MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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jueves, 8 de junio de 2017

El denton del I.B.I









Aproveché aquel día, en que la mar de levante me daba un solo día,  para pescar. Estuve buceando cinco horas, con un agua entre 22 y 23 grados, con el traje sin peto de 5 mm, un chaleco de 1 mm, cinco kilos y medio de plomos, de lastre, en el cinto.
Hacía ya casi diez días que no buceaba, por culpa de la maldita mar de levante.
Aquel día, comencé mirando los recibos del I.B.I. del presente año. El alcalde de la localidad en Cartagena, había bajado las cuotas un 6% respecto del año anterior. Había que pagar el I.B.I.,  como todos los años, pero este año con premio.
Agradecido al político de turno, entré a la mar a las 16 horas, saliendo a las 21 horas del agua. Ya, después de una hora buceando, estaba aburrido, en baja forma, y casi estuve a punto de salir, pues nadando contra corriente del sureste, estaba muy cansado. Pero, después de haber revisado con la linterna una roca del fondo, antes de ascender a la superficie, desde la posición en la que me encontraba entre unas rocas escondido, pude ver, a lo lejos un dentón. Así que, aunque ya había agotado prácticamente mi reserva de aire, decidí aguantar un poco mas sin subir a la superficie, esperando a ver si el dentón decidía acercarse a donde me encontraba. El animal, lo intentó una vez, pero,  cuando aún no estaba lo suficientemente cerca del alcance del arpón, se alejó. Yo seguí allí, aguantando la respiración en el fondo, esperando ver si el dentón, por curiosidad, se dignaba acercarse una segunda vez. Así fue, el dentón, otra vez intentaba acortar la distancia que nos separaba, dirigiéndose hacia mi. Pero repitió la jugada anterior, no se acercó lo suficiente y volvió a alejarse. Yo, ya al borde de la asfixia, continué allí, sin moverme, mirando, sin mover los ojos, si el dentón lo intentaría una tercera vez el acercamiento definitivo. Tal vez llevado por una curiosidad que mata, esta vez el dentón, se dirigía hacía mi sin retroceder, venía a toda velocidad, así que, lentamente apunté a su cabeza, sin esperar que se pusiera de costado. El certero fusil que llevaba era un beuchat de 90 cm., y el arpón llevaba una sola muerte o aletilla, las gomas no estaban tensadas en la segunda muesca. Todo estaba en contra de que el dentón no pudiese escapar por el desgarro de una sola muerte, por la falta de fuerza del arpón, cargado solo en la primera muesca, y por la poca fuerza y alcance de un fusil de 90 cm. Pero, me di cuenta que, aquel dentón había tomado una decisión suicida aproximándose a la punta del arpón. Cuando calculé que el arpón lo podía atravesar, por estar lo suficientemente cerca, apreté el gatillo, vi como el dentón huía atravesado por el arpón. Ascendí a la superficie, mientras tiraba sin parar de la cuerda del arpón, para evitar que el animal se restregase contra el fondo y pudiese desprenderse del arpón, que, aunque le había atravesado, con una sola muerte era arriesgarse a perderlo. Le subí a la superficie y le agarré con el dedo pulgar e índice por debajo de las agallas, mientras sacaba la pequeña daga y le daba una buena cuchillada en la cabeza. Ya no podría escapar. No obstante, no le solté de donde le tenía agarrado, hasta clavarlo, por la misma herida que le había hecho con la daga, en el aro portapeces.
Continué la jornada, solo llevaba una hora y media buceando y cercanos se veían varios dentones. Cambié de fusil, cogiendo el largo de 115 cm, cargado en la segunda muesca y con dos muertes, o aletillas en el arpón. Hice algunas esperas, escondiéndome en las algas. Pero no apareció ningún dentón. Luego volví a cambiar de fusil, cogiendo el de 90 cm. y estuve bajando con la linterna, mirando bajo las rocas, pero no se veían, nada mas que algunos sargos de no mucha envergadura. Algunos meros divisé al recogerme, de un tamaño que sobrepasaba el kilo y medio, aproximadamente. Pero los animales se escondían y desaparecían. De nada servía luego buscarlos con la linterna.
El sol se iba a poner en poco tiempo. Eran ya casi las 21 horas, nadé velozmente a favor de la corriente y salí. El dentón del día del recibo del I.B.I., a pesar de su envergadura que, ocupaba casi toda la aleta, solo pesaba un kilo y doscientos gramos. Seguramente, le pasaría como al recibo del I.B.I, que este año había bajado un 6% respecto al año anterior. Era este un año de rebajas en todo, menos en la mala mar.

domingo, 28 de mayo de 2017

Mister Witt en el Cantón, o comer a la una de la madrugada por buscar provisiones lejos del Cantón del viento de levante









 
Mayo, el mes de las sepias, tocaba a su fin. El cerco de los vientos sempiternos de levante, solo dejaban aquel día 25 de mayo, la oportunidad de salir fuera del Cantón establecido en aquel maldito lugar, en el que, el diario vendaval de levante no cesaba. Había que salir fuera en busca de provisiones de sepias, pues,  cuando finalizase mayo, aquellas desparecerían o morirían de muerte natural después de desovar. El lugar de las sepias era solo aquel.
Por dichos motivos y harto ya de que la mala mar me impidiese todos los días bucear, me lancé con el coche a tragar kilómetros. Sabía que comería aquel día a la una de la madrugada. El desgaste era considerable después de estar 6 horas buceando y hacer una sola comida. Pero el espíritu espartano contra el maldito viento, no me dejaba opción posible, o me iba del Cantón donde vivía, o moriría por inactividad como Mister Witt en el Cantón, aquel bonito libro de Ramón J. Sender. No disponía de la fragata Numancia, ni de la Tetuán, ni tampoco de la pericia del capitán Alberto Colau, tal como narra la historia, pero tenía que intentarlo.
Me puse el traje de 5 mm sin peto, un chaleco de 3 mm., en el cinto llevaba 4 kilos de plomos y en un chaleco, encima del traje en la espalda, otro kilo y ochocientos gramos. En total 5 kilos y ochocientos gramos de lastre. El agua estaba en 20 grados. Era muy agradable bucear con esa temperatura. Se veía bullir mucha vida de pequeños peces, chirretes, palometas, espetones, magres, salmonetes, etc. No vi meros.
Inicié el recorrido por la línea que formaban las algas con la arena, para intentar divisar alguna sepia enterrada en la arena, pues había iniciado la jornada de buceo a las 15 horas, y los animales se escondían del sol, enterrándose en la arena. En un largo recorrido que duró dos horas, solo pude ver y capturar 4 sepias. Luego inicié, mar a través otro largo recorrido en dirección a los acantilados, pensando en ver al atardecer algún mero esconderse. Pero no vi ninguno, a pesar de que bajé algunas veces a mirar debajo de las piedras. Llevaba ya 5 horas buceando, cuando un amigo y conocido pescador artesanal de barco del lugar, que estaba faenando con las redes, requirió mi ayuda para quitarle el enredo que la red y las jarcias de gruesa cuerda, le habían formado en el eje de la hélice de su barco, que quedó atrapado y sin poder utilizar el motor. Estaba completamente inutilizado por el dichoso enredo. Me empleé a fondo con mi corta daga, con otro cuchillo que me dejó el pescador, pero que al ser de tipo navaja se cerraba. Llevaba yo otro cuchillo un poco mas largo bastante oxidado. A duras penas, durante toda una larga hora, estuve trabajando para desenredar la maldita red. Al final lo conseguí, dada mi tozudez en el empeño y, por fin, el barco pudo navegar y utilizar la hélice y el motor. Hasta entonces solo había capturado 6 salmonetes pequeños para comer aquel día y 4 sepias que congelé, para comer o regalar en días posteriores. Eran las 21 horas y el sol se iba a poner en el horizonte marino. Así que tuve que nadar contra corriente al volver el acantilado y por fin llegué a la orilla, donde, mi amigo el Sabio Borriquete, me estaba esperando para ver el resultado de aquella jornada.
Recogí el equipo en una hora y otra hora y media de carretera para desandar los casi 80 kilómetros que me separaban del Cantón de donde salí, es decir de mi casa. Después de guardar el pescado, asearme y preparar la cena-comida, terminé de alimentarme a la una de la madrugada. Al día siguiente tendría que madrugar, pero no podía acostarme antes de las 2 de la madrugada, hasta que la comida se asentara un poco en el sufrido estómago.
Pero había merecido la pena, el paisaje submarino, la mar tranquila y transparente y la abundante fauna del típico lugar, una costa y poblado de pescadores, me llenaron de satisfacción y alegría. Porque las penas, no son nada, si se tiene motivación, ilusión y alegría. Esta vez, no solo el poder bucear a resguardo del levante, sino el haber podido capturar algunas sepias y haber ayudado a aquel pescador, que de otra forma  hubiese tenido que remolcar su barco con ayuda de terceros, fue todo lo que pudo dar la grata  jornada de pesca. Y, por si ello fuese poco, acallar a mi amigo Borriquete, que piensa y me dice que,  no buceo aunque la mar esté buena. Si que está  buena a 80 kilómetros, pero no en el Cantón, donde me ha tocado vivir.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Cuando la mar esta buena, todos sabemos pescar, si hay peces



