MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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viernes, 23 de septiembre de 2016

El pescador submarino con el pie cortado. El tercer mujol no había salido.


 
Divisé aquella boya de pescador submarino muy lejos, mar adentro. Pensé que estaría sobre algunas piedras sobre un fondo superior a 15 o 20 metros. Así que me lancé hacía donde se encontraba la boya, nadando velozmente. Pero cuando me estaba acercando, vi que la boya se movía mas veloz que yo, lo que me impedía alcanzarla, a pesar que comenzó a nadar hacía donde yo me encontraba. Me rebasó y continué detrás de aquella boya tan veloz. No podía darle alcance, quien fuera el pescador que llevaba aquella boya, nadaba con una velocidad que me era imposible igualar. Por fin pude darle alcance, cuando el pescador fondeó la boya y se sumergió. Le divisaba desde la superficie, y me pude dar cuenta de algo que se me quedó grabado. Aquel pescador submarino solo llevaba una aleta en un pie. En el otro no llevaba aleta alguna, ya que el pie estaba cortado. Un pequeño muñón era lo que quedaba de su pie izquierdo. Llevaba el pantalón cosido y pegado sobre el muñón para no tener frio. Aquella visión me hizo tal impacto que me llevó a pensar en la poca distancia que cada día nos encontramos de la muerte. Aquel pescador submarino tenía un pie muerto, mejor dicho Le faltaba el pie. Le saludé y me dijo que llevaba buceando desde muy temprano por lo que llevaba mas de 6 horas aleteando con un solo pie y no estaba nada cansado. Pero no solo eso, sino que nadaba mas veloz que yo con dos aletas y que acababa de comenzar la jornada de pesca. Aquel buceador era la prueba viva de que las limitaciones inhabilitantes solo se encuentra en nuestro cerebro, porque cualquier circunstancia inhabilitante puede ser superada por quien pone en ello voluntad. A pesar de que solo llevaba un gran sargo colgado en la boya, aquel pescador estaba motivado, tal vez, porque cada minuto dentro del agua se estaba superando a si mismo y a los demás, mientras hacía deporte.
Después de saludarle me alejé en sentido contrario al del buceador de una sola aleta.
El agua estaba en 24 grados. Me puse el traje comprimido de 7 mm que tenía varios años. La chaqueta estaba tan acartonada y falta de elasticidad, que me estrangulaba la garganta. Tuve que darle un corte, pero me seguía estrangulando. Estaba deseando salir. Me puse un chaleco de 3 mm. En el cinto 3,5 kilos de plomo. No tuve frio.
Nada mas meterme divisé tres mújoles que entraron a una cueva. Vi salir dos de ellos. Bajé a por el tercero que no había salido. Allí estaba, apunté a su gran cabezota y el arpón le penetró en ella dejándole muerto. Después falle un mero de unos dos kilos. Puse el arpón hacía abajo y la culata hacía arriba. Tal vez eso hizo que el arpón no siguiese la guía del cañón y el tiro saliera desviado. Después clavé un gran salmonete y una corvina. Salí a las 5,30 horas de estar buceando. La pesca la regalé a un conocido que pasaba por allí. Tendría que comer solo brócoli aquel día.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El primer día del otoño el pescado estaba desaparecido y los bañistas inundaban las playas


El agua estaba entre 23 y 24 grados. Me puse el traje de 7 mm.  comprado el año anterior sin peto, con un chaleco de 3 mm. En el cinto llevaba 4.5 kilos de plomo. Desde el comienzo hasta el final de la jornada de pesca tuve mucho calor en la cara y la cabeza. El próximo día me pondré un traje de 7 mm. ya comprimido para evitar pasar tanto calor.
No se veía pescado. Había una red en el lugar en donde hacía las esperas, por lo que no me atreví a acercarme a menos de 200 metros. No vi nada, tan solo un mero de aproximadamente un kilo y medio, y un salmonete de unos 300 gramos. Capturé el salmonete. También vi un pez volador, pero juré hace muchos años que jamás le dispararía a un pez volador. Porque una vez lo hice y los sonidos que emitía bajo el agua eran muy lastimeros. Además, estaba con su pareja.
 Estuve en el agua tan solo 4,5 horas, pero con tanto calor, estaba extenuado, me dolía la cabeza y me encontraba mal. Parece increíble lo que el calor puede hacer en el mar. Es malo pasar frío, pero un calor agobiante, impide disfrutar de la pesca. No paré en todo momento de meter agua en la capucha. Pero la cabeza me ardía.

