MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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miércoles, 2 de diciembre de 2015

Una chaqueta caliente, a medida, para Borriquete, porque para un traje no da el mojar la oreja





Aquel día, mi gran amigo el sabio Borriquete, no se iba a meter a bucear, pues pensaba ir a San Pedro a comprar una chaqueta calentita, porque es muy friolero. Esta es mi oportunidad, pensé, para mojar la oreja a Borriquete.
El agua estaba planchada. La temperatura continuaba en 17 grados. Chaqueta de 7 mm del año anterior. Dos chalecos de 3 mm ya gastados. Pantalón de 5 mm de este año. Cinco kilos y medio en el cinto de lastre. Entré al agua a las 13,30 y salí a las 17, 45 horas.
Empecé a ver corvinas grandes desde la superficie. Clavé tres que pesaban entre 1,200 y 900 gramos. Después vi un mero cuando estando abajo miraba una piedra en una profundidad de 12 metros. Estaba fuera de otra piedra próxima. Se escondió. Tuve que bajar muchas veces en una hora, para darme cuenta que estaba escondido e un lugar en forma de L, en donde solo veía la cola, pero no la cabeza. No podía dispararle de esa manera. Bajé muchas veces. El tiempo pasaba y no veía por donde dispararle. Bajé por última vez por el único lugar en donde no había bajado, pensando que no habría grieta alguna por la que ver al mero. Pero me había equivocado. Había una fina grieta, en donde primero se veía la cola, después el cuerpo y por último las aletas junto a la cabeza. Disparé rápidamente, sin pensarlo un poco mas arriba de la aleta, pensando que daría cerca de la cabeza. Después cogí un segundo fusil y disparé un poco mas arriba del primer disparo. El mero no se movía. Coloqué los boyarines sacameros en ambos fusiles, para que ejercieran tracción hacia arriba. Pero luego quité los boyarines, pues ejercían mucha tracción y me era imposible tirar de los arpones doblados por la fuerza elevadora de los boyarines flotantes a media agua. Cogí el gancho saca arpones y sacameros que me hizo mi amigo el sabio Borriquete, hará ya unos treinta años. Al ser de mas grosor que los arpones, intenté hacer tracción. Pero así estuve bajando e intentándolo durante una hora mas. Eran las 17 15 horas. El sol se iba a poner en quince minutos. Estaba desesperado, pues el mero no había quien lo sacase. Me di cuenta que tenía la boca abierta y ello impedía que saliese por el agujero de la grieta mas chico que la boca. Veía que el sol se ponía y perdía los dos arpones bien clavados y el mero ya muerto. Pero en uno de esos momentos de lucidez en la soledad de la mar, tuve la intuición que, tal vez si movía del fondo una roca grande, dejaría la grieta mas ancha y el mero podría salir. Imaginaba que en el agua el peso de una roca es la mitad que en la tierra. Así que me puse a mover la roca antes de ascender. Por fin lo conseguí, la roca la arranqué de su lugar y dejó la grieta abierta para poder sacar al mero. Subí a la superficie a respirar,  y al bajar por última vez, el mero salió perfectamente por el hueco que había dejado la roca.
Tenía el pobre animal los ojos desorbitados. El primer disparo le atravesó de ojo a ojo. El segundo le atravesó el morro por su parte superior de parte a parte. Por eso la boca la tenía abierta.
Una vez en superficie, le colgué del aro portapeces y le clavé el cuchillo daga entre la parte superior de los ojos, para atravesarle el cerebro y matarle totalmente, para que no sufriera mas.
No había tiempo que perder. En diez minutos dándole caña a las aletas alcancé la playa. El sol se estaba ocultando. Eran las 17, 45 horas. El mero solo pesaba dos kilos y trescientos gramos.
Inmediatamente le envié la foto al Sabio Borriquete, con el título chaqueta calentita para Borriquete.
Moraleja:  Si la mar esta hoy buena, Borriquete, no vayas a la tienda de San Pedro,   a comprar una chaqueta de neopreno caliente y metete en la mar a coger la cena, para que nadie te pueda, en un  brete, mojar la oreja . 

