MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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domingo, 28 de mayo de 2017

Mister Witt en el Cantón, o comer a la una de la madrugada por buscar provisiones lejos del Cantón del viento de levante









 
Mayo, el mes de las sepias, tocaba a su fin. El cerco de los vientos sempiternos de levante, solo dejaban aquel día 25 de mayo, la oportunidad de salir fuera del Cantón establecido en aquel maldito lugar, en el que, el diario vendaval de levante no cesaba. Había que salir fuera en busca de provisiones de sepias, pues,  cuando finalizase mayo, aquellas desparecerían o morirían de muerte natural después de desovar. El lugar de las sepias era solo aquel.
Por dichos motivos y harto ya de que la mala mar me impidiese todos los días bucear, me lancé con el coche a tragar kilómetros. Sabía que comería aquel día a la una de la madrugada. El desgaste era considerable después de estar 6 horas buceando y hacer una sola comida. Pero el espíritu espartano contra el maldito viento, no me dejaba opción posible, o me iba del Cantón donde vivía, o moriría por inactividad como Mister Witt en el Cantón, aquel bonito libro de Ramón J. Sender. No disponía de la fragata Numancia, ni de la Tetuán, ni tampoco de la pericia del capitán Alberto Colau, tal como narra la historia, pero tenía que intentarlo.
Me puse el traje de 5 mm sin peto, un chaleco de 3 mm., en el cinto llevaba 4 kilos de plomos y en un chaleco, encima del traje en la espalda, otro kilo y ochocientos gramos. En total 5 kilos y ochocientos gramos de lastre. El agua estaba en 20 grados. Era muy agradable bucear con esa temperatura. Se veía bullir mucha vida de pequeños peces, chirretes, palometas, espetones, magres, salmonetes, etc. No vi meros.
Inicié el recorrido por la línea que formaban las algas con la arena, para intentar divisar alguna sepia enterrada en la arena, pues había iniciado la jornada de buceo a las 15 horas, y los animales se escondían del sol, enterrándose en la arena. En un largo recorrido que duró dos horas, solo pude ver y capturar 4 sepias. Luego inicié, mar a través otro largo recorrido en dirección a los acantilados, pensando en ver al atardecer algún mero esconderse. Pero no vi ninguno, a pesar de que bajé algunas veces a mirar debajo de las piedras. Llevaba ya 5 horas buceando, cuando un amigo y conocido pescador artesanal de barco del lugar, que estaba faenando con las redes, requirió mi ayuda para quitarle el enredo que la red y las jarcias de gruesa cuerda, le habían formado en el eje de la hélice de su barco, que quedó atrapado y sin poder utilizar el motor. Estaba completamente inutilizado por el dichoso enredo. Me empleé a fondo con mi corta daga, con otro cuchillo que me dejó el pescador, pero que al ser de tipo navaja se cerraba. Llevaba yo otro cuchillo un poco mas largo bastante oxidado. A duras penas, durante toda una larga hora, estuve trabajando para desenredar la maldita red. Al final lo conseguí, dada mi tozudez en el empeño y, por fin, el barco pudo navegar y utilizar la hélice y el motor. Hasta entonces solo había capturado 6 salmonetes pequeños para comer aquel día y 4 sepias que congelé, para comer o regalar en días posteriores. Eran las 21 horas y el sol se iba a poner en el horizonte marino. Así que tuve que nadar contra corriente al volver el acantilado y por fin llegué a la orilla, donde, mi amigo el Sabio Borriquete, me estaba esperando para ver el resultado de aquella jornada.
Recogí el equipo en una hora y otra hora y media de carretera para desandar los casi 80 kilómetros que me separaban del Cantón de donde salí, es decir de mi casa. Después de guardar el pescado, asearme y preparar la cena-comida, terminé de alimentarme a la una de la madrugada. Al día siguiente tendría que madrugar, pero no podía acostarme antes de las 2 de la madrugada, hasta que la comida se asentara un poco en el sufrido estómago.
Pero había merecido la pena, el paisaje submarino, la mar tranquila y transparente y la abundante fauna del típico lugar, una costa y poblado de pescadores, me llenaron de satisfacción y alegría. Porque las penas, no son nada, si se tiene motivación, ilusión y alegría. Esta vez, no solo el poder bucear a resguardo del levante, sino el haber podido capturar algunas sepias y haber ayudado a aquel pescador, que de otra forma  hubiese tenido que remolcar su barco con ayuda de terceros, fue todo lo que pudo dar la grata  jornada de pesca. Y, por si ello fuese poco, acallar a mi amigo Borriquete, que piensa y me dice que,  no buceo aunque la mar esté buena. Si que está  buena a 80 kilómetros, pero no en el Cantón, donde me ha tocado vivir.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Cuando la mar esta buena, todos sabemos pescar, si hay peces