Entrar tres días seguidos a la mar para practicar la pesca submarina, en este lugar, continuamente azotado por los vientos de levante, es labor imposible. No obstante, a veces, muy pocas, desaparece el levante y comienza, por pocos días, el viento de poniente, dejando la mar tranquila o casi tranquila. Aproveché esos días y, a pesar de que, en esta época del año no se ve movimiento alguno debajo de las piedras, o dentro de las cuevas, sin embargo, se veía algún pulpo. Esa ha sido la pesquera, dos pulpos cada día. Algunos estaban mutilados, con apenas tres brazos de los ocho que deberían tener. Tal vez, las morenas se aprovechaban para comerse las restantes. Al atardecer, los pulpos salían de sus escondites buscando, posiblemente, huir de sus depredadores, a la vez que, buscaban alimento, después de haber pasado un invierno encerrados en sus agujeros, cuidando de sus huevos y reproduciéndose.
Nunca le había disparado a estos cefalópodos porque su caza estaba prohibida años atrás. No ocurre así este año, pues su pesca recreativa está permitida por el cambio de leyes regionales. Aún así, estando tan ricos como están, su pesca no me apasiona, pues se trata de cazar un animal indefenso que solo tiene para defenderse sus brazos desnudos. Estos, constituyen un arma desproporcionada contra los arpones de los pescadores submarinos y los cuchillos, o dagas, utilizados para darles muerte.
El último día, me negué en redondo a capturar ningún pulpo, a menos que aquel tuviese mas de 7 kilos. Así fue que,  me encontré un ejemplar escondido en su cueva, oculto y disimulado completamente bajo una losa enterrada en la arena. Apenas se veía desde la superficie que allí pudiera haber una roca, mucho menos un pulpo. Estuve jugando con el animal, acariciándole con la punta del arpón, sin dispararle. Lo había prometido y siempre me gusta cumplir las promesas. El animal, por el tamaño de su cabeza y la parte mas gruesa de sus brazos, podría pesar mas de dos kilos. Pero allí se quedó tranquilo el indefenso cefalópodo. Ello fue así, porque el día anterior, capturé tres pulpos de mas de dos kilos cada uno, pero a la hora de darles muerte con la daga, sentí una gran pena de ver como los animales se cubrían con sus brazos la cabeza, para protegerse del cuchillo y de las cuchilladas. Consideré que,  era un crimen hacer eso con un animal tan indefenso y a la vez tan inteligente. De hecho,  el pulpo tiene 9 cerebros. Uno central grande y uno mas pequeño, conectado al anterior, en cada uno de sus brazos,  en donde aquellos se unen a la cabeza. Por eso es tan difícil darles muerte, a no ser que el arpón o el cuchillo le traspase ese cerebro central. Entonces el pulpo se vuelve blanco como la nieve y muere. No obstante, sus brazos continúan con vida, debido a sus cerebros individuales.
No se trata de un mérito el capturar pulpos, sino que, dado su valor culinario, al horno, a la gallega, en ensaladas de vinagreta, etc., es un animal muy apreciado. Pero, ya tenía suficientes pulpos en el congelador para regalar y para comer. Así que, pensando que, el mejor cazador es aquel que no mata por matar, sino el que captura solo lo que necesita para comer, decidí abandonar por unos días esa captura del pulpo.
El agua había pasado de 19  a 16 grados. El viento fuerte de poniente que venía de tierra hacía el mar, había enfriado las aguas en tan solo dos días. En los días siguientes, volvía la mar a subir a su temperatura normal en esta época del año, de 18 y 19 grados. Junto a la playa el agua había pasado de 20 grados a 17. Por eso los bañistas, no se atrevían a introducirse en las playas para bañarse. Se limitaban a tomar el sol en la arena.
Con 19 grados, llevaba el traje de 7 mm, comprado este año, sin peto, pero con un chaleco de 3 mm. En el cinto,  me puse cinco kilos y medio. En un chaleco de lastre,  llevaba un kilo ochocientos gramos. En total llevaba 7 kilos y trescientos gramos de lastre, repartidos entre la cintura y la espalda. Estaba deseando que el agua se calentase mas, para ponerme un traje de menos grosor y quitarme el chaleco de lastre, que quitaba hidrodinamicidad en las bajadas y subidas.
Me acordaba de mi amigo, "el sabio Borriquete", que tenía la suerte de vivir en un lugar a cubierto de los vientos del levante, en donde la mar estaba buena todos los días y todos los días se metía a bucear. Sentía una envidia sana hacía él. Pero, por desgracia, el habitual mal estado de la mar en donde me ha tocado vivir, estaba haciendo ya mella en mi paciencia, en mi salud y en mi buen humor. No tenía mas remedio, que cambiar de hábitat cuando llegara el otoño, si no quería perder la afición por este deporte tan saludable y agradable, que llevaba practicando desde hace mas de 35 años.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Dos lubinas merluzonas y un calamar grandote. El gourmet de la mar.