martes, 1 de diciembre de 2015

El día del pisete aflojado


 
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 18 horas. Cuatro horas de recuperación después de la intervención quirúrgica. El pisete aquel día no lo apreté como el día anterior, por lo que pequé de que se podría aflojar y salir del pito. Aguantó como pudo la cosa sin salirse y el pis fue evacuado fuera del traje. El agua estaba también en 17 grados, llevaba la chaqueta de 7 mm comprada el año anterior, un par de chalecos de menos de 3 mm y un pantalón de estreno de 5 mm., sin peto. En el cinto llevaba seis kilos y medio de plomos. No pasé frio, e iba bien lastrado.
Aquel día no se veían piezas respetables para dispararles. Solo había bancos de pescados chicos. Señalaban que el agua comenzaba a enfriarse. Solo divisé un salmonete al que asesté un arponazo en la cabeza. Pero como los salmonetes suelen olvidar que están muertos, aquel consiguió caer dentro de una grieta, de la que no pude sacarlo, a pesar de que le tocaba con la punta de los dedos de la mano. Pesaría 300 gramos el salmoneitor, pero allí se quedó, para la cena de otros peces, vacas, dentones, etc., quienes me pidieron con sus pequeños ojos, que se lo dejase para comer ellos, me querrían decir algo así como que, yo con 300 gramos de salmonete no iba ni a comer, pero ellos se lo iban a repartir e iban a comer para siete días. Así que, comprendí que aquel salmonete no iba a ser para mi, sino para aquellos pequeños peces hambrientos.
Ya de vuelta, cuando el sol amenazaba con ocultarse, divisé un  mero desde la superficie. Me miró desde abajo y en dos segundos desapareció bajo una cueva. Envió a su pareja, un mero chico, para que vigilase por los alrededores y para indicarle cuando me había marchado. Yo no hice caso al mero chico, pero estuve buscando al grande. Me costó dar con él. Pero, a duras penas, allá en el fondo de una cueva, le vi alumbrándome con el foco de la linterna, apenas asomaba la punta del hocico. Bajé otra vez, alineé el arpón en dirección a su ojo lejano. Apreté el gatillo y el mero cayó fulminado atravesado por encima del ojo un par de milímetros. Justo le atravesé el cerebro, por lo que quedó muerto en el acto. Después de sacarlo de la grieta sin dificultad, me di cuenta que no era muy grande. Pero ya estaba muerto, no podía devolverlo a la mar, para que otros peces se lo comiesen, si yo también tenía que comer. El mero pesó un kilo doscientos en la báscula, después de haberle sacado de la boca una sepia que no pudo vomitar por haber fallecido inmediatamente, ipso facto.
No tardé tiempo en enviarle la foto a mi amigo el sabio Borriquete para que se afilara los colmillos. Pero él a cambio me envió la foto de su gran pesquera de aquel día. El mero mío quedo mas pequeño todavía, comparada con aquella cuantiosa y cualitativa pesquera de Borriquete. Dicen que a la tercera va la vencida. Espero que el tercer día le moje la oreja a base de bien a Borriquete.

domingo, 29 de noviembre de 2015

El mero del día del pisete apretado





Llevaba ya dos meses en el dique seco. Una intervención quirúrgica me obligó a perderme los dos mejores meses del año para la pesca submarina, octubre y noviembre. Mi amigo el Sabio Borriquete, me hacía recuperarme rápido, cuando cada día me enviaba las grandes pesqueras que sacaba. Yo se lo agradecía mucho, porque incentivaba mi rápida recuperación, para un día llegar a mojarle la oreja. Pero me había puesto el listón muy alto. No obstante, yo no confiaba mucho en el resultado de la operación quirúrgica, pero si en mi tozudez para mojarle la oreja, antes o después a Borriquete.
Aquel día, entré al agua a las 15,30 horas y salí a las 17,30 horas. Sólo dos horas buceando. La causa era que, después de estar dos meses sin bucear, todo el equipo estaba sin estar a punto. Las boyas sin inflar. Los infladores perdidos. Tropecientos viajes de ascensor para bajar y preparar todo el equipo dentro del coche. Luego, que si aquí en este lugar no se puede bucear porque pega el oleaje de mar de fondo mucho. Cambio de lugar y empiezan las dudas. La mar no me es gratificante. Está jodida a rabiar. Pero, yo estoy rabiando por meterme para comprobar que la recuperación ha sido la adecuada y que puedo pescar.
Al final me metí. No pasé frio. El agua estaba en 17 grados. En el cinto cinco kilos y medio de plomos. Llevaba la chaqueta de 7 mm., comprada el año anterior. Dos chalecos de 3 mm, ya gastados. Un pantalón de 7 mm, que ahora tendría menos de 4 mm., al que había hecho un agujero hermético para meter el tubito del pisete,  recientemente fabricado por mi. Le metí alrededor del pisete dos tiras de welcro de doble cara bien apretadas. Además de una cinta de malla autoadhesiva. Tanto las apreté que tenía que hacer pis a trompicones. No había calculado que al hacer pis, el diámetro del pito aumenta. No obstante, pude desenvolverme bien. Con mucha cautela para no joderme la cicatriz interna de la intervención quirúrgica. Este día había marcado un hito. Era la primera vez en mis 33 años de pescador submarino,  en que, gracias al pisete, no hice pis dentro del traje. El pis salía por el tubito del pisete fuera del traje. Estaba alucinando. El olor del traje y del cuerpo, después de la jornada de pesca, ya no era de pis o amoniaco, sino a gel de ducha. El mismo gel con el que se riega el traje por dentro antes de ponérselo para que resbale el neopreno microporoso interior.
Vi un mero, pero después de bajar varias veces por la zona en donde se podría haber escondido, no logré encontrarlo.
Después vi otro, acompañado de un   mero mas chico. Me dio un poco de pena matar al grande y dejar al pequeño sin pareja o huérfano. Pero, pensé que Borriquete no hubiese reparado en tales detalles. Así que bajé y el mero estaba allí a lo lejos de la cueva. Le apunté a un ojo y disparé. El animal fue atravesado desde el ojo hasta la cola. Tuve que apretar el arpón, una vez soltado el hilo, para sacarlo por la cola y de esa forma poder sacar el arpón con el hilo de la manera mas sencilla. El mero pesó un kilo y 900 gramos. Pensaba que pesaría mas de dos kilos. Pero la falta de habitualidad en este deporte, me hizo sobrevalorar el peso del animal. No importa, a Borriquete le iba a dar un pequeño disgusto de aperitivo. La comida y la cena vendrán en días posteriores. Hoy ya me consideraba agraciado, pues había cubierto tres objetivos, hacer deporte, comprobar que la recuperación había sido la correcta, y coger un mero. Todo ello en tan solo dos horas, cuando lo normal es que nunca esté en el agua menos de cinco horas.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

