MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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martes, 12 de julio de 2016

LA BOLA AMARILLA NO ME DIO SUERTE





Después de casi un mes sin haber podido bucear por el mal estado de la mar, azotada por los fuertes vientos de  levante, aquel día entré al agua incorporando al equipo una bola flotante amarilla,  que el temporal un día arrojó a la arena. Andaba yo intentando comprar una bola no hinchable, que no sufriera deformación al sumergirla a cierta profundidad, apta para sacar meros, que también me sirviera para mayor visibilidad respecto a los barcos y motos acuáticas, así como para llevar los fusiles hidrodinámicamente horizontales.
Entré al agua a las 15 horas y salí a las 21. El agua estaba en 26 grados. Me puse la chaqueta de 5 mm y el pantalón de 3 mm, sin peto. En el cinto llevaba 3 kilos de plomo. Al principio la capucha de la chaqueta me daba calor, por lo que tenía que meterle agua continuamente.
Bajé 111 veces, según marcaba el reloj submarino,  a mirar las piedras en una profundidad de unos 7 a 8 metros. No se veía nada mas que,  algunos meros de aproximadamente un kilo, a los que no quise disparar, pues me parecieron muy pequeños y estaban en parejas, posiblemente prepararan el apareamiento para el otoño próximo. El agua estaba turbia, como consecuencia de los temporales de días anteriores. Un mar de fondo de fuerza 2 de Beafour, del sureste, producía una corriente que tuve que sortear en contra, para que, cuando volviese cansado, me fuese a favor.
Después de haber bajado casi cien veces, clavé un salmonete que se debatió en el sedal del arpón, al final escapó con las tripas colgando, intenté rematarlo en dos ocasiones, pero,  aún estando sirviendo de alimento de pequeñas doncellas, vaquillas y otros peces que le iban mordiendo los intestinos, no obstante, el salmonete no me dejó llevarlo a mi estómago aquella noche. Después, casi al final de la jornada divisé una corvina grande que se ocultaba veloz, pero fui mas rápido que ella y el arpón le atravesó el cerebro saliendo por en medio de los ojos. Luego otra corvina de menor tamaño, que me hubiese servido para la cena, pero que envié al congelador a cambio de cenar una lata de lentejas en jardinera, un poco de guacamole y una tajada de sandía. No había pescado nada considerable, pero había hecho ejercicio, después de casi un mes inactivo. El próximo día me pondré la chaqueta de 3 mm, con un chaleco y un pantalón corto, para evitar pasar calor y rozaduras en las corvas.
Una cosa estaba clara, la bola amarilla flotante, no me dio mucha suerte aquel día. De todas formas, las altas temperaturas de la jornada, próximas a los 40 grados, dejaban la playa, cuando el sol estaba próximo a ocultarse, llena de bañistas que se resistían a abandonar el agua refrescante a 26 grados. Yo había sido un privilegiado, pues 6 horas en remojo, me habían enfriado la sangre y me habían dado energía, aún habiendo perdido calorías. Al salir tomé unas aceitunas rellenas de anchoa y dos cervezas, pues no había bebido ni comido nada desde que entré al agua. Había hecho un copioso desayuno a las 12 del mediodía y me había hidratado en abundancia antes de comenzar a bucear.  Cuando terminé de cenar eran las 23 horas.




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