MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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domingo, 16 de marzo de 2014

PLAGA DE MEDUSAS AVISPA DESPUÉS DE LA LLUVIA





La temperatura del agua aquel 15 de marzo de 2014 se encontraba entre 14 y 15 grados. Una pequeña mar de fondo de menos de metro rompía junto a los acantilados. Me puse el traje de 7 mm con peto, y además un chaleco de neopreno de manga corta que tengo en mi armario desde hace unos treinta años. Aquel día, pensé yo, el frío no iba a ser el obstáculo para permanecer dándole caña de la buena a las aletas durante al menos cinco horas, como había ocurrido en otros días anteriores, en que después de una hora de haberme metido al agua, me encontraba tan congelado que estaba deseando salir y ponerme en seco, como así venía haciendo. Eso había hecho que el colesterol me hubiese subido al homicida vértigo de 200 el LDL o colesterol malo, cuando el tope son 130 y a partir de este último existe riesgo de infarto. Mientras que a partir de 160 el infarto es casi seguro.  Por eso puse toda mi voluntad en darle caña de la buena a las largas aletas de carbono durante el máximo de tiempo posible. Llevaba en el cinto cinco kilos y medio y en el chaleco 1,6 kilos. En total 7,100 kilos. No pasé frío, sino calor del bueno y agradable. ¿Como iba a pasar frío con una coraza de 13 mms. de neopreno en el pecho?. Llevando el pecho abrigado el calor en las extremidades estaba asegurado. 
Pero nada mas entrar vi una gran cantidad de medusas por la playa. Saqué el pasamontañas antimedusas y me lo puse por encima de las gafas, metiendo el tubo para respirar por un orificio a medida. Ya podía haber medusas que ese gorro antimedusas me garatizaba poder salir al cabo de cinco horas sin una sola picadura, pues me aislaba por completo la parte de la cara que sin aquel quedaría al descubierto a merced de los venenosos y urticantes tentáculos de las medusas.  Al principio cuando entré al agua estaba hecha chocolate, la visibilidad era nula al 100%. Otro obstáculo mas para impedirme bucear. Pero no, seguí avanzando y al bordear los acantilados del faro, la visibilidad era aceptable, se veía el fondo a unos 12 metros. No estaba mal, aquel día había eliminado varios obstáculos: el frío, las medusas, y la mala visibilidad. Elegí el lugar después de desechar dos lugares anteriores porque la resaca pegaba con fuertes olas. Allí en donde me metí, al abrigo de Cabo Negrete y de su esfinge de la bruja, el agua en superficie estaba bastante bien. Además no había corriente alguna. El anticiclón aquel día dejaba la mar sin corrientes. El problema era que con el gorro antimedusas no podía quitarme el tubo de la boca cuando me sumergía y así una cortina de burbujas de aire se desprendía del mismo mientras bajaba, y ello podría asustar a los peces. No bajé muchas veces, pues desde la superficie no se veía movimiento de pescado. Tal vez la luna llena hacía que el pescado de noche estuviese activo y de día descansaba escondido. Aún así vi una enorme dorada de unos seis kilos desde la superficie que no estaba encuevada. Bajé a por ella, pero el animal huyó y desapareció. Después vi un enorme mújol que siguió el mismo ejemplo de la dorada. La inteligencia animal  sabe que el pescador submarino es un depredador insaciable y se pone a buen resguardo de aquel. Al final en una grieta pude capturar una brótola que fue mi comida aquel día. Cuando salí había hecho 5 kilómetros dándole caña sin parar a las aletas durante cuatro  horas y media. Salí desde la playa del lastre y llegué hasta Cabo Negrete que se encuentra a dos kilómetros y medio. Aproximadamente un kilómetro a la hora de velocidad. Una gran diferencia con respecto al kayak, el cual en una hora puede desplazar al buceador una media de 5 o seis kilómetros.