El mújol borracho

Las heridas del roce de las aletas en los tobillos, aún no se habían curado. No obstante me metí aquel día a bucear poniéndome en contacto con la piel unos escarpines en los que el interior era neopreno microporoso. Así evitaba el roce, ya que el neopreno tendía a pegarse a la piel y no produciría mayor rozadura en las heridas. 
Bajé aquel día unas 90 veces, a aquella barra de piedras cubierta de posidonia. No se veía nada de movimiento. Divisé al final de la barra una embarcación neumática. Había dos pescadores submarinos en el agua. Habían cogido unos dos mújoles de esos grandotes, bajo las rocas. Yo aún no había visto ninguno. Tan solo había cogido dos salmonetes y dos corvinas, una de ellas de arena.
Cambié de barra y me dirigí a la que estaba a menor profundidad. Inicié el retorno y cuando llevaba poco tiempo, vi un gran pez que subía a la superficie desde el fondo. Trazaba círculos mas o menos grandes, mientras ascendía hasta quedarse a un metro de la superficie. Era enorme. Pero mi instinto me decía que aquel pez, que parecía estar borracho, no lo estaría tanto como para dejarme acercarme a él y dispararle. Poco a poco me fui acercando, mientras el pez ascendía. Esperé a que diera una vuelta en dirección a donde me encontraba y me mostrase su perfil. Sucedió tal como esperaba, el mújol en su última vuelta me ofreció un perfil enorme, blanco. Apunté y disparé. El arpón lo atravesó. Pero el mosquetón con el que estaba sujeto el arpón a la cuerda del carrete, y que era de acero inoxidable, se me rompió. Tal vez por el peso del animal. No obstante le eché mano antes de que se saliese de la cuerda y conseguí rematar al pez, dándole un tajo con mi daga en la cabeza. La abundante sangre roja comenzó a brotar de la boca del pez que falleció.
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 20 horas. Había estado unas 6 horas buceando. El agua había bajado un grado, estaba en 24 grados. Llevaba unos pantalones de camuflaje de 3 mm, ya gastados. Y la chaqueta nueva de 5 mm. En el cinto llevaba 3,5 kgs. de plomo. El agua estaba muy turbia. Pegaba el viento del suroeste de fuerza 4 y había una gran corriente.
Cuando salí me encontré a una familia a la que días antes había regalado un pobre pesquera, que venían a entregarme un obsequio. Es una botella de vino, me dijeron. Aquello me pareció una desproporción, por una miserable pesquera que no tenía valor alguno para mi, y que les regalé desinteresadamente, ellos me regalaban una botella de un buen Rioja de crianza. Acepté aquel obsequio por no despreciar la ilusión de aquella familia. Y al decirme que iban a hacer un caldero con el pescado que les había dado, les ofrecí el mújol borracho para que lo sirvieran como pescado de reserva en el caldero.
El instinto me hizo ver que aquel mújol estaba borracho para dejarse cazar a media agua. Por eso, tal vez, se convirtió en una botella de buen Rioja. La gratitud me hizo regalarlo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Regalos que da la mar



