MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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Entendido y estoy de acuerdo.

domingo, 30 de agosto de 2015

Un robot buceando a mas de 1.130 metros de profundidad, posicionado sobre el pecio Nuestra Señora de las Mercedes

Yo no estuve allí, pero me siento muy orgulloso de que el ARQUA haya llevado a cabo el posicionamiento, descenso y toma de posesión de uno de los bienes que pertenecen al patrimonio arqueológico sumergido de España. Ese trabajo realizado por unos expertos, ha sido un trabajo realizado para todos los españoles. Enhorabuena.

martes, 11 de agosto de 2015

LA GRIETA PERDIDA DE BORRIQUETE CON KAYAK






En vista de que todo lo que se relaciona con el Sabio Borriquete, es suerte en la pesca. Decidí aquel día que me encontraba sin coche, hacer una incursión en kayak a aquella grieta perdida a 14 metros, que un día me enseñó mi buen amigo Borriquete. Fue una actuación fácil. Después de mas de una hora remando, llegué a aquel woipoint, marcado con el número 16. Había hecho desde que salí con el kayak a las 14 horas, unos 5 kilómetros y doscientos metros. Eché el ancla justo donde el Gps marcaba aquel woipoint, y la precisión fue absoluta. El ancla cayó justo donde comenzaba aquella grieta que podía dar alguna sorpresa.
´Después de echar el ancla,  me coloqué el equipo y comencé a inspeccionar a 14 metros de profundidad aquella raja formada por una grieta de rocas entre posidonias. Las dos primeras bajadas, no vi a las habituales corvinas, pero un grupo de pequeños dentones de medio kilo se me aproximaron. Clavé uno que se quedó enganchado entre la posidonia del fondo. Tuve que bajar tres veces, después de rematarlo con la daga, para poder desengancharlo de aquella red de posidonia. Luego, en otra bajada, clavé otro pequeño dentón. Y a continuación desparecieron. Me tiré allí buceando en aquella limitada grieta unas tres horas. Cuando, casi había decidido cambiar de lugar, me encontré desde media agua, la silueta de un mero medio escondido. Pensé que si se veía de un tamaño considerable a 14 metros, tal vez el mero fuera de un peso razonable. Bajé en picado con el fusil apuntando al mero. No le di tiempo a esconderse en su madriguera. Un certero disparo le atravesó justo cuando el mero intentaba huir. Por dicha razón apuntándole a la cabeza el mero se volvió en milésimas de segundo y el arpón le atravesó la parte del cuerpo próximo a la cabeza en sentido transversal. Cogí el arpón con el mero antes de ascender a la superficie y le rematé con una incisión de la daga que llevaba en la pantorrilla. Le colgué en el aro junto a los dentones. Pensé en cambiar de sitio con el kayak, para lo que tendría que recoger todo el equipo. Pero una vez que lo recogí, y tomé unas barritas isotónicas y bebidas junto con agua, vi el reloj que marcaba las 19 horas. Me quedaba remando de vuelta mas de una hora. Decidí que por aquel día no iba a dedicarle mas horas a la pesca. A pesar de que el momento era el ideal para clavar un buen mero, poco antes de ponerse el sol. El agua estaba en 28,9 grados. Era  muy agradable bucear. Llevaba el chaleco de 2 mm, junto con unas bermudas de neopreno, y una chaqueta de camuflaje de 3 mm en origen, pero que ahora tendría 2 mm.  En el cinto llevaba dos kilos y medio de plomos. No me encontraba en muy buena forma, pero día a día iba consiguiendo bajar mas allá de los cansinos 11 metros que había en las primeras barras de La Manga, en donde no disparé ni un tiro.  Al final no pude mojarle la oreja a mi amigo el Sabio Borriquete, pero ya vendrán las perseidas, que me harán coger una pieza decente, como ocurre todos los años por estas fechas. Esta vez, la exclusiva en pesca de Borriquete, quedaba mermada por la pesquera. El mero pesó limpio de vísceras, un kilo y medio. Y cada uno de los pequeños dentones pesaron medio kilo. Me comí uno de ellos quedándome completamente saciado. No todo iba a ser comer a la una de la madrugada del día siguiente unos miserables boquerones descongelados y rancios. Ese día pude saborear un delicioso dentón. Y el mero lo congelé para regalarlo a mi amiga.

viernes, 7 de agosto de 2015

EL DÍA DE LAS ALETAS ROTAS, BATMAN ME ESTABA PONIENDO LOS CUERNOS CON UNA MANO.

Con los píes sin aletas no se podía bajar mas de 7 metros y costaba mucho.
La tecnología avanzada para el kayak, sonda, gps y radio marina VHF.


La Torre de Santa Elena, en La Azohía, sobre las aguas tranquilas de la costa de Cabo Tiñoso.
Un bonito fueraborda, amarró junto a mi kayak, para tomarse unas cervezas o una botella de champán.
En la foto de abajo el cormorán volando sobre la superficie del agua buscando la cena.
En las fotos de abajo el cormorán posando después de haber excretado una caca blanca y blanda de comer pescado fresco.




