MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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miércoles, 22 de marzo de 2017

Dos lubinas merluzonas y un calamar grandote. El gourmet de la mar.








No me ha gustado nunca hacer el merluzo, pero el fin de semana anterior, incluido el lunes, lo hice en grado máximo. Si hacer el merluzo significa, según el diccionario de la mar, ir a su bola sin importarle a uno las consecuencias de ello, juro que hice el merluzo tres días seguidos, estando en seco, mientras la mar estaba planchada, como casi nunca sucede. Hice el merluzo, por dejar de tomar kéfir el fin de semana y exponerme a los ambientes contaminados y miadmosos del Corte Ingles de la Capital. Hice el merluzo tomando calefacción que reseca las mucosas. Hice el merluzo cuando después de un fin de semana falto de kéfir y con las defensas en baja guardia, me metí a nadar en la piscina, aspirando los vapores asfixiantes del cloro caliente, que me dejaron la garganta y el sistema inmune, mas debilitado que de costumbre. Hice el merluzo, cuando en la piscina me pegó un tirón la parte baja de las costillas del lado derecho que me dejó hecho una piltrafa. Y por último, continué haciendo el merluzo, cuando después de hacerlo tres días seguidos de la manera descrita, me metí a bucear el martes, estando muy en baja forma y con las defensas diezmadas. Pero yo iba haciendo el merluzo sin importarme las consecuencias de tanta merlucería a sabiendas de que estaba haciendo totalmente el merluzo. Aquel día, la temperatura del agua había subido un grado. Ya estaba en 16 grados, pero haciendo un día gris y nublado con rachas fuertes de suroeste, la sensación térmica era de 14 grados dentro del agua.
Escudriñé algunas cuevas, nadé contra corriente. Cuando terminaba de explorar con la linterna una cueva, vi dos lubinas amerluzadas que iban a su bola y por muchas esperas que hice no se dignaron volver. Desistí de hacer el merluzo haciendo esperas a unas lubinas amerluzadas y continué buceando, nadando contra corriente. Capturé dos salmonetes, fallé uno gordo.
Pero la anécdota de la jornada, que no del jornal, fue que me adentré a mayor profundidad, viendo que en poco fondo no se veía nada. No obstante el agua estaba algo turbia. No se veía bien el fondo a 9 metros. Por lo que aquello que vi desde la superficie, era una sombra parecida a un mero que se metía bajo una cueva. Me ventilé y bajé con el fusil pegado al cuerpo, mientras hacía la maniobra de vasalva. Conforme iba acercándome al fondo marino, dudaba si lo que se encontraba allí era una gran liebre de mar, o un calamar. Enseguida confirmé que era un calamar, que al verme ya estaba preparado para salir disparado como una flecha. Pero conforme iba bajando coloqué el fusil apuntando a aquella sombra. Y cuando adiviné que el calamar saldría disparado como un proyectil, apreté el gatillo sin dejar de apuntar al calamar por detrás de la cabeza. El disparo fue certero, justo en el momento que el calamar apretaba sus turbos para desaparecer. Pero no le dio tiempo. Inmediatamente con la daga le maté, clavándole dos veces detrás de los ojos. El calamar adquirió un color blanco de muerte.
Después de colgar el calamar en el aro, bajé a la cueva en donde estaba próximo y allí pude ver, colgados del techo  las huevas que con paciencia había dejado bien colocadas, a la espera de que algún día eclosionarían y esparcirían su descendencia por aquella zona.
Durante toda la jornada, la bajada de defensas y la garganta picosa me estaban mermando las ganas de seguir buceando. No obstante aguanté el tipo 5 horas, bajando unas 60 veces.
Esta vez el calamar sería cocinado por una buena amiga cocinera, para degustarlo a la romana, a la plancha y en salsa, en su grata compañía. Solo pesó el calamar un kilo y medio, pero aunque aquello no era un jornal, sino media jornada de pesca submarina, la foto ilustraría el blog y su carne un buen plato, como la de aquella sepia en marmitako, o la paella de langosta y langostillo. No constituiría un jornal, ni siquiera medía jornada, pero en cuestión de cocina, era mas de un buen gourmet, que de un cocinillas.
Llevaba el traje nuevo de 7 mm sin peto. Dos chalecos de 3 mm. Cinco kilos y medio de plomos en el cinto y un kilo y seiscientos gramos en el chaleco de lastre.
Prometo que ya no intentaré mas hacer el merluzo. Ir a nuestra bola, sin importarnos las consecuencias, no es un buen contrato consigo mismo.

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