MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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miércoles, 13 de julio de 2016

EL VELERO ASESINO GRIZÓN



 
El día anterior, la bola amarilla no me había traído suerte. Pero la necesitaba. Era conveniente ir bien señalizado en la mar, para evitar que los barcos y motos acuáticas puedan matar a un buceador submarino.
Aquel día, entré a la mar con un fuerte dolor de estómago y con angustia. La mar estaba no muy buena, turbia y con oleaje de mar de fondo y viento del sur de fuerza 3 de beafour, con una fuerte corriente que a la ida llevaba en contra y que me cansaba mucho. Pero la mar hace milagros y nada mas entrar al agua, la angustia desapareció. Estuve otras 6 horas buceando, pero al contrario del día anterior que bajé 111 veces, esta vez solo lo hice unas 60 veces, No se veía pescado y las rocas estaban desiertas. Al salir y poner pie en tierra, otra vez el estómago empezó a dolerme.
Al poco de entrar al agua, cuando emergía del fondo, vi venir en dirección hacía mis boyas, perfectamente señalizadas, un velero con el motor y las velas plegadas. Navegaba contra el viento.  Comencé a gritarle,  con las manos haciendo bocina para que el eco de mis gritos los oyera mejor: CAMBIA EL RUMBO, CAMBIA EL RUMBO, CAMBIA EL RUMBO. Pero, aquel velero asesino, continuaba a escasos 10 metros en dirección a mi boya. Iban dos personas en el barco, un hombre y una mujer. Llevaban los cascos puestos y no podían oir mis gritos. Tampoco miraban para delante del barco. El barco mal guiado por unos patrones negligentes, era un auténtico asesino, iba a por mi. No me daba tiempo a alejarme, solo a gritar: CAMBIA EL RUMBO, H. D. P., CAMBIA EL RUMBO, H.D.P.  Nunca había gritado tan fuerte y tantas veces en tan escasos segundos. Tardé casi una hora en recobrar la frecuencia cardiaca cuando todo pasó.
Cuando faltaban menos de dos metros, viró. Esta vez las siglas, asesino, H.D.P. atravesaron los auriculares de sus sordos oídos, y penetraron en el cerebro de unos seres despreciables, que despreciaban la vida ajena, manejando negligentemente, porque no quiero pensar que fuese a sabiendas, un barco asesino de seres indefensos en medio de la mar y a tan solo 300 metros de la costa repleta de bañistas. El velero, no se detuvo para pedir disculpas, como un verdadero H.D.P., comenzó a insultarme. Claro, pensé, además de un integral H.D.P., era un ciego, un sordo y un necio. Porque a nadie se le ocurre asesinar a alguien dejando su firma. Quedó grabado en mi memoria el nombre de aquel barco asesino, GRIZÓN patroneado por un auténtico H.D.P. que se merecía que un juez le quitase el título de patrón y le embargase el velero, antes de que asesine a alguien en la mar. Tan solo como medida preventiva. Porque, cárcel, y todo lo demás, eso ya no salvaría vidas.
Al cabo de dos horas, me encontré una boya roja naranja brillante, y el buceador que la llevaba, me dijo que a él también le había ocurrido lo mismo que a mi, con aquel velero. Le dije que teníamos que denunciarlo, porque si alguien no le paraba los pies, algún día mataría a alguien y continuaría su camino sembrando la muerte, con los ojos tapados y los oídos también, negligentemente, de manera homicida, porque no quiero pensar que sea de manera premeditada y con alevosía. Poco importa, si la vida de las personas las pone en peligro. Porque un barco y una navegación, no valen la vida de una persona.
Le dije a aquel submarinista, que íbamos a quedar un día para ponerle una denuncia, en cuanto me enterase de la matricula del barco.  Que la Guardía Civil, investigue, además si tiene todos los papeles en regla, o  si, quien conducía el velero era un indocumentado.
Cuando llegué a casa, busqué en google, el nombre del barco. Allí estaba, en diciembre de 2015,  el GRIZÓN, había quedado primero en la segunda vuelta de la regata Carabela de Plata, celebrada en aguas del Mar Menor. Tal vez, por eso, porque quien patroneaba el barco aquel fatídico día 12 de julio de 2016,  a las 17 horas, además de un H. D. P., un negligente homicida frustrado, y un descerebrado, ciego y sordo con cascos, además fuese un hábil navegante. Ese viraje de timón in extremis de acabar con mi vida, solo podía hacerlo una persona hábil con aquel, pero nunca sería un buen navegante.