En la foto de abajo, una roca con la silueta de Batman, poniéndome los cuernos con su mano derecha.
La mar estaba tan tranquila que parecía una balsa de aceite de color plateado.

Todos los enseres de pesca, inútiles aquel día que no llevaba aletas.



 
Aquel día no comí. Lo hice al día siguiente a la una de la madrugada. Llegué tan tarde a mi casa que no pude comer hasta el día siguiente.
Me había hecho 80 kilómetros para bucear en La Azohía, en sus acantilados, buscando bajar a mas de 14 metros donde termina la termoclina para intentar encontrar pescado en aguas frías. . Pero la mala racha continuaba. Los tres días anteriores que estuve buceando en cada jornada 6 y 7 horas, no pude pegar ningún tiro, porque hasta las 11 metros en La Manga no había pescado, ya que el agua estaba a 29 grados.
Llegué tarde a la Azohía. Preparé el kayak con todos los enseres dentro y me puse el equipo de pesca. Pero cuando iba a coger las aletas, vi que estaban despegadas. Pensé que había hecho un viaje muy largo y todo se había frustrado. No disponía ese día en el coche de aletas de recambio. Así que intenté meterme sin aletas, con todo el equipo. Fue en vano. No podía bajar mas de 7 metros, y a esa profundidad no había pescado alguno. Después de remar con el kayak cuarenta minutos, llegué a Cala Abierta, que se encontraba a 4 kilómetros de donde había botado el kayak.  Estuve buceando solo dos horas, y ya que no podía pescar, me fijé en el paisaje que me rodeaba. En el monte se podía divisar la silueta de un Batman, poniéndome los cuernos con una mano. Luego vi un cormorán, que me enseñaba sus grandes aletas de las patas, con esas si se podía nadar bien bajo el agua. Y yo con mis pies desnudos. Me fui acercando al cormorán hasta ponerme debajo de él. El animal no se daba cuenta que me tenía debajo, miraba el horizonte. Pero tonto no era, así que después de posar un buen rato, se fue volando a buscar comida mar adentro, a mayores profundidades en donde se encuentra ahora el pescado. Se supone que aquel cormorán ya había comido ese día y el día anterior, pues la roca en la que estaba posado tenía un chorrete de caca blanca blanda. Esa caca es la clásica después de comer pescado fresco. Ni siquiera tuve suerte para comer, cuando me dispuse a hacerlo, me di cuenta que el boquerón que tenía preparado para comer estaba oxidado, rancio. No tenía otra comida y era la una de la madrugada del día siguiente. Así que me comí aquel boquerón asqueroso, después de haberlo descongelado y pensé que este año, no me estaban saliendo las cuentas. La mala suerte me acompañaba allí donde fuese. El día siguiente me esperaban una ciudad con mas de 40 grados, sin poder salir ni siquiera a la calle, encerrado en casa, a la que iba de invitado. Mientras tanto, se daba una de las circunstancias que tanto había esperado, la mar estaba tan tranquila que parecía un plato de aceite de color plata. Pero, casi nunca uno es dueño de su destino. Se hacen cosas que no se desea hacer, y las que uno si desea realizar, las circunstancias lo impiden casi siempre.

lunes, 3 de agosto de 2015

Las 20 plagas de La Manga.




 
Babosas marinas, nudibranquios del Mar Menor. /Fotos de abajo)