El mes de septiembre había superado su ecuador y yo llevaba ya 8 días buceando durante jornadas de mas de cinco horas. Bajaba a escudriñar las cuevas formadas por las rocas del fondo mas de 100 veces. Casi todas estaban desiertas. Únicamente al atardecer, ya de recogida, cuando el sol estaba a punto de caer sobre el horizonte, es cuando se veía movimiento de peces. Unos, los sargos que volvían buscando sus cuevas para pasar la noche, otros, los meros que, aprovechándose de la nocturnidad, salían de sus oscuras e intrincadas madrigueras, para cazar. Hacía tiempo que no veía un mero de tamaño considerable fuera de su cueva. Pero no duró mucho la instantánea, porque el mero despareció. Estuve mirando por todos lados, en todos los recovecos de las piedras, en las proximidades de donde lo había visto desaparecer. Pero era en vano, las madrigueras tan intrincadas hacían imposible ver a un mero bien escondido. Fue la última vez que lo intenté, bajé a una piedra próxima de aquel lugar y le vi. El animal me miraba de frente, pero rápidamente trataba de desaparecer mostrándome su perfil. El pensamiento me hizo direccionar el fusil y apuntar al mero a la cabeza antes de que desapareciera. El arpón salió certero y atravesó al mero. El problema es que al no haberle dado de frente, el mero tendía a enrocarse. Eran ya las veinte horas, el sol estaba próximo a ocultarse y yo allí con un mero enrocado. Menos mal que llevaba tantas herramientas, inservibles todas ellas la mayor parte de los días, pero que en estas ocasiones salvan al mero de morir clavado, salvan el arpón que se recupera y salvan al pescador de salir con una miserable pesquera colgada del aro. Viendo que no me quedaba mucho tiempo y deduciendo que el mero estaba bien atravesado por el morro, en su parte dura, le coloqué al fusil los boyarines flotantes, metidos a media agua, para que tensasen el arpón y el mero no pudiera esconderse por la fuerza de tracción de los boyarines. Bajé con la linterna e intenté tirar del arpón para desenrocar al mero, pero vi que el arpón se doblaba sin conseguir el desenroque del animal. Entonces, utilicé otra herramienta que llevo siempre, y cuyo fabricante fue mi amigo Borriquete. Se trataba del gancho saca arpones y saca meros, que medía mas de un metro y tenía un grosor de unos 8 mm, superior al que tenía el arpón de tan solo 6,5 mm. Sujeté el arpón en la parte en que estaba clavado el mero con el gancho saca arpones, y colocando esta herramienta pegada al arpón, conseguí que este no se doblase mientras hacía palanca para desenrocar al mero. Pude extraerlo de esta forma, mientras el sol caía. Había evitado perder tiempo y había conseguido sacar al mero, que pesó dos kilos.
El agua seguía en 25 grados. Un fuerte viento del suroeste de fuerza 4 y 5, con rachas de 6, en la escala de Beafour,  barría las costas. Me encontraba a resguardo del viento, no mas alejado de la playa que 700 metros,  pero no obstante,  las olas de superficie me salpicaban continuamente.
Hacía poco tiempo había fallado dos mújoles de dos kilos aproximadamente, bajo una cueva. Cometí la imprudencia de esperar a que los dos estuviesen a tiro, para hacer un doblete. Es decir clavar los dos a la vez. Pero la avaricia quita precisión a los disparos y fallé los dos  mújoles que desaparecieron. En otra ocasión si que hice un doblete, ese mismo día, al disparar sobre una corvina de arena o verrugato, clavando a la vez a un sargo.
Cuando salí a la playa, era tan tarde, que mientras limpiaba el pescado dentro del agua anocheció. Había entrado al agua a las 13,30 horas y había salido a las 20,30 horas. La jornada de 7 horas, junto a las anteriores jornadas me había destrozado los tobillos por el roce de las aletas, pese a llevar dos escarpines en cada pie. Tocaba ya descansar.
 