Entrar tres días seguidos a la mar para practicar la pesca submarina, en este lugar, continuamente azotado por los vientos de levante, es labor imposible. No obstante, a veces, muy pocas, desaparece el levante y comienza, por pocos días, el viento de poniente, dejando la mar tranquila o casi tranquila. Aproveché esos días y, a pesar de que, en esta época del año no se ve movimiento alguno debajo de las piedras, o dentro de las cuevas, sin embargo, se veía algún pulpo. Esa ha sido la pesquera, dos pulpos cada día. Algunos estaban mutilados, con apenas tres brazos de los ocho que deberían tener. Tal vez, las morenas se aprovechaban para comerse las restantes. Al atardecer, los pulpos salían de sus escondites buscando, posiblemente, huir de sus depredadores, a la vez que, buscaban alimento, después de haber pasado un invierno encerrados en sus agujeros, cuidando de sus huevos y reproduciéndose.
Nunca le había disparado a estos cefalópodos porque su caza estaba prohibida años atrás. No ocurre así este año, pues su pesca recreativa está permitida por el cambio de leyes regionales. Aún así, estando tan ricos como están, su pesca no me apasiona, pues se trata de cazar un animal indefenso que solo tiene para defenderse sus brazos desnudos. Estos, constituyen un arma desproporcionada contra los arpones de los pescadores submarinos y los cuchillos, o dagas, utilizados para darles muerte.
El último día, me negué en redondo a capturar ningún pulpo, a menos que aquel tuviese mas de 7 kilos. Así fue que,  me encontré un ejemplar escondido en su cueva, oculto y disimulado completamente bajo una losa enterrada en la arena. Apenas se veía desde la superficie que allí pudiera haber una roca, mucho menos un pulpo. Estuve jugando con el animal, acariciándole con la punta del arpón, sin dispararle. Lo había prometido y siempre me gusta cumplir las promesas. El animal, por el tamaño de su cabeza y la parte mas gruesa de sus brazos, podría pesar mas de dos kilos. Pero allí se quedó tranquilo el indefenso cefalópodo. Ello fue así, porque el día anterior, capturé tres pulpos de mas de dos kilos cada uno, pero a la hora de darles muerte con la daga, sentí una gran pena de ver como los animales se cubrían con sus brazos la cabeza, para protegerse del cuchillo y de las cuchilladas. Consideré que,  era un crimen hacer eso con un animal tan indefenso y a la vez tan inteligente. De hecho,  el pulpo tiene 9 cerebros. Uno central grande y uno mas pequeño, conectado al anterior, en cada uno de sus brazos,  en donde aquellos se unen a la cabeza. Por eso es tan difícil darles muerte, a no ser que el arpón o el cuchillo le traspase ese cerebro central. Entonces el pulpo se vuelve blanco como la nieve y muere. No obstante, sus brazos continúan con vida, debido a sus cerebros individuales.
No se trata de un mérito el capturar pulpos, sino que, dado su valor culinario, al horno, a la gallega, en ensaladas de vinagreta, etc., es un animal muy apreciado. Pero, ya tenía suficientes pulpos en el congelador para regalar y para comer. Así que, pensando que, el mejor cazador es aquel que no mata por matar, sino el que captura solo lo que necesita para comer, decidí abandonar por unos días esa captura del pulpo.
El agua había pasado de 19  a 16 grados. El viento fuerte de poniente que venía de tierra hacía el mar, había enfriado las aguas en tan solo dos días. En los días siguientes, volvía la mar a subir a su temperatura normal en esta época del año, de 18 y 19 grados. Junto a la playa el agua había pasado de 20 grados a 17. Por eso los bañistas, no se atrevían a introducirse en las playas para bañarse. Se limitaban a tomar el sol en la arena.
Con 19 grados, llevaba el traje de 7 mm, comprado este año, sin peto, pero con un chaleco de 3 mm. En el cinto,  me puse cinco kilos y medio. En un chaleco de lastre,  llevaba un kilo ochocientos gramos. En total llevaba 7 kilos y trescientos gramos de lastre, repartidos entre la cintura y la espalda. Estaba deseando que el agua se calentase mas, para ponerme un traje de menos grosor y quitarme el chaleco de lastre, que quitaba hidrodinamicidad en las bajadas y subidas.
Me acordaba de mi amigo, "el sabio Borriquete", que tenía la suerte de vivir en un lugar a cubierto de los vientos del levante, en donde la mar estaba buena todos los días y todos los días se metía a bucear. Sentía una envidia sana hacía él. Pero, por desgracia, el habitual mal estado de la mar en donde me ha tocado vivir, estaba haciendo ya mella en mi paciencia, en mi salud y en mi buen humor. No tenía mas remedio, que cambiar de hábitat cuando llegara el otoño, si no quería perder la afición por este deporte tan saludable y agradable, que llevaba practicando desde hace mas de 35 años.