martes, 12 de julio de 2016

LA BOLA AMARILLA NO ME DIO SUERTE





Después de casi un mes sin haber podido bucear por el mal estado de la mar, azotada por los fuertes vientos de  levante, aquel día entré al agua incorporando al equipo una bola flotante amarilla,  que el temporal un día arrojó a la arena. Andaba yo intentando comprar una bola no hinchable, que no sufriera deformación al sumergirla a cierta profundidad, apta para sacar meros, que también me sirviera para mayor visibilidad respecto a los barcos y motos acuáticas, así como para llevar los fusiles hidrodinámicamente horizontales.
Entré al agua a las 15 horas y salí a las 21. El agua estaba en 26 grados. Me puse la chaqueta de 5 mm y el pantalón de 3 mm, sin peto. En el cinto llevaba 3 kilos de plomo. Al principio la capucha de la chaqueta me daba calor, por lo que tenía que meterle agua continuamente.
Bajé 111 veces, según marcaba el reloj submarino,  a mirar las piedras en una profundidad de unos 7 a 8 metros. No se veía nada mas que,  algunos meros de aproximadamente un kilo, a los que no quise disparar, pues me parecieron muy pequeños y estaban en parejas, posiblemente prepararan el apareamiento para el otoño próximo. El agua estaba turbia, como consecuencia de los temporales de días anteriores. Un mar de fondo de fuerza 2 de Beafour, del sureste, producía una corriente que tuve que sortear en contra, para que, cuando volviese cansado, me fuese a favor.
Después de haber bajado casi cien veces, clavé un salmonete que se debatió en el sedal del arpón, al final escapó con las tripas colgando, intenté rematarlo en dos ocasiones, pero,  aún estando sirviendo de alimento de pequeñas doncellas, vaquillas y otros peces que le iban mordiendo los intestinos, no obstante, el salmonete no me dejó llevarlo a mi estómago aquella noche. Después, casi al final de la jornada divisé una corvina grande que se ocultaba veloz, pero fui mas rápido que ella y el arpón le atravesó el cerebro saliendo por en medio de los ojos. Luego otra corvina de menor tamaño, que me hubiese servido para la cena, pero que envié al congelador a cambio de cenar una lata de lentejas en jardinera, un poco de guacamole y una tajada de sandía. No había pescado nada considerable, pero había hecho ejercicio, después de casi un mes inactivo. El próximo día me pondré la chaqueta de 3 mm, con un chaleco y un pantalón corto, para evitar pasar calor y rozaduras en las corvas.
Una cosa estaba clara, la bola amarilla flotante, no me dio mucha suerte aquel día. De todas formas, las altas temperaturas de la jornada, próximas a los 40 grados, dejaban la playa, cuando el sol estaba próximo a ocultarse, llena de bañistas que se resistían a abandonar el agua refrescante a 26 grados. Yo había sido un privilegiado, pues 6 horas en remojo, me habían enfriado la sangre y me habían dado energía, aún habiendo perdido calorías. Al salir tomé unas aceitunas rellenas de anchoa y dos cervezas, pues no había bebido ni comido nada desde que entré al agua. Había hecho un copioso desayuno a las 12 del mediodía y me había hidratado en abundancia antes de comenzar a bucear.  Cuando terminé de cenar eran las 23 horas.