martes, 15 de septiembre de 2015

Septiembre, como todos los años, trajo la mar en calma


Este año, esperaba a septiembre como ningún otro año. El hecho de no haberme podido meter a bucear prácticamente en los ocho meses transcurridos, me hacía pensar en una venganza cuando la mar se pusiera buena y se hubieran ido los numerosos veraneantes que, durante julio y agosto, me habían impedido sacar el coche, y por ello irme de pesca submarina. La mala mar todo el año, había dejado en septiembre un lapsus. Por eso llevaba ya este mes mas días de buceo que en todo el año. Los últimos seis días, había estado buceando. Poca pesca, pero poco a poco, todo llega, incluso la pesca. Por fin pude comer dos lechas asadas al microondas y acompañadas de una salsa de tomate frito , ajo y perejil,  machacados en el mortero, aceite, limón y pimentón de la Vera.
El agua seguía en 25 grados. El atuendo y el lastre, como el día anterior. Era relajante sentir el agua en las piernas, mientras se buceaba. La fluidez de los desplazamientos, hacía que, a pesar de las heridas del roce de las aletas en los tobillos, todo fuese de maravilla.
Esperaba con tanta ansia este mes de septiembre, que mi venganza estaba poniéndola en practica. Me metería a bucear, si las circunstancias no me lo impedían, todos los días del mes.

domingo, 13 de septiembre de 2015

El día del confort en la mar

  1. Aquel día, tenía las corvas llenas de heridas, después de bucear cuatro días consecutivos durante mas de cinco horas cada día. Dudé entre descansar o meterme a bucear con un pantalón de neopreno tipo bermudas, que dejase las corvas sin protección para evitar las rozaduras. Lo decidí ya tarde, entré al agua a las 15 horas y salí a las 20 horas, estuve unas cuatro horas y media haciendo 78 bajadas a las rocas. No vi nada, excepto un mero de unos dos kilos. Le apunté boca abajo, con el fusil también boca abajo, cargado en la primera muesca del arpón. Con tan solo 3,60 metros de alcance. Dirigí el arpón contra la cabeza del mero, apreté el gatillo y esperaba tirar del arpón con el mero clavado. Pero, ahí estaba la sorpresa, el arpón salía sin haber alcanzado al mero. Tal vez se hallase mas allá del alcance del arpón, tal vez se encontraba a unos cuatro metros de distancia. Tal vez al estar el fusil al revés, puede que la guía del arpón no hiciese un tiro preciso. Sea como fuere, aquel día fue otro mas de los tantos días que no vi pescado y que no aproveché la única ocasión que tuve para clavar un mero.
  2. El agua estaba en 25 grados, llevaba un pantalón tipo bermudas, de neopreno, con una chaqueta recién comprada de 5 mm. En el cinto llevaba 3,5 kilos de plomos. Me encontraba estupendamente, sin frio, ni calor. Sentía un gran confort.  Me desplazaba con suma facilidad por el agua. Era la combinación ideal para los 25 grados de temperatura.
  3. También vi desde lejos dos mújoles de mas de dos kilos, pero no me dieron oportunidad, pues no entraban en las cuevas. Igualmente divisé a lo lejos unas corvinas de mas de un kilo, pero tampoco me dejaron intentar apuntarles, pues desaparecieron entre las rocas a una velocidad pasmosa.
  4. Lo único que había conseguido era clavar una corvina de 400 gramos y un salmonete de unos 300 gramos. Ambos fueron a parar al congelador, mientras yo me comí un trozo de pavo asado en el microondas, con pimienta, tomillo y ya asado le añadí limón y aceite. Está claro que no puedo este año comer de la pesca.

sábado, 12 de septiembre de 2015

El mero que bajó mi colesterol


Volví  a ponerme el traje de bucear de verano. El agua estaba en 25 grados. Con solo dos kilos de plomos en el cinto, un traje sin peto de 2 mm, ya viejo y un chaleco de 2 mm, también viejo, inicié la jornada de pesca. El día estaba nublado. Suponía que era ideal para los dentones. Y así fue. Pero los dentones que se me acercaron no pesarían mas de medio kilo, igual que las lechas. Por lo que decidí no dispararles. Venían ingenuamente a pararse frente a la punta del arpón. Era un banco de dentones y lechas. Pero me mantuve impertérrito sin disparar, pensando que, tal vez, aparecería un dentón grande. No tuve suerte, pues el dentón que yo esperaba no aparecía. Después de unas 10 esperas en la cueva, opté por coger el fusil de 90 para pescar al agujero. Bajé unas 50 veces, pero no se veía nada de pescado. Algunas corvinas de 300 gramos, de las que clavé dos para comer. Luego vi en su sitio habitual unas corvinas perro, de mas de un kilo. Pero no me dieron opción a apuntarle. Desaparecieron rápidamente. A la vuelta bajé a aquella cueva, en la que a la ida había observado unas corvinas y una sombra que supuse era un mero. Allí estaba el mero mirándome desde el fondo de la cueva. Dirigí rápida y silenciosamente de forma suave el fusil apuntando a la cabeza del mero. Y como si fuese la cosa mas natural del mundo, con mucha suavidad y rapidez apreté el gatillo. El arpón fue certero a la cabeza del mero. Conseguí sacarlo sin dificultad alguna. Parecía mas grande en la cueva. No obstante en casa pesado en una báscula de precisión de cocina, el mero marcó los 1.850  gramos. Las corvinas pesaron juntas medio kilo. Inmediatamente que llegué a casa los metí en el congelador, para regalarlos a mi amiga. Y me abrí una lata de fabada asturiana, que me llenó a tope, a la vez que reponía mis energías perdidas. Había adelgazado después de 4 días buceando, unos cuatro kilos. Debería seguir buceando todos los días del mes, para rebajar el colesterol malo. Antes del día D.

