MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



Política de cookies

Este sitio emplea cookies para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre tu uso de este sitio web. Si utilizas este sitio web, se sobreentiende que autorizas el uso de cookies.

Entendido y estoy de acuerdo.

martes, 1 de diciembre de 2015

El día del pisete aflojado


 
Entré al agua a las 14 horas y salí a las 18 horas. Cuatro horas de recuperación después de la intervención quirúrgica. El pisete aquel día no lo apreté como el día anterior, por lo que pequé de que se podría aflojar y salir del pito. Aguantó como pudo la cosa sin salirse y el pis fue evacuado fuera del traje. El agua estaba también en 17 grados, llevaba la chaqueta de 7 mm comprada el año anterior, un par de chalecos de menos de 3 mm y un pantalón de estreno de 5 mm., sin peto. En el cinto llevaba seis kilos y medio de plomos. No pasé frio, e iba bien lastrado.
Aquel día no se veían piezas respetables para dispararles. Solo había bancos de pescados chicos. Señalaban que el agua comenzaba a enfriarse. Solo divisé un salmonete al que asesté un arponazo en la cabeza. Pero como los salmonetes suelen olvidar que están muertos, aquel consiguió caer dentro de una grieta, de la que no pude sacarlo, a pesar de que le tocaba con la punta de los dedos de la mano. Pesaría 300 gramos el salmoneitor, pero allí se quedó, para la cena de otros peces, vacas, dentones, etc., quienes me pidieron con sus pequeños ojos, que se lo dejase para comer ellos, me querrían decir algo así como que, yo con 300 gramos de salmonete no iba ni a comer, pero ellos se lo iban a repartir e iban a comer para siete días. Así que, comprendí que aquel salmonete no iba a ser para mi, sino para aquellos pequeños peces hambrientos.
Ya de vuelta, cuando el sol amenazaba con ocultarse, divisé un  mero desde la superficie. Me miró desde abajo y en dos segundos desapareció bajo una cueva. Envió a su pareja, un mero chico, para que vigilase por los alrededores y para indicarle cuando me había marchado. Yo no hice caso al mero chico, pero estuve buscando al grande. Me costó dar con él. Pero, a duras penas, allá en el fondo de una cueva, le vi alumbrándome con el foco de la linterna, apenas asomaba la punta del hocico. Bajé otra vez, alineé el arpón en dirección a su ojo lejano. Apreté el gatillo y el mero cayó fulminado atravesado por encima del ojo un par de milímetros. Justo le atravesé el cerebro, por lo que quedó muerto en el acto. Después de sacarlo de la grieta sin dificultad, me di cuenta que no era muy grande. Pero ya estaba muerto, no podía devolverlo a la mar, para que otros peces se lo comiesen, si yo también tenía que comer. El mero pesó un kilo doscientos en la báscula, después de haberle sacado de la boca una sepia que no pudo vomitar por haber fallecido inmediatamente, ipso facto.
No tardé tiempo en enviarle la foto a mi amigo el sabio Borriquete para que se afilara los colmillos. Pero él a cambio me envió la foto de su gran pesquera de aquel día. El mero mío quedo mas pequeño todavía, comparada con aquella cuantiosa y cualitativa pesquera de Borriquete. Dicen que a la tercera va la vencida. Espero que el tercer día le moje la oreja a base de bien a Borriquete.

No hay comentarios: