MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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miércoles, 23 de septiembre de 2015

El mújol borracho

Las heridas del roce de las aletas en los tobillos, aún no se habían curado. No obstante me metí aquel día a bucear poniéndome en contacto con la piel unos escarpines en los que el interior era neopreno microporoso. Así evitaba el roce, ya que el neopreno tendía a pegarse a la piel y no produciría mayor rozadura en las heridas. 
Bajé aquel día unas 90 veces, a aquella barra de piedras cubierta de posidonia. No se veía nada de movimiento. Divisé al final de la barra una embarcación neumática. Había dos pescadores submarinos en el agua. Habían cogido unos dos mújoles de esos grandotes, bajo las rocas. Yo aún no había visto ninguno. Tan solo había cogido dos salmonetes y dos corvinas, una de ellas de arena.
Cambié de barra y me dirigí a la que estaba a menor profundidad. Inicié el retorno y cuando llevaba poco tiempo, vi un gran pez que subía a la superficie desde el fondo. Trazaba círculos mas o menos grandes, mientras ascendía hasta quedarse a un metro de la superficie. Era enorme. Pero mi instinto me decía que aquel pez, que parecía estar borracho, no lo estaría tanto como para dejarme acercarme a él y dispararle. Poco a poco me fui acercando, mientras el pez ascendía. Esperé a que diera una vuelta en dirección a donde me encontraba y me mostrase su perfil. Sucedió tal como esperaba, el mújol en su última vuelta me ofreció un perfil enorme, blanco. Apunté y disparé. El arpón lo atravesó. Pero el mosquetón con el que estaba sujeto el arpón a la cuerda del carrete, y que era de acero inoxidable, se me rompió. Tal vez por el peso del animal. No obstante le eché mano antes de que se saliese de la cuerda y conseguí rematar al pez, dándole un tajo con mi daga en la cabeza. La abundante sangre roja comenzó a brotar de la boca del pez que falleció.
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 20 horas. Había estado unas 6 horas buceando. El agua había bajado un grado, estaba en 24 grados. Llevaba unos pantalones de camuflaje de 3 mm, ya gastados. Y la chaqueta nueva de 5 mm. En el cinto llevaba 3,5 kgs. de plomo. El agua estaba muy turbia. Pegaba el viento del suroeste de fuerza 4 y había una gran corriente.
Cuando salí me encontré a una familia a la que días antes había regalado un pobre pesquera, que venían a entregarme un obsequio. Es una botella de vino, me dijeron. Aquello me pareció una desproporción, por una miserable pesquera que no tenía valor alguno para mi, y que les regalé desinteresadamente, ellos me regalaban una botella de un buen Rioja de crianza. Acepté aquel obsequio por no despreciar la ilusión de aquella familia. Y al decirme que iban a hacer un caldero con el pescado que les había dado, les ofrecí el mújol borracho para que lo sirvieran como pescado de reserva en el caldero.
El instinto me hizo ver que aquel mújol estaba borracho para dejarse cazar a media agua. Por eso, tal vez, se convirtió en una botella de buen Rioja. La gratitud me hizo regalarlo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Regalos que da la mar



