MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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miércoles, 2 de diciembre de 2015

Una chaqueta caliente, a medida, para Borriquete, porque para un traje no da el mojar la oreja





Aquel día, mi gran amigo el sabio Borriquete, no se iba a meter a bucear, pues pensaba ir a San Pedro a comprar una chaqueta calentita, porque es muy friolero. Esta es mi oportunidad, pensé, para mojar la oreja a Borriquete.
El agua estaba planchada. La temperatura continuaba en 17 grados. Chaqueta de 7 mm del año anterior. Dos chalecos de 3 mm ya gastados. Pantalón de 5 mm de este año. Cinco kilos y medio en el cinto de lastre. Entré al agua a las 13,30 y salí a las 17, 45 horas.
Empecé a ver corvinas grandes desde la superficie. Clavé tres que pesaban entre 1,200 y 900 gramos. Después vi un mero cuando estando abajo miraba una piedra en una profundidad de 12 metros. Estaba fuera de otra piedra próxima. Se escondió. Tuve que bajar muchas veces en una hora, para darme cuenta que estaba escondido e un lugar en forma de L, en donde solo veía la cola, pero no la cabeza. No podía dispararle de esa manera. Bajé muchas veces. El tiempo pasaba y no veía por donde dispararle. Bajé por última vez por el único lugar en donde no había bajado, pensando que no habría grieta alguna por la que ver al mero. Pero me había equivocado. Había una fina grieta, en donde primero se veía la cola, después el cuerpo y por último las aletas junto a la cabeza. Disparé rápidamente, sin pensarlo un poco mas arriba de la aleta, pensando que daría cerca de la cabeza. Después cogí un segundo fusil y disparé un poco mas arriba del primer disparo. El mero no se movía. Coloqué los boyarines sacameros en ambos fusiles, para que ejercieran tracción hacia arriba. Pero luego quité los boyarines, pues ejercían mucha tracción y me era imposible tirar de los arpones doblados por la fuerza elevadora de los boyarines flotantes a media agua. Cogí el gancho saca arpones y sacameros que me hizo mi amigo el sabio Borriquete, hará ya unos treinta años. Al ser de mas grosor que los arpones, intenté hacer tracción. Pero así estuve bajando e intentándolo durante una hora mas. Eran las 17 15 horas. El sol se iba a poner en quince minutos. Estaba desesperado, pues el mero no había quien lo sacase. Me di cuenta que tenía la boca abierta y ello impedía que saliese por el agujero de la grieta mas chico que la boca. Veía que el sol se ponía y perdía los dos arpones bien clavados y el mero ya muerto. Pero en uno de esos momentos de lucidez en la soledad de la mar, tuve la intuición que, tal vez si movía del fondo una roca grande, dejaría la grieta mas ancha y el mero podría salir. Imaginaba que en el agua el peso de una roca es la mitad que en la tierra. Así que me puse a mover la roca antes de ascender. Por fin lo conseguí, la roca la arranqué de su lugar y dejó la grieta abierta para poder sacar al mero. Subí a la superficie a respirar,  y al bajar por última vez, el mero salió perfectamente por el hueco que había dejado la roca.
Tenía el pobre animal los ojos desorbitados. El primer disparo le atravesó de ojo a ojo. El segundo le atravesó el morro por su parte superior de parte a parte. Por eso la boca la tenía abierta.
Una vez en superficie, le colgué del aro portapeces y le clavé el cuchillo daga entre la parte superior de los ojos, para atravesarle el cerebro y matarle totalmente, para que no sufriera mas.
No había tiempo que perder. En diez minutos dándole caña a las aletas alcancé la playa. El sol se estaba ocultando. Eran las 17, 45 horas. El mero solo pesaba dos kilos y trescientos gramos.
Inmediatamente le envié la foto al Sabio Borriquete, con el título chaqueta calentita para Borriquete.
Moraleja:  Si la mar esta hoy buena, Borriquete, no vayas a la tienda de San Pedro,   a comprar una chaqueta de neopreno caliente y metete en la mar a coger la cena, para que nadie te pueda, en un  brete, mojar la oreja . 

martes, 1 de diciembre de 2015

El día del pisete aflojado


 
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 18 horas. Cuatro horas de recuperación después de la intervención quirúrgica. El pisete aquel día no lo apreté como el día anterior, por lo que pequé de que se podría aflojar y salir del pito. Aguantó como pudo la cosa sin salirse y el pis fue evacuado fuera del traje. El agua estaba también en 17 grados, llevaba la chaqueta de 7 mm comprada el año anterior, un par de chalecos de menos de 3 mm y un pantalón de estreno de 5 mm., sin peto. En el cinto llevaba seis kilos y medio de plomos. No pasé frio, e iba bien lastrado.
Aquel día no se veían piezas respetables para dispararles. Solo había bancos de pescados chicos. Señalaban que el agua comenzaba a enfriarse. Solo divisé un salmonete al que asesté un arponazo en la cabeza. Pero como los salmonetes suelen olvidar que están muertos, aquel consiguió caer dentro de una grieta, de la que no pude sacarlo, a pesar de que le tocaba con la punta de los dedos de la mano. Pesaría 300 gramos el salmoneitor, pero allí se quedó, para la cena de otros peces, vacas, dentones, etc., quienes me pidieron con sus pequeños ojos, que se lo dejase para comer ellos, me querrían decir algo así como que, yo con 300 gramos de salmonete no iba ni a comer, pero ellos se lo iban a repartir e iban a comer para siete días. Así que, comprendí que aquel salmonete no iba a ser para mi, sino para aquellos pequeños peces hambrientos.
Ya de vuelta, cuando el sol amenazaba con ocultarse, divisé un  mero desde la superficie. Me miró desde abajo y en dos segundos desapareció bajo una cueva. Envió a su pareja, un mero chico, para que vigilase por los alrededores y para indicarle cuando me había marchado. Yo no hice caso al mero chico, pero estuve buscando al grande. Me costó dar con él. Pero, a duras penas, allá en el fondo de una cueva, le vi alumbrándome con el foco de la linterna, apenas asomaba la punta del hocico. Bajé otra vez, alineé el arpón en dirección a su ojo lejano. Apreté el gatillo y el mero cayó fulminado atravesado por encima del ojo un par de milímetros. Justo le atravesé el cerebro, por lo que quedó muerto en el acto. Después de sacarlo de la grieta sin dificultad, me di cuenta que no era muy grande. Pero ya estaba muerto, no podía devolverlo a la mar, para que otros peces se lo comiesen, si yo también tenía que comer. El mero pesó un kilo doscientos en la báscula, después de haberle sacado de la boca una sepia que no pudo vomitar por haber fallecido inmediatamente, ipso facto.
No tardé tiempo en enviarle la foto a mi amigo el sabio Borriquete para que se afilara los colmillos. Pero él a cambio me envió la foto de su gran pesquera de aquel día. El mero mío quedo mas pequeño todavía, comparada con aquella cuantiosa y cualitativa pesquera de Borriquete. Dicen que a la tercera va la vencida. Espero que el tercer día le moje la oreja a base de bien a Borriquete.