MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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sábado, 9 de noviembre de 2013

LA DORADA QUE VIVÍA CON LA MORENA





Era el día de todos los Santos. Intentamos sin éxito ir a por los dentones al lugar en donde cada año por esas fechas les solía dar caza. Pero este año, tal vez por la temperatura del agua elevada en 21 grados, los insaciables depredadores no hubiesen hecho su aparición. Además el sol lucía todo el día y ellos prefieren los días nublados. El agua estaba tan turbia que no había visibilidad en 10 metros. Íbamos ya a abandonar la jornada de pesca aburridos de hacer esperas a diestro y siniestro sin fruto alguno y sin rastro de los dentones, cuando decidí mirar una cueva submarina que conozco y que suele dar alguna sorpresa. Ella, la dorada, estaba allí, supe que era una dorada porque en milésimas de segundo me dejó ver su enorme boca allá a lo lejos. Pero era muy cauta, no me dejaba ver nada mas que algunos milímetros de su panza, sobre la que no podría disparar porque se desgarraría. Después de muchas bajadas y paciencia, una de las veces en que aprecié que además de la parte baja de su vientre me ofrecía la visión de un centímetro mas arriba, no lo dudé y apreté el gatillo. Hice blanco en la carne de la dorada, pero esta se encajó en una grieta fina y no me atrevía a tirar del arpón para no desgarrarla y perderla o que tal vez se hubiese quedado encajada en la grieta en donde se hallaba. Le solicité el fusil a mi compañero y me lo prestó, con él pude dispararle a donde aproximadamente calculé que podía tener la cabeza, pues la turbiedad de la cueva me impedía verle exactamente la cabeza. Disparé e hice por segunda vez blanco en la parte mas próxima a la cabeza. La dorada ya tenía dos arpones clavados y era mas difícil que se pudiese escapar, pero era imposible sacarla. Estaba plenamente encajada y los arpones habían quedado tan alejados de donde nuestras manos alcanzaban que no había nada que hacer. Después de muchas bajadas y cálculos por parte de mi compa y yo mismo. Aquel consiguió ver otra grieta desde la que se veía una parte de los arpones. Ya está pensé si se ven los arpones estos se podrían mover desde esa otra grieta para desencajar la dorada. Pero era muy difícil, pues la nueva grieta impedía meter la mano por su estrechura. Cogí entonces un pequeño garfio que llevaba en la boya, y después de muchos intentos conseguí mover la cabeza de la dorad del lugar en donde se había encajado. Mi compa, mientras tanto tiraba de las cuerdas de los arpones por donde habían sido disparados, sacando la dorada a la superficie. Pero la sorpresa fue enorme al descubrir que una enorme morena de mas de un metro de larga venía atacando a la dorada y no se separaba de aquella. Pudimos comprobar como el segundo arpón había atravesado además de a la dorada a aquella morena que se defendía atacando y mordiendo a diestro y siniestro a la pobre dorada y a cualquiera que pretendiera tocarla. La situación se complicaba pues mientras no nos desprendiésemos de la morena no podríamos coger la dorada. Y la morena estaba atravesada por el arpón en la cola y tenía la cabeza y la boca libres en un radio de un metro circular de espacio de ataque. Le dije al compañero que no intentara hacer nada, que puesto que la morena había sido atravesada por uno solo de los arpones, la solución consistía en soltar ese arpón del fusil y dejarlo caer para que tanto la dorada como la morena quedasen libres de ese arpón, así con el otro arpón clavado en la dorada esta no se perdería y podríamos colgarla en el aro portapeces de la boya. Pero mi compa tuvo la paciencia de girar el arpó suavemente poniendo la muerte o aletilla para arriba y entonces sacarlo del cuerpo de la morena primero y a la vez de la  dorada. La morena salió dando mordiscos hacia el fondo marino perdiendose entre las grietas. Por fin habíamos conseguido recuperar con seguridad aquella dorada que pesaba solamente un kilo y medio a pesar de su gran envergadura.
El agua estaba en 21 grados. Llevaba el pantalón viejo con peto de 7 mm que ahora tendría 5 mm, la chaqueta de 7 mm que ahora también tendría unos 5 mm de grosor, y en el cinto llevaba 3 kilos de plomos. No pasé frío. Pero, a pesar de la caza in extremis del final de la jornada, la frustración era que los dentones no habían aparecido.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues yo también creí q pesaría bastante más cuando la he visto.Y tengo q reconocer q cuando he leido el peso, me he quedado un poco más tranquilo, pues pensaba q m ibas a dar la tarde.En fin ya sabes q es sana envidia.En cualquier caso, es un buen ejemplar y parece q estaba con grasa.

Jack Blake dijo...

Bueno, eso de dar la tarde, nunca es tarde. Porque si supieras que la dorada se la regalé a mi compa, que no quería aceptarla a pesar de insisterle mucho, hasta que al final claudicó y se la llevó. En fin, tal vez este dato no relatado en la entrada del blog, termine por darte la tarde, la noche y la mañana del día siguiente a su lectura. En conclusión, pensé yo, más vale conservar un buen compa de pesca que una dorada de tan solo un kilo y medio, atravesada por dos arpones y llena de mordiscos de una morena. O no, y tal vez yo esté equivocado? En cualquier caso, un kilo y medio de dorada no me lo hubiese podido comer yo solo, y hubiese tenido que regalarla de igual manera a otra persona.

Anónimo dijo...

el final d la dorada, no t lo pregunte porq estaba cantado dond iría a parar