El mes de septiembre había superado su ecuador y yo llevaba ya 8 días buceando durante jornadas de mas de cinco horas. Bajaba a escudriñar las cuevas formadas por las rocas del fondo mas de 100 veces. Casi todas estaban desiertas. Únicamente al atardecer, ya de recogida, cuando el sol estaba a punto de caer sobre el horizonte, es cuando se veía movimiento de peces. Unos, los sargos que volvían buscando sus cuevas para pasar la noche, otros, los meros que, aprovechándose de la nocturnidad, salían de sus oscuras e intrincadas madrigueras, para cazar. Hacía tiempo que no veía un mero de tamaño considerable fuera de su cueva. Pero no duró mucho la instantánea, porque el mero despareció. Estuve mirando por todos lados, en todos los recovecos de las piedras, en las proximidades de donde lo había visto desaparecer. Pero era en vano, las madrigueras tan intrincadas hacían imposible ver a un mero bien escondido. Fue la última vez que lo intenté, bajé a una piedra próxima de aquel lugar y le vi. El animal me miraba de frente, pero rápidamente trataba de desaparecer mostrándome su perfil. El pensamiento me hizo direccionar el fusil y apuntar al mero a la cabeza antes de que desapareciera. El arpón salió certero y atravesó al mero. El problema es que al no haberle dado de frente, el mero tendía a enrocarse. Eran ya las veinte horas, el sol estaba próximo a ocultarse y yo allí con un mero enrocado. Menos mal que llevaba tantas herramientas, inservibles todas ellas la mayor parte de los días, pero que en estas ocasiones salvan al mero de morir clavado, salvan el arpón que se recupera y salvan al pescador de salir con una miserable pesquera colgada del aro. Viendo que no me quedaba mucho tiempo y deduciendo que el mero estaba bien atravesado por el morro, en su parte dura, le coloqué al fusil los boyarines flotantes, metidos a media agua, para que tensasen el arpón y el mero no pudiera esconderse por la fuerza de tracción de los boyarines. Bajé con la linterna e intenté tirar del arpón para desenrocar al mero, pero vi que el arpón se doblaba sin conseguir el desenroque del animal. Entonces, utilicé otra herramienta que llevo siempre, y cuyo fabricante fue mi amigo Borriquete. Se trataba del gancho saca arpones y saca meros, que medía mas de un metro y tenía un grosor de unos 8 mm, superior al que tenía el arpón de tan solo 6,5 mm. Sujeté el arpón en la parte en que estaba clavado el mero con el gancho saca arpones, y colocando esta herramienta pegada al arpón, conseguí que este no se doblase mientras hacía palanca para desenrocar al mero. Pude extraerlo de esta forma, mientras el sol caía. Había evitado perder tiempo y había conseguido sacar al mero, que pesó dos kilos.
El agua seguía en 25 grados. Un fuerte viento del suroeste de fuerza 4 y 5, con rachas de 6, en la escala de Beafour,  barría las costas. Me encontraba a resguardo del viento, no mas alejado de la playa que 700 metros,  pero no obstante,  las olas de superficie me salpicaban continuamente.
Hacía poco tiempo había fallado dos mújoles de dos kilos aproximadamente, bajo una cueva. Cometí la imprudencia de esperar a que los dos estuviesen a tiro, para hacer un doblete. Es decir clavar los dos a la vez. Pero la avaricia quita precisión a los disparos y fallé los dos  mújoles que desaparecieron. En otra ocasión si que hice un doblete, ese mismo día, al disparar sobre una corvina de arena o verrugato, clavando a la vez a un sargo.
Cuando salí a la playa, era tan tarde, que mientras limpiaba el pescado dentro del agua anocheció. Había entrado al agua a las 13,30 horas y había salido a las 20,30 horas. La jornada de 7 horas, junto a las anteriores jornadas me había destrozado los tobillos por el roce de las aletas, pese a llevar dos escarpines en cada pie. Tocaba ya descansar.
 

martes, 15 de septiembre de 2015

Septiembre, como todos los años, trajo la mar en calma


Este año, esperaba a septiembre como ningún otro año. El hecho de no haberme podido meter a bucear prácticamente en los ocho meses transcurridos, me hacía pensar en una venganza cuando la mar se pusiera buena y se hubieran ido los numerosos veraneantes que, durante julio y agosto, me habían impedido sacar el coche, y por ello irme de pesca submarina. La mala mar todo el año, había dejado en septiembre un lapsus. Por eso llevaba ya este mes mas días de buceo que en todo el año. Los últimos seis días, había estado buceando. Poca pesca, pero poco a poco, todo llega, incluso la pesca. Por fin pude comer dos lechas asadas al microondas y acompañadas de una salsa de tomate frito , ajo y perejil,  machacados en el mortero, aceite, limón y pimentón de la Vera.
El agua seguía en 25 grados. El atuendo y el lastre, como el día anterior. Era relajante sentir el agua en las piernas, mientras se buceaba. La fluidez de los desplazamientos, hacía que, a pesar de las heridas del roce de las aletas en los tobillos, todo fuese de maravilla.
Esperaba con tanta ansia este mes de septiembre, que mi venganza estaba poniéndola en practica. Me metería a bucear, si las circunstancias no me lo impedían, todos los días del mes.