No me ha gustado nunca hacer el merluzo, pero el fin de semana anterior, incluido el lunes, lo hice en grado máximo. Si hacer el merluzo significa, según el diccionario de la mar, ir a su bola sin importarle a uno las consecuencias de ello, juro que hice el merluzo tres días seguidos, estando en seco, mientras la mar estaba planchada, como casi nunca sucede. Hice el merluzo, por dejar de tomar kéfir el fin de semana y exponerme a los ambientes contaminados y miadmosos del Corte Ingles de la Capital. Hice el merluzo tomando calefacción que reseca las mucosas. Hice el merluzo cuando después de un fin de semana falto de kéfir y con las defensas en baja guardia, me metí a nadar en la piscina, aspirando los vapores asfixiantes del cloro caliente, que me dejaron la garganta y el sistema inmune, mas debilitado que de costumbre. Hice el merluzo, cuando en la piscina me pegó un tirón la parte baja de las costillas del lado derecho que me dejó hecho una piltrafa. Y por último, continué haciendo el merluzo, cuando después de hacerlo tres días seguidos de la manera descrita, me metí a bucear el martes, estando muy en baja forma y con las defensas diezmadas. Pero yo iba haciendo el merluzo sin importarme las consecuencias de tanta merlucería a sabiendas de que estaba haciendo totalmente el merluzo. Aquel día, la temperatura del agua había subido un grado. Ya estaba en 16 grados, pero haciendo un día gris y nublado con rachas fuertes de suroeste, la sensación térmica era de 14 grados dentro del agua.
Escudriñé algunas cuevas, nadé contra corriente. Cuando terminaba de explorar con la linterna una cueva, vi dos lubinas amerluzadas que iban a su bola y por muchas esperas que hice no se dignaron volver. Desistí de hacer el merluzo haciendo esperas a unas lubinas amerluzadas y continué buceando, nadando contra corriente. Capturé dos salmonetes, fallé uno gordo.
Pero la anécdota de la jornada, que no del jornal, fue que me adentré a mayor profundidad, viendo que en poco fondo no se veía nada. No obstante el agua estaba algo turbia. No se veía bien el fondo a 9 metros. Por lo que aquello que vi desde la superficie, era una sombra parecida a un mero que se metía bajo una cueva. Me ventilé y bajé con el fusil pegado al cuerpo, mientras hacía la maniobra de vasalva. Conforme iba acercándome al fondo marino, dudaba si lo que se encontraba allí era una gran liebre de mar, o un calamar. Enseguida confirmé que era un calamar, que al verme ya estaba preparado para salir disparado como una flecha. Pero conforme iba bajando coloqué el fusil apuntando a aquella sombra. Y cuando adiviné que el calamar saldría disparado como un proyectil, apreté el gatillo sin dejar de apuntar al calamar por detrás de la cabeza. El disparo fue certero, justo en el momento que el calamar apretaba sus turbos para desaparecer. Pero no le dio tiempo. Inmediatamente con la daga le maté, clavándole dos veces detrás de los ojos. El calamar adquirió un color blanco de muerte.
Después de colgar el calamar en el aro, bajé a la cueva en donde estaba próximo y allí pude ver, colgados del techo  las huevas que con paciencia había dejado bien colocadas, a la espera de que algún día eclosionarían y esparcirían su descendencia por aquella zona.
Durante toda la jornada, la bajada de defensas y la garganta picosa me estaban mermando las ganas de seguir buceando. No obstante aguanté el tipo 5 horas, bajando unas 60 veces.
Esta vez el calamar sería cocinado por una buena amiga cocinera, para degustarlo a la romana, a la plancha y en salsa, en su grata compañía. Solo pesó el calamar un kilo y medio, pero aunque aquello no era un jornal, sino media jornada de pesca submarina, la foto ilustraría el blog y su carne un buen plato, como la de aquella sepia en marmitako, o la paella de langosta y langostillo. No constituiría un jornal, ni siquiera medía jornada, pero en cuestión de cocina, era mas de un buen gourmet, que de un cocinillas.
Llevaba el traje nuevo de 7 mm sin peto. Dos chalecos de 3 mm. Cinco kilos y medio de plomos en el cinto y un kilo y seiscientos gramos en el chaleco de lastre.
Prometo que ya no intentaré mas hacer el merluzo. Ir a nuestra bola, sin importarnos las consecuencias, no es un buen contrato consigo mismo.

