesar de la lejanía en la que se intentaba salvar. El salmonete pesaba 450 gramos.  El agua rondaba los 17 grados. Cuatro kilos de plomo en el cinto. Chaqueta de 7 mm y pantalón con peto de 7 mm, este último ya de varios años atrás. Soplaba un fuerte viento del Norte de fuerza 4.

domingo, 17 de noviembre de 2013

El aburrimiento mató a la corvinan perruna




El agua en 18 grados. No soplaba viento, pero había una mar de fondo de mas de un metro. Menos mal que dejé el kayak en la baca del coche la noche anterior. Debido al cansancio pensé que si lo dejaba y la mar estaba mala, podría meterme por la cala por la cual al final hoy me he metido, precisamente porque la mar estaba imposible de entrar. Un oleaje fuerte de mar de fondo barría la playa. El único sitio era aquella cala resguardada de todos los vientos menos los del norte.
Después de remar un cuarto de hora, llegué al lugar, eché el ancla y me puse a bucear. Pero los dentones no estaban. Tal vez esperarían a que la temperatura del agua fuese mas baja. El día estaba nublado. Los días nublados les gustan a los dentones, pero tal vez hoy no estuviesen porque no hacía viento, aunque si mar de fondo.
Ya me disponía a recogerme, cuando la vi. Vi un buen ejemplar que parecía mero. Pero a diez metros de profundidad, pude constatar que la boca era mas estrecha que la del mero. Entraba y salía como si estuviese aburrida. Pensé que al bajar se escabulliría. Como así ocurrió. Pero la vi deslizarse por una grieta. Solo le veía un poco de cola.  Apunté hacía la grieta por donde calculé que tendría que pasar la cabeza y apreté el gatillo. El arpón se clavó en la cabeza del animal, saliéndole por uno de los ojos que le reventó. Quedó muerta en el acto y clavada en la grieta.
Colgué mi captura del aro, y me dirigí al kayak para prepararlo y salir del agua.
La corvina solo pesaba 1,750 kilogramos.

Los fusiles que atraen a los dentones.





El agua estaba en 17 grados, bastante mas caliente que la temperatura exterior. El crudo otoño había hecho su aparición ese mismo día con una bajada de temperaturas de 7 grados en superficie. Sin embargo en el mar la temperatura solo había disminuido 3 grados desde el fin de semana anterior. Llevaba la chaqueta de 7 mm comprada el año anterior, y el pantalón con peto de 7 mm, que ya tenía varios años y se habría quedado en unos 4 milímetros o cinco. En el cinto llevaba cuatro kilos y medio  de plomo y a  veces 5, dependiendo de la profundidad me ponía mas o menos. Prescindí del chaleco de plomos, puesto que comprobé que para equilibrar la flotabilidad del propio chaleco necesitaba al menos 1 kilo y seiscientos gramos. De esta forma, sin chaleco, tendría menos resistencia al bajar y al subir, y tendría que llevar menos plomos en total. A fin de cuentas cuatro o cinco kilos en el cinto, no era mucho peso para la cintura.
Habiamos ido en kayak, mi compa y yo al este del Cabo Tiñoso. Solamente hicimos unos 2 kilómetros y medio en kayak, el resto de la jornada, de unas cuatro horas, lo hicimos dandole a las aletas. Había una considerable corriente del norte levante y a la vuelta cambio a sur poniente.  Aquel día yo no había pescado nada. Y mi compañero tampoco. Pero cuando faltaban dos horas para dar por terminada la jornada, mi compañero había capturado un hermoso dentón a la espera, con su nuevo fusil submarino de madera, que el mismo se había fabricado artesanalmente. A mi compa de pesca le gusta hacerse sus propios fusiles de madera, este es ya el cuarto fusil que construye. El problema es que para construir uno, destruye el anterior. Es como si reciclara el fusil que anteriormente había construido, transformándolo en otro de superiores prestaciones. Los fusiles que construye son auténticas joyas, por su belleza y perfección. Da pena incluso meterlos en un medio tan hostil como es el fondo submarino, porque uno piensa que se van a estropear. Pero lejos de estropearse, esos fusiles son además de joyas, unas armas resistentes al medio e infalibles con los peces. Prueba de ello son las capturas de dentones que realiza mi compa, a los que mi pobre pesquera de aquel día, un salmonete, una corvina mediana y un pez sapo, hacen mala compañía.