Y entonces Yahveh envió veinte plagas sobre La Manga.
La Primera plaga era que,  La Manga era una ratonera que se encontraba alejada de todo lugar geográfico, era como el culo de España.
La Segunda plaga era que,  La Manga era un infierno de coches en verano y un cementerio de edificios vacíos en invierno.
La Tercera plaga era que,  en La Manga, todos los días del año la mar estaba mala, pero en verano mucho peor, por culpa de los vientos fuertes de levante.
La Cuarta plaga era que,  en La Manga no se veía ningún pez decente para dispararle en cotas inferiores a los veintitantos metros, si es que allí los hubiera.
La Quinta plaga era que,  en La Manga no había lugar para aparcar en verano.
La Sexta plaga era que,  en La Manga, no había servicios en invierno. Y en verano todo está muy caro.
La Séptima plaga era que,  en La Manga los alquileres estaban carísimos.
La Octava plaga era que,  en La Manga las viviendas no son viviendas, sino apartamentos con pocas habitaciones en donde no se pueden meter trastos de pesca, salvo que conviertas un pequeño apartamento en un trastero.
La Novena plaga era que, en La Manga no había acantilados y para pescar se jugaba uno la vida a un kilómetro de la costa con los barcos y las motos acuáticas.
La Décima plaga era que, en La Manga para pescar en La Azohía, hay que comer a las 12 de la noche, por lo lejos que está.
La Decimoprimera plaga era que en La Manga los servicios de ambulancias tardan mas en llegar que si fuesen al culo del Mundo, siendo por ello peligroso para la vida en caso de accidente.
La Decimosegunda plaga era que, en La Manga tener coche  es convertirlo en chatarra oxidada en muy poco tiempo, por los aires de salitre que soplan de los dos mares.
La Decimotercera plaga era que, en La Manga llegar hasta Águilas para pescar es comer al día siguiente, de lo lejísimos que está.
La Decimocuarta plaga era que, en La Manga solo se puede uno bañar a 32 grados en el Mar Menor, porque el Mediterráneo, o Mar Mayor siempre hay mala mar por el viento de levante.
La decimoquinta plaga era que, en La Manga no hay vecinos, ni conocidos con los que hablar. En verano hay mucha gente, pero no son ni vecinos ni conocidos.
La decimosexta plaga era que, en La Manga, en el Mar Menor había hecho su aparición una plaga de babosas asquerosas con ramificaciones, llamadas  nudibranquios, que día a día iban ganando espacio y se hallaban por todas partes sobre el fondo de la mar.
La decimoséptima plaga era que, en La Manga, exceptuando 2015, las plagas de medusas suponen el 75% del volumen del  Mar Menor. Ello supone que si en un año de medusas las quitaran todas, el Mar Menor se quedaría en seco.
La decimoctava plaga era que, a mi nunca me gustó La Manga y las malditas circunstancias me han obligado a vivir en ella. Por eso durante nueve años me he tragado cada día 88 semáforos entre ida y vuelta, en tan sólo 7 kilómetros de la Gran Vía de La Manga. Son semáforos, no inteligentes no, yo diría que tienen mala leche adrede, casi todos rojos.
La decimonovena plaga era que, en La Manga en verano un porcentaje grande de la gente está de atar.
Y la vigésima plaga era que, por la desesperación de vivir en La Manga, he cometido tantas actuaciones para salir de ella que han perjudicado seriamente mi salud.
Y una plaga consecuencia de las anteriores, es que mientras yo no puedo bucear ni pescar en La Manga, mi amigo, el Sabio Borriquete, se está hinchando a pescar todos los días sacando meros allí en La Azohía y lugares próximos. Y el pobre para consolarme me envía cada día las fotos de sus pesqueras, sin atreverse a colgarlas en su blog para no ponerme los dientes largos. Por eso, ya me he comido casi todos los dientes.
Tendré que ir al dentista a que me haga una prótesis porque ya no me quedan dientes por vivir en La Manga y el colesterol de no bucear me va a matar.



domingo, 2 de agosto de 2015

La terrible chaqueta de invierno y la pesadilla de bucear con ella en verano.

A veces un error de cálculo puede hacernos pasar un mal rato dentro del agua. Eso me ocurrió ayer. Me había colocado una chaqueta de 7 mm biforrada, junto a unas bermudas de neopreno, para evitar rozaduras en las corvas. Pensando que con una chaqueta de 3 mm pasaría frio si había termoclina. Me coloqué aquella de 7 mm.
Fue horroroso el tiempo que estuve buceando. Seis largas horas de angustia, con un calor en la cabeza que me impedían bucear con relajación. Intentando echarme agua por dentro de la capucha para que el calor no me hiciera explotar el cráneo. Aguanté tanto tiempo, para hacer ejercicio.
Por si fuera poco, al llevar una chaqueta de tanto grosor, tuve que ponerme 4,5 kilos de plomo en el cinto, en vez de dos kilos que es lo que suelo llevar en verano. Ello me impedía bajar y subir con comodidad. Otro obstáculo fue la linterna led, que no encendía. Tenía que darle fuertes golpes para que las pilas hiciesen contacto y encendiese. Pero eso no era todo aquel día. Me había hecho 70 kilómetros para encontrar el único sitio al abrigo del levante de fuerza 5. Pero tampoco allí estaba la mar buena, una fuerte marejada de fondo y una corriente, de levante, me hicieron estar cansado al avanzar en superficie y también al bajar y subir. Por si eran pocas las calamidades del día, no vi pescado alguno, salvo un mújol y un mero. Logré arponear al mújol. El mero se escondió y desapareció. El agua estaba en todo momento en 28 grados.
Para sentirme mas desafortunado, en la ida me encontré a otro pescador submarino que volvía, estaba haciendo planeos por el fondo con una duración de dos minutos y cuarenta segundos. Los hacía a favor de la corriente, pero visto desde arriba parecía que llevase botellas pues no sentía el agobio de la falta de aire durante tan largas inmersiones en apnea dinámica. Me sentía un desgraciado, ya que yo apenas podía bajar al fondo de unos 12 metros y subir, todo eso en 40 segundos. Y para rematarme me dijo que había capturado dos meros, uno de 2,5 kilos y otro de 1,5 kilos. Yo no los vi, pero viéndole bucear de esa manera, lo extraño es que no hubiese cogido un mero de 50 kilos. Cosa imposible, pues no se encuentran meros de dicho tamaño en la zona.