lunes, 13 de marzo de 2017

El mero que no se fiaba de su compañera, o en las cosas del querer puede haber mero interés.






 
 
La previsión del satélite meteonav, aquel día me engañó. La corriente era contraria a la que meteorología preveía. No me alejé mucho y cambié el sentido de la trayectoria dirigiéndome junto al acantilado.
El agua estaba en 15 grados, llevaba el traje nuevo de 7 mm. sin peto, dos chalecos de 3 mm, seis kilos y medio de plomos en el cinto y un kilo y seiscientos gramos en el chaleco. En total 8 kilos y cien gramos, de lastre. No tuve frio, a pesar de la baja temperatura del agua.
El viento arreció trayendo una espesa niebla sobre la superficie de la mar, que después se disipó y lució el sol. Me dirigí a aquella piedra, en donde hace años capturé un mero de 7 kilos. Habían pasado ya 8 años desde entonces. Era un atardecer del mes de abril.
Esta vez, miré por los dos orificios que la losa presentaba en su unión con el lecho marino. Pude ver al mero mirándome. Así que,  sin pensarlo,  apunté al ojo y disparé. Supuse que le atravesé el ojo. Pero cogí un segundo fusil mas corto y le lancé un segundo arpón, también al ojo. Luego, me di cuenta, al día siguiente, cuando saqué al mero, que el primer arpón, solo le había penetrado en la barriga, mientras que el segundo le había atravesado el cerebro y había dejado al animal, vivo, pero anestesiado toda una larga noche y parte de la mañana del día siguiente, hasta que después de una hora y de realizar 33 bajadas, la edad de Jesucristo, pude descrucificar al mero, pues los arpones se habían colocado en cruz, impidiéndome sacar al epinephelus,  epinephelus , pues mientras tiraba de uno de ellos, el otro hacía de palanca taponadora y travesaño, evitando la extracción del animal.
Luego de haberle clavado los dos arpones, lo que ocurrió a las 18 horas, quedaba una escasa hora de sol, que utilicé en intentar sacar al animal. Pero, el bicho,  no cabía por el agujero por el que le había disparado los dos arpones. Bajé, no obstante, aquella larga, pero corta hora, antes de anochecer, mas de 40 veces. Escudriñando y estrujándome el cerebro, calculando la forma técnica de sacar rápidamente al animal de donde se encontraba.  Pero el estrés, la poca luz del día, y el sinvivir,  viendo que anochecía, me hicieron soltar los fusiles de los mosquetones que les unían a los arpones y dejar aquellos con el mero allí clavado, llevándome los fusiles, y dando por finalizada la jornada,  para intentar sacarlo al día siguiente. Era imposible sacarlo en una hora, anocheciendo y sin  ninguna ayuda de otro buceador. El estrés por la lucha contra el reloj me estaba reventando.
El día siguiente, rompí mi mal hábito de no madrugar. Me levanté temprano, desayuné frugaz y rápidamente, y me dirigí con el equipo y un nuevo arpón de recambio,  que tuve que poner en uno de los fusiles para no ir desarmado, al lugar donde se hallaba clavado el mero.
Al final,  después de mucho pensar en la técnica extractora mas eficaz, ´habiendo bajado ya 32 veces, la única solución fue mover el arpón mas largo tirar de él hasta desgarrar la barriga del mero. Me costó mucho moverlo, pues el arpón estaba inmovilizado entre dos rocas con el mero clavado. Una vez saqué uno de los arpones, sacar el mero era cosa fácil, pues había conseguido trasladar el segundo arpón pasando la cuerda detrás de la piedra que hacía de columna, hacía un agujero mas grande, por el cual,  si cabía la cabeza del animal.
