MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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sábado, 14 de mayo de 2016

La dorada que me salvó del revoltijo. O, el quinto fusil de la suerte.



Ya llevaba dos días comiendo revoltijo de espárragos, ajetes, champiñones, huevos y jamón. Aquello, a pesar de ser sana fibra para el organismo, a mi me sentaba muy mal, pues los gases y la barriga hinchada, me hacía sentirme un globo. Por eso preparé una larga lista para comprar, entre otras cosas pescado, y dejar la tercera ración de revoltijo en el frigorífico para otro día, dejando al estómago descansar de tanta cosa sana pero indigesta.
Me dediqué a preparar los fusiles y ponerles gomas nuevas, quitar obstrucciones y encasquillamientos y por último recuperar un quinto fusil de 85 mm, que me encontré un día, para poder tener un arsenal infalible y puesto a punto, por si se presentaba el mero de mi vida, un día de estos que el agua empieza a calentarse.
Entré al agua a las 14,30 y terminé de bucear a las 20,30. En total seis horas en las que bajé 80 veces a mirar bajo las piedras. Poco movimiento de pescado. A las dos horas estaba congelado, a pesar de que me puse la capucha de repuesto encima de la del traje. El agua en 17 grados. Llevaba el traje de 7 mm del año anterior, ya tan comprimido, que solo utilicé en el cinto 5,5 kilos de plomos. En el pecho llevaba dos chalecos ya comprimidos, que en origen eran de 3 mm. Al final se  me quitó el frio, desde que comencé a nadar rápidamente haciendo millas.
La primera captura fue una dorada. La vi bajo la cueva. Solo asomaba la punta de la cabeza. Estaba estática. Pensé que era un sargo gordo. Apunté y disparé certeramente. La dorada fue colgada en el aro sin dificultad. Luego vi un mero en el fondo de la cueva, cuando reaccioné para dispararle, el mero se me puso delante del arpón, sin  yo darme cuenta. Viendo que tenía un tamaño considerable disparé. Luego me di cuenta que no era tan grande, pero le había atravesado desde la cabeza a la cola y la herida era mortal, no podía sobrevivir. Así que le rematé con la daga y para el aro. Luego dos corvinas, algunos salmonetes y un sargo.
Cuando llegué a la playa pesé la dorada y el mero. Pesaban, respectivamente 600 gramos y 1,250 gramos. Pensé que el mero se había suicidado. De haber sabido su tamaño desde el principio, no le hubiese disparado. Pero las cuevas, juegan una mala pasada en eso de calcular el tamaño de un pez. Todo depende del tamaño de la cueva y de lo lejano o cercano que se halle el pez. Mas difícil, cuando habitualmente no se pescan meros.
Cuando llegué a casa, me felicité, por fin podría descansar de comer revoltijo, hoy tocaba dorada salvaje, que me sentaría gastronómicamente muy bien. La dorada me había salvado de comer revoltijo tres días seguidos. La comí asada en el microondas durante 8 minutos, con unos granos de sal gorda por encima. Luego de limpiar la carne asada de escamas y espinas, le eché unas gotas de limón y un poco de aceite de sofreír los ajetes, los espárragos y los champiñones. Pensé que si yo no comía revoltijo, porque me sentaba mal, tal vez a la dorada le sentaría bien la esencia del revoltijo convertida en aceite de sofreír. Acerté, pues de esta forma, la dorada estaba exquisita.
Por otro lado, la incorporación del quinto fusil al arsenal de mi boya, me había traído suerte.

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