viernes, 4 de septiembre de 2015

El día de los mújoles pardetes


Nunca en mi vida, había comido el pescado que sirven junto con el caldero. Aquel día, en Cabo de Palos, degustamos el mejor caldero que haya comido jamás. Servido en su punto, en un olla de acero negro, aquel caldero riquísimo para tres personas dio para cuatro. Las rodajas de pescado servidas junto al caldero, tenían un tamaño considerable. Parecían de un buen dentón a simple vista, pero no lo eran pues la carne estaba prieta, aunque muy sabrosa. Cometí la excepción a mi pertinaz costumbre y aquel día si que comí aquel pescado. Estaba delicioso, servido con la salsa que el caldero había dejado sobre aquellas sabrosas rodajas. Cuando ya nos marchábamos, pregunté al dueño del restaurante qué era aquel pescado. Me contestó escuetamente que aquello era mújol. Menudo mújol, pensé yo, dado el tamaño de aquellas rodajas mas grandes que la mano. Hacía muchos años que no había comido caldero y en menos de un mes había comido ya dos paellas, un caldero y un arroz a banda en Santa Pola. En esta pequeña población marinera visité el acuario. Era digno de ver las enormes doradas y meros gigantescos en aquel hábitat tan preparado a su medio, aunque artificial. Había dos corvinas de arena o verrugatos, que tal vez pesarían unos cinco kilos, mientras que algunos meros sobrepasaban los veinte kilos.
Por eso, aquel día en La Manga, sentía la necesidad de hacer deporte y de pescar, incentivado porque ya los veraneantes del mes de julio y agosto se habían marchado y ya se podía mover el coche. Asimismo las playas, aunque concurridas daban mas libertad para poder acercarse con el equipo de pesca submarina. El agua seguía caliente, 28 grados. Llevaba el pantalón corto de neopreno tipo bermudas, un chaleco de 2 mm, y una chaqueta de 3 ya muy gastada. En el cinto 2,5 kilos de plomo. La cola de castor desabrochada no me hizo pasar ningún frio.
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 20,30 horas. Unas seis horas y media dándole caña a las largas aletas, estando como estaba desentrenado y sin ni siquiera haber andando hacía mas de dos meses, hizo que las rodillas salieran resentidas. Pero salí contento, pues a pesar de que el agua caliente había impedido que el pescado habitual retornara a poca profundidad. A diez metros que es donde podía bucear aquel día, no había nada debajo de las rocas, excepto aquellos mújoles a los que era difícil apuntar pues no paraban. De todas formas, no yo, sino el arpón,  fue preciso y clavó aquellos verracos,  también una dorada y un sargo. Al cabo de unas seis horas buceando, al atardecer,  divisé un grupo de corvinas grandes, pero al dejar el plomo lejos para no espantarlas, cuando volví ya se había esfumado. Entre el fondo,  en una ocasión,  divisé un banco de pequeños peces. Mi instinto me hacía pensar que un animal grande aparecería para tragarse de un bocado parte de aquel banco. Vi varias albacoras que iban tan veloces que apenas las distinguía.  Pero lo mas sorprendente, fue una aparición que salió del mismo fondo de repente, abrió la boca bestial, se tragó algunos peces de aquel banco y desapareció en milésimas de segundo. A simple vista parecía un enorme mero, pero estuve haciendo varias bajadas a las rocas cercanas y no había rastro de aquel animal tremendo, tan solo pude ver algunos meros pequeños.
Cuando salí, me esperaban unos conocidos vecinos que también eran pescadores submarinos. Me dieron el nombre de aquellos mújoles. Se llamaban "pardetes". Y también me dijeron el sexo de aquellos pescados. Yo, cansado,  iba aprendiendo cosas mientras hablaban. Por eso me gusta tanto este deporte, porque cada día se aprende algo. Y ni siquiera un pescador sabe que está comiendo un mújol en un caldero. Claro que, también es cierto que, en toda mi vida he comido pocos mújoles. Empezaré comiendo "pardetes", para no ser un pardillo en cuestión de mújoles.
El mújol mas grande, sin tripa y sin escamas, pesó solamente un kilo y medio. El otro, también limpio, pesó un kilo, el sargo y la dorada, limpios,  pesaron medio kilo cada uno En total tan solo 3,5 kilos de pescado después de casi siete horas buceando y habiendo bajado mas de cien veces a mirar las cuevas bajo las rocas. No me podía quejar, al menos había disparado cuatro tiros certeros.

