MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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viernes, 4 de septiembre de 2015

El día de los mújoles pardetes


Nunca en mi vida, había comido el pescado que sirven junto con el caldero. Aquel día, en Cabo de Palos, degustamos el mejor caldero que haya comido jamás. Servido en su punto, en un olla de acero negro, aquel caldero riquísimo para tres personas dio para cuatro. Las rodajas de pescado servidas junto al caldero, tenían un tamaño considerable. Parecían de un buen dentón a simple vista, pero no lo eran pues la carne estaba prieta, aunque muy sabrosa. Cometí la excepción a mi pertinaz costumbre y aquel día si que comí aquel pescado. Estaba delicioso, servido con la salsa que el caldero había dejado sobre aquellas sabrosas rodajas. Cuando ya nos marchábamos, pregunté al dueño del restaurante qué era aquel pescado. Me contestó escuetamente que aquello era mújol. Menudo mújol, pensé yo, dado el tamaño de aquellas rodajas mas grandes que la mano. Hacía muchos años que no había comido caldero y en menos de un mes había comido ya dos paellas, un caldero y un arroz a banda en Santa Pola. En esta pequeña población marinera visité el acuario. Era digno de ver las enormes doradas y meros gigantescos en aquel hábitat tan preparado a su medio, aunque artificial. Había dos corvinas de arena o verrugatos, que tal vez pesarían unos cinco kilos, mientras que algunos meros sobrepasaban los veinte kilos.
Por eso, aquel día en La Manga, sentía la necesidad de hacer deporte y de pescar, incentivado porque ya los veraneantes del mes de julio y agosto se habían marchado y ya se podía mover el coche. Asimismo las playas, aunque concurridas daban mas libertad para poder acercarse con el equipo de pesca submarina. El agua seguía caliente, 28 grados. Llevaba el pantalón corto de neopreno tipo bermudas, un chaleco de 2 mm, y una chaqueta de 3 ya muy gastada. En el cinto 2,5 kilos de plomo. La cola de castor desabrochada no me hizo pasar ningún frio.
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 20,30 horas. Unas seis horas y media dándole caña a las largas aletas, estando como estaba desentrenado y sin ni siquiera haber andando hacía mas de dos meses, hizo que las rodillas salieran resentidas. Pero salí contento, pues a pesar de que el agua caliente había impedido que el pescado habitual retornara a poca profundidad. A diez metros que es donde podía bucear aquel día, no había nada debajo de las rocas, excepto aquellos mújoles a los que era difícil apuntar pues no paraban. De todas formas, no yo, sino el arpón,  fue preciso y clavó aquellos verracos,  también una dorada y un sargo. Al cabo de unas seis horas buceando, al atardecer,  divisé un grupo de corvinas grandes, pero al dejar el plomo lejos para no espantarlas, cuando volví ya se había esfumado. Entre el fondo,  en una ocasión,  divisé un banco de pequeños peces. Mi instinto me hacía pensar que un animal grande aparecería para tragarse de un bocado parte de aquel banco. Vi varias albacoras que iban tan veloces que apenas las distinguía.  Pero lo mas sorprendente, fue una aparición que salió del mismo fondo de repente, abrió la boca bestial, se tragó algunos peces de aquel banco y desapareció en milésimas de segundo. A simple vista parecía un enorme mero, pero estuve haciendo varias bajadas a las rocas cercanas y no había rastro de aquel animal tremendo, tan solo pude ver algunos meros pequeños.
Cuando salí, me esperaban unos conocidos vecinos que también eran pescadores submarinos. Me dieron el nombre de aquellos mújoles. Se llamaban "pardetes". Y también me dijeron el sexo de aquellos pescados. Yo, cansado,  iba aprendiendo cosas mientras hablaban. Por eso me gusta tanto este deporte, porque cada día se aprende algo. Y ni siquiera un pescador sabe que está comiendo un mújol en un caldero. Claro que, también es cierto que, en toda mi vida he comido pocos mújoles. Empezaré comiendo "pardetes", para no ser un pardillo en cuestión de mújoles.
El mújol mas grande, sin tripa y sin escamas, pesó solamente un kilo y medio. El otro, también limpio, pesó un kilo, el sargo y la dorada, limpios,  pesaron medio kilo cada uno En total tan solo 3,5 kilos de pescado después de casi siete horas buceando y habiendo bajado mas de cien veces a mirar las cuevas bajo las rocas. No me podía quejar, al menos había disparado cuatro tiros certeros.

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