Pero antes de que sucediera todo y consiguiera sacar al bicho de su enroque, se me presentó una gran morena que, desde dentro de la cueva del mero, con su boca abierta,  armada con afilados y largos dientes puntiagudos como agujas, me hacía frente, desafiándome. Sin remilgos, le metí en la boca el gancho saca meros y saca arpones que, hace muchos años, me fabricó mi amigo el Sabio Borriquete, y la morena, viendo que no podía defender con sus fauces a su compañero de cueva sin tragarse el acero del gancho, optó por retirarse de la forma mas discreta y ya no volvió a aparecer, ni molestar.
Aquella morena me dio la coartada, para explicar a mi familia, que me inquiría de lo mucho que tendría que haber sufrido el mero durante una noche clavado y con vida. Le explicación que yo di, se la debo a la fiel morena, vecina de cueva del mero. Tenía que defender que el mero estaba vivo, sino nadie se lo comería después de una noche en rigor mortis y por otro lado tenía que defender que, el mero no había sufrido aún estando vivo toda la noche. Sencillamente, el mero no sufrió nada aquella noche, porque, aunque se conservaba vivo, estaba anestesiado por el arpón que tenía clavado en el cerebro, el cual no le impedía pensar que, si se moría la morena se lo comería, por eso se mantuvo vivo toda la noche, para evitar pasar al estómago de su vecina y compañera la morena. En resumidas cuentas, el mero no se fiaba de su compañera, eso le mantuvo con vida toda la noche. Por otro lado, el compañerismo amoroso de la morena defendiendo al mero del pescador submarino, solo estaba basado en el interés que produce la compañía de un gran cazador que solía repartir sus presas con su compañera de cueva, en agradecimiento a la limpieza,  de restos de comida y otras suciedades,  que la morena le hacía, eliminando los restos de comida que, de no hacerlo, resultaría invadida,  la cueva,  de bacterias y otros pequeños animales macrófagos y necrófagos, que podrían producir enfermedades contagiosas en el mero.  Pero, el cariño de la morena por el mero no quedaba ahí. Ella pensaba que después de muerto el mero sería de ella, que le pertenecía y pasaría a su estómago en señal de herencia de toda una vida de compañía en una cueva solitaria. Pero era errado el pensamiento de la morena, porque antes de sacar al mero, vi un pezqueñín mero en la misma cueva. Ese, sería el heredero de la guarida después de morir el mero. Pero si ello hubiese ocurrido, el cadáver hubiese pertenecido a la morena. Algo así como el Impuesto de Sucesiones que se lleva la  Hacienda de las Comunidades Autónomas, allí donde aún perdura, como vestigio de una época feudal. En este caso  era la Hacienda de la cueva y la morena quien lo recaudaba para si misma.
Aunque,  pensé aquella noche que quedó el mero allí clavado, que pesaría unos 4 kilos. El tamaño de la cueva y el hecho de haber sacado  años atrás, un mero de 7 kilos de la misma cueva, me engañó en cuanto al peso. Pesado en casa solo alcanzaba 950 gramos. Toda una sinrazón, que,  de haber sabido el tamaño del animal a ciencia cierta, jamás le hubiese disparado y me hubiese evitado dos días y un quebradero de cabeza para intentar extraerlo. Asimismo no hubiese dejado la cueva sin su valiente dueño.  Porque, el mero, aunque luego resultó que no daba la talla, si presentó la batalla de un gran mero difícil.