lunes, 5 de septiembre de 2016

LA DORADA AVESTRUZ



Era uno de los pocos días que,  durante todo el verano, el viento de levante daba una pequeña tregua. No obstante, la mar no se hallaba buena. Una fuerte marejada de mar de fondo del sureste, unida a una corriente respetable, me hicieron,  en tan solo una hora, terminar extenuado, pues debía nadar contra corriente, para que, a la vuelta, aquella me fuese favorable, cuando mas cansado estaría después de bucear mas de cinco horas. Tan aburrido,  de no ver pescado y tan cansado estaba, que a la hora pensaba en que debería salir y abortar la jornada de buceo. Pero, tenía que ponerme en forma haciendo ejercicio, así que,  continúe cinco horas dándole a las aletas contra la fuerte marejada, mientras bajaba unas 80 veces, a escudriñar debajo de las rocas con la linterna, para ver si existía alguna pieza digna de dispararle. Todo iba siendo en vano. No veía nada digno, excepto algunos mújoles que nadaban por el fondo en grupos, pero que no entraban en las cuevas. Nada más intentaba sumergirme, ellos salían explotados huyendo a la velocidad del rayo.  Solo vi dos salmonetes dignos de una cena, pero fallé el único disparo que había hecho aquel día. Unos jureles pequeños, no se dejaban disparar, pues además de chicos nadaban sin parar,  muy rápidos. Era imposible apuntarles. Luego un disparo a una pequeña lecha, que me hubiese servido para cenar, pero se me desclavó. Adiós cena, pensé.
Ya casi iba a iniciar el retorno, cuando divisé en el fondo, a lo lejos, delante de mi izquierda, algo medio dorado que estaba entre la posidonia. Me fui acercando, pensando que podía ser una corvina de las llamadas "perro", por su gran tamaño. Pero conforme me acercaba iba divisando una cola plateada enorme de lo que podía ser una gran lubina. No se veía el cuerpo, pues lo tenía metido entre las espesas algas, tan solo la enorme cola. Así que, como no podía dispararle a la cola, fui adivinando donde estaría la zona próxima a la cabeza. Dirigí el arpón a esa zona y apreté el gatillo. Aquel monstruo había sido clavado por el arpón. Pues se debatía con fuerza. Pero tenía tanta fuerza y debajo del agua iba tirando tanto de mi, que me iba arrastrando. Pude dominar la situación, acercándome al animal, cogiéndolo por debajo de las agallas, y subiendo a la superficie con un para de aletadas. Inmediatamente le clavé la daga en su grande cabezota, dándole muerte  y colgándola del aro portapeces. Se trataba de una gran dorada que pesaría mas de dos kilos, aunque por el tamaño podría pesar unos cinco.
Nadé un poco mas, para ver si podría cazar otra pieza decente para la cena, pues con aquella dorada tan grande no podía cenar, se necesitarían muchos comensales para una cena así. Pero no, aquel día no encontré la cena.
El agua estaba en 27 grados. Llevaba dos kilos en el cinto, pero luego me puse medio kilo mas. Pues al llevar solo dos kilos, me costaba hundir las aletas bajo la superficie del agua y ello me forzaba las rodillas, que después de dos horas me dolían. Fue cosa santa, ese medio kilo mas en el cinto me hizo desaparecer el dolor de las rodillas y así podía nadar mejor. Llevaba la chaqueta de 3 mm, junto a un chaleco de 2 mm. y un pantalón tipo bermudas de neopreno ajustado, que me dejaba las rodillas al descubierto. No pasé nada de frio. Pero la comida no fue precisamente gracias a la mar, sino a unos huevos recién caducados,  que me hice a la cubana. Tal vez otro día pueda comer pescado para una persona, no para cuatro.
La dorada pesó exactamente dos kilogramos.