domingo, 13 de septiembre de 2015

El día del confort en la mar

  1. Aquel día, tenía las corvas llenas de heridas, después de bucear cuatro días consecutivos durante mas de cinco horas cada día. Dudé entre descansar o meterme a bucear con un pantalón de neopreno tipo bermudas, que dejase las corvas sin protección para evitar las rozaduras. Lo decidí ya tarde, entré al agua a las 15 horas y salí a las 20 horas, estuve unas cuatro horas y media haciendo 78 bajadas a las rocas. No vi nada, excepto un mero de unos dos kilos. Le apunté boca abajo, con el fusil también boca abajo, cargado en la primera muesca del arpón. Con tan solo 3,60 metros de alcance. Dirigí el arpón contra la cabeza del mero, apreté el gatillo y esperaba tirar del arpón con el mero clavado. Pero, ahí estaba la sorpresa, el arpón salía sin haber alcanzado al mero. Tal vez se hallase mas allá del alcance del arpón, tal vez se encontraba a unos cuatro metros de distancia. Tal vez al estar el fusil al revés, puede que la guía del arpón no hiciese un tiro preciso. Sea como fuere, aquel día fue otro mas de los tantos días que no vi pescado y que no aproveché la única ocasión que tuve para clavar un mero.
  2. El agua estaba en 25 grados, llevaba un pantalón tipo bermudas, de neopreno, con una chaqueta recién comprada de 5 mm. En el cinto llevaba 3,5 kilos de plomos. Me encontraba estupendamente, sin frio, ni calor. Sentía un gran confort.  Me desplazaba con suma facilidad por el agua. Era la combinación ideal para los 25 grados de temperatura.
  3. También vi desde lejos dos mújoles de mas de dos kilos, pero no me dieron oportunidad, pues no entraban en las cuevas. Igualmente divisé a lo lejos unas corvinas de mas de un kilo, pero tampoco me dejaron intentar apuntarles, pues desaparecieron entre las rocas a una velocidad pasmosa.
  4. Lo único que había conseguido era clavar una corvina de 400 gramos y un salmonete de unos 300 gramos. Ambos fueron a parar al congelador, mientras yo me comí un trozo de pavo asado en el microondas, con pimienta, tomillo y ya asado le añadí limón y aceite. Está claro que no puedo este año comer de la pesca.

sábado, 12 de septiembre de 2015

El mero que bajó mi colesterol


Volví  a ponerme el traje de bucear de verano. El agua estaba en 25 grados. Con solo dos kilos de plomos en el cinto, un traje sin peto de 2 mm, ya viejo y un chaleco de 2 mm, también viejo, inicié la jornada de pesca. El día estaba nublado. Suponía que era ideal para los dentones. Y así fue. Pero los dentones que se me acercaron no pesarían mas de medio kilo, igual que las lechas. Por lo que decidí no dispararles. Venían ingenuamente a pararse frente a la punta del arpón. Era un banco de dentones y lechas. Pero me mantuve impertérrito sin disparar, pensando que, tal vez, aparecería un dentón grande. No tuve suerte, pues el dentón que yo esperaba no aparecía. Después de unas 10 esperas en la cueva, opté por coger el fusil de 90 para pescar al agujero. Bajé unas 50 veces, pero no se veía nada de pescado. Algunas corvinas de 300 gramos, de las que clavé dos para comer. Luego vi en su sitio habitual unas corvinas perro, de mas de un kilo. Pero no me dieron opción a apuntarle. Desaparecieron rápidamente. A la vuelta bajé a aquella cueva, en la que a la ida había observado unas corvinas y una sombra que supuse era un mero. Allí estaba el mero mirándome desde el fondo de la cueva. Dirigí rápida y silenciosamente de forma suave el fusil apuntando a la cabeza del mero. Y como si fuese la cosa mas natural del mundo, con mucha suavidad y rapidez apreté el gatillo. El arpón fue certero a la cabeza del mero. Conseguí sacarlo sin dificultad alguna. Parecía mas grande en la cueva. No obstante en casa pesado en una báscula de precisión de cocina, el mero marcó los 1.850  gramos. Las corvinas pesaron juntas medio kilo. Inmediatamente que llegué a casa los metí en el congelador, para regalarlos a mi amiga. Y me abrí una lata de fabada asturiana, que me llenó a tope, a la vez que reponía mis energías perdidas. Había adelgazado después de 4 días buceando, unos cuatro kilos. Debería seguir buceando todos los días del mes, para rebajar el colesterol malo. Antes del día D.

