MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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jueves, 17 de septiembre de 2015

Regalos que da la mar



El mes de septiembre había superado su ecuador y yo llevaba ya 8 días buceando durante jornadas de mas de cinco horas. Bajaba a escudriñar las cuevas formadas por las rocas del fondo mas de 100 veces. Casi todas estaban desiertas. Únicamente al atardecer, ya de recogida, cuando el sol estaba a punto de caer sobre el horizonte, es cuando se veía movimiento de peces. Unos, los sargos que volvían buscando sus cuevas para pasar la noche, otros, los meros que, aprovechándose de la nocturnidad, salían de sus oscuras e intrincadas madrigueras, para cazar. Hacía tiempo que no veía un mero de tamaño considerable fuera de su cueva. Pero no duró mucho la instantánea, porque el mero despareció. Estuve mirando por todos lados, en todos los recovecos de las piedras, en las proximidades de donde lo había visto desaparecer. Pero era en vano, las madrigueras tan intrincadas hacían imposible ver a un mero bien escondido. Fue la última vez que lo intenté, bajé a una piedra próxima de aquel lugar y le vi. El animal me miraba de frente, pero rápidamente trataba de desaparecer mostrándome su perfil. El pensamiento me hizo direccionar el fusil y apuntar al mero a la cabeza antes de que desapareciera. El arpón salió certero y atravesó al mero. El problema es que al no haberle dado de frente, el mero tendía a enrocarse. Eran ya las veinte horas, el sol estaba próximo a ocultarse y yo allí con un mero enrocado. Menos mal que llevaba tantas herramientas, inservibles todas ellas la mayor parte de los días, pero que en estas ocasiones salvan al mero de morir clavado, salvan el arpón que se recupera y salvan al pescador de salir con una miserable pesquera colgada del aro. Viendo que no me quedaba mucho tiempo y deduciendo que el mero estaba bien atravesado por el morro, en su parte dura, le coloqué al fusil los boyarines flotantes, metidos a media agua, para que tensasen el arpón y el mero no pudiera esconderse por la fuerza de tracción de los boyarines. Bajé con la linterna e intenté tirar del arpón para desenrocar al mero, pero vi que el arpón se doblaba sin conseguir el desenroque del animal. Entonces, utilicé otra herramienta que llevo siempre, y cuyo fabricante fue mi amigo Borriquete. Se trataba del gancho saca arpones y saca meros, que medía mas de un metro y tenía un grosor de unos 8 mm, superior al que tenía el arpón de tan solo 6,5 mm. Sujeté el arpón en la parte en que estaba clavado el mero con el gancho saca arpones, y colocando esta herramienta pegada al arpón, conseguí que este no se doblase mientras hacía palanca para desenrocar al mero. Pude extraerlo de esta forma, mientras el sol caía. Había evitado perder tiempo y había conseguido sacar al mero, que pesó dos kilos.
El agua seguía en 25 grados. Un fuerte viento del suroeste de fuerza 4 y 5, con rachas de 6, en la escala de Beafour,  barría las costas. Me encontraba a resguardo del viento, no mas alejado de la playa que 700 metros,  pero no obstante,  las olas de superficie me salpicaban continuamente.
Hacía poco tiempo había fallado dos mújoles de dos kilos aproximadamente, bajo una cueva. Cometí la imprudencia de esperar a que los dos estuviesen a tiro, para hacer un doblete. Es decir clavar los dos a la vez. Pero la avaricia quita precisión a los disparos y fallé los dos  mújoles que desaparecieron. En otra ocasión si que hice un doblete, ese mismo día, al disparar sobre una corvina de arena o verrugato, clavando a la vez a un sargo.
Cuando salí a la playa, era tan tarde, que mientras limpiaba el pescado dentro del agua anocheció. Había entrado al agua a las 13,30 horas y había salido a las 20,30 horas. La jornada de 7 horas, junto a las anteriores jornadas me había destrozado los tobillos por el roce de las aletas, pese a llevar dos escarpines en cada pie. Tocaba ya descansar.
 

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