domingo, 30 de agosto de 2015

Un robot buceando a mas de 1.130 metros de profundidad, posicionado sobre el pecio Nuestra Señora de las Mercedes

Yo no estuve allí, pero me siento muy orgulloso de que el ARQUA haya llevado a cabo el posicionamiento, descenso y toma de posesión de uno de los bienes que pertenecen al patrimonio arqueológico sumergido de España. Ese trabajo realizado por unos expertos, ha sido un trabajo realizado para todos los españoles. Enhorabuena.

martes, 11 de agosto de 2015

LA GRIETA PERDIDA DE BORRIQUETE CON KAYAK






En vista de que todo lo que se relaciona con el Sabio Borriquete, es suerte en la pesca. Decidí aquel día que me encontraba sin coche, hacer una incursión en kayak a aquella grieta perdida a 14 metros, que un día me enseñó mi buen amigo Borriquete. Fue una actuación fácil. Después de mas de una hora remando, llegué a aquel woipoint, marcado con el número 16. Había hecho desde que salí con el kayak a las 14 horas, unos 5 kilómetros y doscientos metros. Eché el ancla justo donde el Gps marcaba aquel woipoint, y la precisión fue absoluta. El ancla cayó justo donde comenzaba aquella grieta que podía dar alguna sorpresa.
´Después de echar el ancla,  me coloqué el equipo y comencé a inspeccionar a 14 metros de profundidad aquella raja formada por una grieta de rocas entre posidonias. Las dos primeras bajadas, no vi a las habituales corvinas, pero un grupo de pequeños dentones de medio kilo se me aproximaron. Clavé uno que se quedó enganchado entre la posidonia del fondo. Tuve que bajar tres veces, después de rematarlo con la daga, para poder desengancharlo de aquella red de posidonia. Luego, en otra bajada, clavé otro pequeño dentón. Y a continuación desparecieron. Me tiré allí buceando en aquella limitada grieta unas tres horas. Cuando, casi había decidido cambiar de lugar, me encontré desde media agua, la silueta de un mero medio escondido. Pensé que si se veía de un tamaño considerable a 14 metros, tal vez el mero fuera de un peso razonable. Bajé en picado con el fusil apuntando al mero. No le di tiempo a esconderse en su madriguera. Un certero disparo le atravesó justo cuando el mero intentaba huir. Por dicha razón apuntándole a la cabeza el mero se volvió en milésimas de segundo y el arpón le atravesó la parte del cuerpo próximo a la cabeza en sentido transversal. Cogí el arpón con el mero antes de ascender a la superficie y le rematé con una incisión de la daga que llevaba en la pantorrilla. Le colgué en el aro junto a los dentones. Pensé en cambiar de sitio con el kayak, para lo que tendría que recoger todo el equipo. Pero una vez que lo recogí, y tomé unas barritas isotónicas y bebidas junto con agua, vi el reloj que marcaba las 19 horas. Me quedaba remando de vuelta mas de una hora. Decidí que por aquel día no iba a dedicarle mas horas a la pesca. A pesar de que el momento era el ideal para clavar un buen mero, poco antes de ponerse el sol. El agua estaba en 28,9 grados. Era  muy agradable bucear. Llevaba el chaleco de 2 mm, junto con unas bermudas de neopreno, y una chaqueta de camuflaje de 3 mm en origen, pero que ahora tendría 2 mm.  En el cinto llevaba dos kilos y medio de plomos. No me encontraba en muy buena forma, pero día a día iba consiguiendo bajar mas allá de los cansinos 11 metros que había en las primeras barras de La Manga, en donde no disparé ni un tiro.  Al final no pude mojarle la oreja a mi amigo el Sabio Borriquete, pero ya vendrán las perseidas, que me harán coger una pieza decente, como ocurre todos los años por estas fechas. Esta vez, la exclusiva en pesca de Borriquete, quedaba mermada por la pesquera. El mero pesó limpio de vísceras, un kilo y medio. Y cada uno de los pequeños dentones pesaron medio kilo. Me comí uno de ellos quedándome completamente saciado. No todo iba a ser comer a la una de la madrugada del día siguiente unos miserables boquerones descongelados y rancios. Ese día pude saborear un delicioso dentón. Y el mero lo congelé para regalarlo a mi amiga.