sábado, 9 de noviembre de 2013

LA DORADA QUE VIVÍA CON LA MORENA





Era el día de todos los Santos. Intentamos sin éxito ir a por los dentones al lugar en donde cada año por esas fechas les solía dar caza. Pero este año, tal vez por la temperatura del agua elevada en 21 grados, los insaciables depredadores no hubiesen hecho su aparición. Además el sol lucía todo el día y ellos prefieren los días nublados. El agua estaba tan turbia que no había visibilidad en 10 metros. Íbamos ya a abandonar la jornada de pesca aburridos de hacer esperas a diestro y siniestro sin fruto alguno y sin rastro de los dentones, cuando decidí mirar una cueva submarina que conozco y que suele dar alguna sorpresa. Ella, la dorada, estaba allí, supe que era una dorada porque en milésimas de segundo me dejó ver su enorme boca allá a lo lejos. Pero era muy cauta, no me dejaba ver nada mas que algunos milímetros de su panza, sobre la que no podría disparar porque se desgarraría. Después de muchas bajadas y paciencia, una de las veces en que aprecié que además de la parte baja de su vientre me ofrecía la visión de un centímetro mas arriba, no lo dudé y apreté el gatillo. Hice blanco en la carne de la dorada, pero esta se encajó en una grieta fina y no me atrevía a tirar del arpón para no desgarrarla y perderla o que tal vez se hubiese quedado encajada en la grieta en donde se hallaba. Le solicité el fusil a mi compañero y me lo prestó, con él pude dispararle a donde aproximadamente calculé que podía tener la cabeza, pues la turbiedad de la cueva me impedía verle exactamente la cabeza. Disparé e hice por segunda vez blanco en la parte mas próxima a la cabeza. La dorada ya tenía dos arpones clavados y era mas difícil que se pudiese escapar, pero era imposible sacarla. Estaba plenamente encajada y los arpones habían quedado tan alejados de donde nuestras manos alcanzaban que no había nada que hacer. Después de muchas bajadas y cálculos por parte de mi compa y yo mismo. Aquel consiguió ver otra grieta desde la que se veía una parte de los arpones. Ya está pensé si se ven los arpones estos se podrían mover desde esa otra grieta para desencajar la dorada. Pero era muy difícil, pues la nueva grieta impedía meter la mano por su estrechura. Cogí entonces un pequeño garfio que llevaba en la boya, y después de muchos intentos conseguí mover la cabeza de la dorad del lugar en donde se había encajado. Mi compa, mientras tanto tiraba de las cuerdas de los arpones por donde habían sido disparados, sacando la dorada a la superficie. Pero la sorpresa fue enorme al descubrir que una enorme morena de mas de un metro de larga venía atacando a la dorada y no se separaba de aquella. Pudimos comprobar como el segundo arpón había atravesado además de a la dorada a aquella morena que se defendía atacando y mordiendo a diestro y siniestro a la pobre dorada y a cualquiera que pretendiera tocarla. La situación se complicaba pues mientras no nos desprendiésemos de la morena no podríamos coger la dorada. Y la morena estaba atravesada por el arpón en la cola y tenía la cabeza y la boca libres en un radio de un metro circular de espacio de ataque. Le dije al compañero que no intentara hacer nada, que puesto que la morena había sido atravesada por uno solo de los arpones, la solución consistía en soltar ese arpón del fusil y dejarlo caer para que tanto la dorada como la morena quedasen libres de ese arpón, así con el otro arpón clavado en la dorada esta no se perdería y podríamos colgarla en el aro portapeces de la boya. Pero mi compa tuvo la paciencia de girar el arpó suavemente poniendo la muerte o aletilla para arriba y entonces sacarlo del cuerpo de la morena primero y a la vez de la  dorada. La morena salió dando mordiscos hacia el fondo marino perdiendose entre las grietas. Por fin habíamos conseguido recuperar con seguridad aquella dorada que pesaba solamente un kilo y medio a pesar de su gran envergadura.
El agua estaba en 21 grados. Llevaba el pantalón viejo con peto de 7 mm que ahora tendría 5 mm, la chaqueta de 7 mm que ahora también tendría unos 5 mm de grosor, y en el cinto llevaba 3 kilos de plomos. No pasé frío. Pero, a pesar de la caza in extremis del final de la jornada, la frustración era que los dentones no habían aparecido.