MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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viernes, 18 de abril de 2014

El mero del Viernes Santo

El día anterior también había estado buceando con el kayak. Un  viento fuerte de levante nos impidió aquel día, a mi compa y a mi,  hacer mas de 1 kilómetro y medio. Eso mismo es lo que he hecho hoy yo solo, otro kilómetro y medio de ida y otro tanto de vuelta. El agua estaba en 17 grados, había aumentado 2 grados desde el fin de semana anterior. Eso presagiaba que este año el verano llegaría antes que el pasado, o que las temperaturas serían mas extremas. Bajé e hice varias esperas, esperando que los dentones al calor del agua acudieran. No vi ni un dentón. Llevaba ya tres horas aburrido sin disparar ni un tiro. Bajé a aquella cueva en que una vez vi un mero guapo. Al bajar alumbrando con la linterna no vi nada. Pero después de unos segundos, alguien hizo su aparición. Primero de lado, y parecía grande. Luego me daba la cara para sacarle una foto para el carnet de identidad. Solo se que se hallaba un poco lejos, pero apunté al ojo. El tiro no le atravesó el ojo, pero si el moflete y no le salió del cuerpo la punta del arpón,  pero le llegó a la cola. Después de pesado daba un kilo ochocientos en la báscula. También saqué un sargo gordo, al que le dí directamente en el cerebro. Tal vez fue un sargo inteligente y puso su cerebro al servicio de la técnica de la pesca submarina, que no termina de hacer experimentos. Al pobre sargo le atravesó el arpón el cerebro y le salió por un ojo que le reventó. Me evito tener que rematarlo clavándole el cuchillo en la cabeza, pues estaba bien muerto. Un viento fuerte de suroeste, de fuerza 3 en la escala de Beafour, se estaba metiendo. Aunque no había olas de viento, ya que el lugar donde me hallaba en medio del mar, estaba al abrigo de la costa y protegido del viento de suroeste, no obstante una gran corriente me hacía luchar con las aletas para bajar y para ascender, y , por supuesto, para mantenerme en superficie en el lugar elegido.  Llevaba tres horas pescando sin pescar, aburrido, tan sólo ese mero y el sargo. Había quedado con el compa, para pescar mañana. No deseaba esquilmar la zona, porque mañana probablemente pescásemos en las mismas aguas. Tampoco deseaba quedar extenuado sin fuerzas para pescar al día siguiente. Cuando salí al lugar en donde había dejado el coche atravesado para impedir que algún otro coche se me acercase y me impidiese subir el kayak al costado del coche, me hallé con una roulote o caravana  enorme pegada a mi coche. Le dije, después de preguntarle si hablaba español, que si no había intuido que mi coche estaba atravesado para impedir que otro se me acercase. Que tenía que subir un kayak y no me había dejado sitio. El pobre chaval de unos veintipocos años, se disculpó, como si él tuviese la culpa de algo. Yo mismo, al rato, me dí cuenta que me había excedido. ¿Quien podría prever que yo necesitaba un espacio junto al lateral de mi coche, cuando aquel puente de Semana Santa, había coches por todos lados y falta de aparcamientos?. Nadie, tal vez un imbécil podría prever tal circunstancia absurda.  Pobrecillo, llevaban en la caravana niños pequeños de biberón, junto al abuelo y abuela. El abuelo conducía la caravana.  Tal vez por mi actitud, tuvieron que salir del lugar cuando la noche se iba formando. De nada sirvió el que después les dijera que no se fueran, que aquel sitio era estupendo, iluminado y con compañía de otras caravanas. Pero tal vez la primera imagen de  mi careto cuando vi aquella caravana tan cerca de mi coche impidiéndome subir el kayak, había dictado sentencia de ejecución. No sirvieron de nada mis disculpas, se marcharon a lo desconocido, con aquellos bebés, y entrando la noche, por carreteras no conocidas y llenas de tráfico de gente que en tres días quería recorrerse España entera, todo ello sólo para encontrar un lugar para pasar la noche. Una gran sensación de culpa, me inundó aquel día, primero por matar a un pequeño mero de solo dos kilos que me miraba a lo lejos en su cueva y me recibió poniéndome su mejor cara, mientras yo desagradecido le disparé a los ojos, luego por aquel mal recibimiento que le hice a aquella familia de la caravana con bebés que sólo pretendían pasar en un lugar tranquilo la noche. Para quitarme el sentido de culpa, pensé que aunque uno la vaya cagando allí por donde actua, no obstante existen circunstancias en la vida que solo el destino puede cambiar. No importa que uno la cague, o que ponga toda su buena intención en no cagarla, pues si las cosas deben finalizar de una forma, no hay circunstancia alguna que las modifique, por muy previsor que uno sea.  Llevaba el traje de 7 mm del año anterior, tan comprimido que solo llevaba al cinto tres kilos de plomo. En el chaleco llevaba otro kilo y seiscientos gramos, en total cuatro kilos seiscientos gramos. Menos mal que el agua estaba en 17 grados, sino con aquel traje tan comprimido hubiese pasado mucho frío. Al final el mero de dos kilos lo regalaría a mi amiga, que esta Semana Santa se encontraba a 1.300 metros de altitud en su pueblo de interior alejado unos 300 kilómetros, junto a su familia, en manga corta disfrutando de estos días por el buen tiempo, mientras yo me encontraba buceando a 11 metros por debajo de la superficie y haciendo estragos en la fauna submarina, porque el instinto depredador no conoce del espíritu de San Antonio Abad, que tenía a todos los animales por hermanos. El depredador tiene a los animales un cariño mayor que el de San Antonio, pues su intención es hacerlos de su propia carne al comerlos y que no solo sean hermanos de sangre. Lo siento mucho por los compas de aperitivo de los viernes, a quienes tengo prometido un mero o un dentón grande, pero este mero no podría ser para ellos, pues no da la talla, ni para un aperitivo con mucha gente.












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