sábado, 25 de febrero de 2017

La retroactividad de la norma sancionadora mas favorable, favorece a unos mas que a otros





Después de un desayuno pantagruélico, sin reposo posterior, tuve que limpiar acuario y hacer kombucha, me decidí ya muy tarde,  con una gran pesadez y dolor de estómago, realizar una visita a aquella cala, suponiendo que estaría mas al abrigo del fuerte viento y marejada de levante.
El agua estaba algo turbia, la mar de fondo era de casi un metro, pero en la orilla, por donde penetré, estaba relativamente tranquila. El agua estaba en 15 grados, la temperatura para cazar dentones y salmonetes, pero, dada la turbidez del agua, solo divisé un salmonete gordo, al que le atravesé la cabeza con el arpón, pero que no se dio por muerto y escapó. Después maté dos pequeños salmonetes que no daban para comer. Tampoco iba a necesitar comer otra cosa que una patata hervida, dado el dolor e hinchazón de estómago durante todo el tiempo que duró la pesca y después de salir del agua.
El equipo era el traje de 7 mm de este año, dos chalecos, 6 kilos de plomos en el cinto y 1,600 gramos en el chaleco de lastre. No tuve frio, pues el traje nuevo y el sol que lucía, me hacían sentir caliente.
En las tres horas que duró la pesca, solo bajé 32 veces. Apenas se divisaba el fondo a 8 metros, por lo que los salmonetes había que buscarlos planeando entre dos aguas, mas bien pegado al fondo.
El pulpo cayó fulminado cuando cambiaba de lugar. Ya al salir, bajé a una losa y una sepia pequeña huyó por poco tiempo, pues el arpón la atravesó.
En resumen, la retroactividad de la norma sancionadora mas favorable, me doy cuenta que favorece a unos mas que a otros. Mi amigo Borriquete, ya había sacado una buena pesquera, cuando yo aún dormía a pata suelta. Y las pesqueras no admiten retroactividad. O se madruga o ya no se pesca.
Aquel otro día, unas semanas antes, localicé unos restos de ánforas, de cuyo hallazgo di parte al Museo de Arqueología Submarina. Pero ya tenían todo documentado, el lugar, los restos de ánforas tipo Dresell, etc., allí quedaron aquellos restos, a merced de que los temporales acabasen con ellos.
Espero que el kombucha me de una buena mejoría al estomago.
Cambiaré el chip. Esos desayunos para gigantes, pasarán a la historia. Un vaso de kéfir, será suficiente para aguantar el tipo largas horas, dándole caña a las largas aletas de bucear. Ya veremos. Pero es que la obesidad me está matando de tanto desayunar.

