MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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domingo, 10 de agosto de 2014

La lecha de las perseidas



El mes de agosto no era distinto al de otros años. Una plaga de veraneantes inundaba las playas y toda la costa. Las carreteras llenas de coches. Los aparcamientos también.  La mar llena de motos acuáticas con locos conduciéndolas sin mirar que obstáculos o que es lo que hay delante de ellos, con el peligro que ello significa a la gran velocidad que van. Los barcos otro tanto o peor, conducidos por irresponsables que no miran lo que hay delante de la proa, solamente saben darle caña al motor y si matan a alguien, no será su problema.  Mover el coche y cargar con todo el equipo de pesca jugándosela a no encontrar sitio en la playa para aparcar era lo habitual y odioso en este maldito mes de agosto. Estaba deseando que terminase de una vez el verano para que toda la gente volviese a sus casas y dejase las playas tranquilas, al menos para que se pudiese circular, aparcar y poder vivir. Esos veraneantes son como una camisa de fuerza con el loco por fuera de aquella. Tanta gente me oprimía y me sentía atado de pies y manos. Sentía una camisa de fuerta que me obligaba a no sacar el coche.  No se sabe cuantos de aquellos veraneantes, ni que porcentaje entre tanta gente está de atar, pero apuesto a que no es bajo dicho porcentaje. Así que para no tener problemas lo ideal durante agosto sería no salir de pesca y esperar a septiembre que habrá menos gente.
Eché en saco roto mis propios consejos aquel día. El compañero de pesca ese día  había quedado en su casa. Tal vez había decidido no meterse a bucear para evitar todos los males descritos. Pero yo,  me encontraba sólo con mi colesterol muy alto. Había que rebajarlo buceando. Como no había quedado con nadie para pescar, podría meterme o no, hacerlo en un sitio o en otro, según la cosa se presentase. Si hubiese quedado con el compañero, tendría que ir a una hora en concreto y a un sitio también concertado, lo cual me quitaba libertad en estas fechas en donde lo imprevisto es la norma y por ello no vale prevenir ni hora ni lugar para bucear.
 Recordaba que otros años por estas fechas de noches de lluvia de estrellas o perseidas, había capturado algún mero de respetable tamaño. Así que busqué la hora de comer la gente, pensando que al marcharse me dejarían sitio para aparcar el coche. Así fue. Bajé a aquella cala y nadé unos dos kilómetros. Miraba antes de sumergirme si algún barco o moto se dirigía proa hacía mi. Toda precaución es poco con tanto irresponsable suelto y con ganas de matar a cualquiera de forma homicida. La mar es muy grande, uno como pescador submarino se encuentra bien señalizado y en un solo punto de la mar. Pero todos los barcos y todas las motos confluyen en ese punto. Malditos sean. Bucear así es un sin vivir. Y para mas inri, no se ve ni un pescado al agujero. Las rocas y grietas están desiertas. La temperatura del agua en superficie es de 27 grados. El traje de 3 mm tan comprimido que podría ser ya de un milímetro. Un chaleco de otro milímetro. Y dos kilos de plomo en el cinto. Resulta ideal bucear en verano con el agua tan cálida y con tan poco lastre. Pero los obstáculos descritos le quitan a uno las ganas de bucear, sobre todo en mitad de la mar, como era el caso aquel día.
La vi desde arriba. Vi aquella lecha, sin saber que especie era. Un gran pez que nadaba por el fondo a unos diez metros de profundidad. Bajé pensando que huiría espantada. Pero la lecha, sin dejar el fondo dio una vuelta alrededor mio, guardando la distancia. Esperando apuntarle bien, no tuve mas remedio que dispararle como fuese, porque se iba a alejando. El disparo le dio en la barriga encima de la aleta anal, Empezó a desgarrarse hasta llegar a la aleta. Tuve suerte, pues conseguí atraparla sin que escapase desgarrada del todo. De un tajo en la cabeza le di muerte. Cuando salí limpié la tripa que iba llena con dos pequeños dentones. No podía creer que aquel animal hubiese podido tragar por su boca unos peces que eran como mi mano de grandes. Por esa voracidad,  estos animales tiene bien ganado el título de depredadores.
 Antes de tomar una cerveza junto con dos latas de aceitunas, me comí el enorme corazón de la lecha crudo. No estaba malo. El sabor auténtico de la mar y del pescado concentrados en el músculo que impulsaba la sangre de la lecha era fuerte. .En un vídeo de hace muchos años, escuché  decir a un francés, cazador de meros enormes, que comerse el corazón de los peces o el hígado, era bueno para recuperar las sales minerales y sobre todo el agua perdida buceando.
No vi ningún  otro pez para dispararle. Salí del agua a las cinco horas de haber entrado. Al menos el colesterol habría bajado. Congelé la lecha al llegar a casa y me comí un plato de arroz a la cubana. Los huevos habían caducado hacía tres días. Antes de tirarlos aproveche dos de aquellos.