viernes, 7 de agosto de 2015

EL DÍA DE LAS ALETAS ROTAS, BATMAN ME ESTABA PONIENDO LOS CUERNOS CON UNA MANO.

Con los píes sin aletas no se podía bajar mas de 7 metros y costaba mucho.
La tecnología avanzada para el kayak, sonda, gps y radio marina VHF.


La Torre de Santa Elena, en La Azohía, sobre las aguas tranquilas de la costa de Cabo Tiñoso.
Un bonito fueraborda, amarró junto a mi kayak, para tomarse unas cervezas o una botella de champán.
En la foto de abajo el cormorán volando sobre la superficie del agua buscando la cena.
En las fotos de abajo el cormorán posando después de haber excretado una caca blanca y blanda de comer pescado fresco.




En la foto de abajo, una roca con la silueta de Batman, poniéndome los cuernos con su mano derecha.
La mar estaba tan tranquila que parecía una balsa de aceite de color plateado.

Todos los enseres de pesca, inútiles aquel día que no llevaba aletas.



 
Aquel día no comí. Lo hice al día siguiente a la una de la madrugada. Llegué tan tarde a mi casa que no pude comer hasta el día siguiente.
Me había hecho 80 kilómetros para bucear en La Azohía, en sus acantilados, buscando bajar a mas de 14 metros donde termina la termoclina para intentar encontrar pescado en aguas frías. . Pero la mala racha continuaba. Los tres días anteriores que estuve buceando en cada jornada 6 y 7 horas, no pude pegar ningún tiro, porque hasta las 11 metros en La Manga no había pescado, ya que el agua estaba a 29 grados.
Llegué tarde a la Azohía. Preparé el kayak con todos los enseres dentro y me puse el equipo de pesca. Pero cuando iba a coger las aletas, vi que estaban despegadas. Pensé que había hecho un viaje muy largo y todo se había frustrado. No disponía ese día en el coche de aletas de recambio. Así que intenté meterme sin aletas, con todo el equipo. Fue en vano. No podía bajar mas de 7 metros, y a esa profundidad no había pescado alguno. Después de remar con el kayak cuarenta minutos, llegué a Cala Abierta, que se encontraba a 4 kilómetros de donde había botado el kayak.  Estuve buceando solo dos horas, y ya que no podía pescar, me fijé en el paisaje que me rodeaba. En el monte se podía divisar la silueta de un Batman, poniéndome los cuernos con una mano. Luego vi un cormorán, que me enseñaba sus grandes aletas de las patas, con esas si se podía nadar bien bajo el agua. Y yo con mis pies desnudos. Me fui acercando al cormorán hasta ponerme debajo de él. El animal no se daba cuenta que me tenía debajo, miraba el horizonte. Pero tonto no era, así que después de posar un buen rato, se fue volando a buscar comida mar adentro, a mayores profundidades en donde se encuentra ahora el pescado. Se supone que aquel cormorán ya había comido ese día y el día anterior, pues la roca en la que estaba posado tenía un chorrete de caca blanca blanda. Esa caca es la clásica después de comer pescado fresco. Ni siquiera tuve suerte para comer, cuando me dispuse a hacerlo, me di cuenta que el boquerón que tenía preparado para comer estaba oxidado, rancio. No tenía otra comida y era la una de la madrugada del día siguiente. Así que me comí aquel boquerón asqueroso, después de haberlo descongelado y pensé que este año, no me estaban saliendo las cuentas. La mala suerte me acompañaba allí donde fuese. El día siguiente me esperaban una ciudad con mas de 40 grados, sin poder salir ni siquiera a la calle, encerrado en casa, a la que iba de invitado. Mientras tanto, se daba una de las circunstancias que tanto había esperado, la mar estaba tan tranquila que parecía un plato de aceite de color plata. Pero, casi nunca uno es dueño de su destino. Se hacen cosas que no se desea hacer, y las que uno si desea realizar, las circunstancias lo impiden casi siempre.