viernes, 24 de febrero de 2017

En territorio de Borriquete, el peso no me iba a dar problemas



 




Aquel día no tuve que hacer apneas, ni bajar mas de un metro. El objetivo era allanamiento y rapto de pulpos y sepias en territorio del Sabio Borriquete, quien, por unos días se relajaba, mientras disfrutaba del lindo paisaje no sumergido. La ventajilla, es la ventajilla, pensé yo, señalizando el territorio, objeto del allanamiento, de una forma poco ortodoxa para los perros, pero que, en estos casos deja los intestinos preparados para la practica del buceo, sin luego tener problemas de apretones y otras historias.
Así que, me puse el equipo y me lancé a aquellas tranquilas aguas. Nadé contra corriente, pero apenas había. No vi nada en dos kilómetros y medio
, desde el palmeral, hasta la puerta de la calle donde habita Borriquete. El sol se iba a poner en una hora y media y debía deshacer el camino recorrido para llegar otra vez al palmeral. Pero todo no iba a ser mala suerte, a pesar de que, antes de meterme, le comenté a mi amigo Borriquete, que mi problema sería sacar un número mayor de piezas que las legalmente permitidas, a lo que Borriquete me comentó que, no iba a tener problemas con el peso.
Como si el presagio de Borriquete fuese certero, me encontré con 8 kilos de plomos de lastre metidos en su cinto. Gracias a la gran boya neumática que llevaba pude transportar el pesado lastre, hasta el coche, durante un trayecto dentro del agua de mas de 2 kilómetros. El presagio de Borriquete se había cumplido. No tuve problemas con el peso, pero en este caso el peso era pesado, plomos. Nada de pulpos, nada de sepias. Solo saqué dos pulpos medianos y un sargo adormilado al atardecer calimoso. Claro, de mi ansía de no madrugar, resultó que salí ya de noche del agua.
El agua estaba entre 15 y 16 grados. La mar tenía algo de mar de fondo, pero planchada por el fuerte viento de levante norte.  Me puse el traje de 7 mm sin peto, comprado este año, junto a dos chalecos de 4 mm en el pecho. Llevaba en el cinto 7,5 kilos de plomos y en el chaleco 4 kilos. Un lastre que nunca suelo llevar, pero que, habida cuenta del poco fondo era necesario, para poder hacer alguna espera a lubinas, que nunca vi aquel día.
Mientras tanto mi amigo Borriquete, ajeno,  aquel fin de semana, a las penurias que produce la pesca submarina, disfrutaría de los frutos de sus pesqueras anteriores, tal vez en muy buena compañía. Ahora me tocaba a mi sufrir bucear y pescar, si hallaba alguna pieza digna de disparar. El fin de semana el anticiclón prometía un respiro a la mala mar de la Manga.