viernes, 4 de septiembre de 2015

El día de los mújoles pardetes


Nunca en mi vida, había comido el pescado que sirven junto con el caldero. Aquel día, en Cabo de Palos, degustamos el mejor caldero que haya comido jamás. Servido en su punto, en un olla de acero negro, aquel caldero riquísimo para tres personas dio para cuatro. Las rodajas de pescado servidas junto al caldero, tenían un tamaño considerable. Parecían de un buen dentón a simple vista, pero no lo eran pues la carne estaba prieta, aunque muy sabrosa. Cometí la excepción a mi pertinaz costumbre y aquel día si que comí aquel pescado. Estaba delicioso, servido con la salsa que el caldero había dejado sobre aquellas sabrosas rodajas. Cuando ya nos marchábamos, pregunté al dueño del restaurante qué era aquel pescado. Me contestó escuetamente que aquello era mújol. Menudo mújol, pensé yo, dado el tamaño de aquellas rodajas mas grandes que la mano. Hacía muchos años que no había comido caldero y en menos de un mes había comido ya dos paellas, un caldero y un arroz a banda en Santa Pola. En esta pequeña población marinera visité el acuario. Era digno de ver las enormes doradas y meros gigantescos en aquel hábitat tan preparado a su medio, aunque artificial. Había dos corvinas de arena o verrugatos, que tal vez pesarían unos cinco kilos, mientras que algunos meros sobrepasaban los veinte kilos.
Por eso, aquel día en La Manga, sentía la necesidad de hacer deporte y de pescar, incentivado porque ya los veraneantes del mes de julio y agosto se habían marchado y ya se podía mover el coche. Asimismo las playas, aunque concurridas daban mas libertad para poder acercarse con el equipo de pesca submarina. El agua seguía caliente, 28 grados. Llevaba el pantalón corto de neopreno tipo bermudas, un chaleco de 2 mm, y una chaqueta de 3 ya muy gastada. En el cinto 2,5 kilos de plomo. La cola de castor desabrochada no me hizo pasar ningún frio.
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 20,30 horas. Unas seis horas y media dándole caña a las largas aletas, estando como estaba desentrenado y sin ni siquiera haber andando hacía mas de dos meses, hizo que las rodillas salieran resentidas. Pero salí contento, pues a pesar de que el agua caliente había impedido que el pescado habitual retornara a poca profundidad. A diez metros que es donde podía bucear aquel día, no había nada debajo de las rocas, excepto aquellos mújoles a los que era difícil apuntar pues no paraban. De todas formas, no yo, sino el arpón,  fue preciso y clavó aquellos verracos,  también una dorada y un sargo. Al cabo de unas seis horas buceando, al atardecer,  divisé un grupo de corvinas grandes, pero al dejar el plomo lejos para no espantarlas, cuando volví ya se había esfumado. Entre el fondo,  en una ocasión,  divisé un banco de pequeños peces. Mi instinto me hacía pensar que un animal grande aparecería para tragarse de un bocado parte de aquel banco. Vi varias albacoras que iban tan veloces que apenas las distinguía.  Pero lo mas sorprendente, fue una aparición que salió del mismo fondo de repente, abrió la boca bestial, se tragó algunos peces de aquel banco y desapareció en milésimas de segundo. A simple vista parecía un enorme mero, pero estuve haciendo varias bajadas a las rocas cercanas y no había rastro de aquel animal tremendo, tan solo pude ver algunos meros pequeños.
Cuando salí, me esperaban unos conocidos vecinos que también eran pescadores submarinos. Me dieron el nombre de aquellos mújoles. Se llamaban "pardetes". Y también me dijeron el sexo de aquellos pescados. Yo, cansado,  iba aprendiendo cosas mientras hablaban. Por eso me gusta tanto este deporte, porque cada día se aprende algo. Y ni siquiera un pescador sabe que está comiendo un mújol en un caldero. Claro que, también es cierto que, en toda mi vida he comido pocos mújoles. Empezaré comiendo "pardetes", para no ser un pardillo en cuestión de mújoles.
El mújol mas grande, sin tripa y sin escamas, pesó solamente un kilo y medio. El otro, también limpio, pesó un kilo, el sargo y la dorada, limpios,  pesaron medio kilo cada uno En total tan solo 3,5 kilos de pescado después de casi siete horas buceando y habiendo bajado mas de cien veces a mirar las cuevas bajo las rocas. No me podía quejar, al menos había disparado cuatro tiros certeros.