MI MUNDO SUBMARINO:

Aún cuando, Julio Verne describió magníficamente ese mundo desconocido, en su obra 20.000 leguas de viaje submarino, y Jackes Cousteau nos dejó imágenes maravillosas de aquellas secuencias pioneras del submarinismo. No todo esta escrito ni visto. Por eso, este blogge lo dedicaré a ver el paisaje submarino, relajante, cálido y transparente de las costas de Murcia. Y como elemento esencial del blog, una aproximación a mi afición favorita, la pesca submarina, en la que me considero un novato con 36 años de experiencia. Un saludo.



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jueves, 20 de julio de 2017

Desde la mar, el mero pasó al vídeo y despues al papel de acuarelas





miércoles, 12 de julio de 2017

El segundo fusil fallö en el momento mas crucial




El día no fue fructífero en numero de piezas, tan solo dos, pero de cierta calidad. El agua ya estaba en 26 grados. El traje sin peto antiguo, de 3 mm, un chaleco ya gastado de igual grosor y dos kilos de plomos en el cinto. Bucear era una caricia entre el agua caliente de superficie y el agua un poco mas fresca del fondo. La mar terminó en calma total, con una ligera corriente del sur. A la hora de estar buceando, bajé a aquella cueva, en la que nunca había encontrado nada. De repente, vi lo que parecía un gran mero que me miraba de frente justo en la entrada de la cueva. No me dio tiempo a reaccionar, pues no lo esperaba y rápidamente el mero penetró dentro de la cueva alejándose, pero se volvió un instante, que aproveché para dispararle a la sombra de la cabeza lejana. El mero atravesado por el arpón tiró del arpón y del fusil, dejando este ultimo casi dentro por completo de la cueva, solo apalancado en una roca, lo que evitó que perdiera el fusil. Fui hasta la boya y a duras penas, por el nerviosismo y las prisas, pude extraer un boyarín sacameros y colocarlo en la culata, que a duras penas asomaba y a la que me costó llegar. De esa forma sería difícil perder el fusil. Luego cogí el segundo fusil de 90 para intentar rematar el mero, por otro lugar si lograba divisarlo. Pero, al cargar el fusil se atascó para adentro el gatillo y el fusil quedó completamente inservible. Entonces cogí un tercer fusil de 75cm. y busqué al mero por otra cueva contigua a la que le había disparado. Allí estaba el mero muy al fondo de la cueva. Cargué el fusil corto en la segunda muesca. Esperé a que el mero que se debatía sin parar, me ofreciese la parte de su cerebro para poder rematarlo y una vez que lo tuve a tiro disparé. El arpón le mató y el mero dejó de debatirse. Entonces coloqué un segundo boyarín en el segundo fusil para que tirase del mero. Pero vi que el primer arpón hacía de palanca e impedía tirar. Tenía un dilema, no quería cortar la cuerda del primer arpón, pero desde donde le había disparado no alcanzaba al pequeño mosquetón para soltarla sin cortarla. Entonces pensé en la única solución, para sacar el mero por donde había disparado por el segundo fusil, debía hacer dos operaciones. Primero soltar hilo del carrete del primer fusil, segundo desenrocar el primer arpón, para poder extraerlo desde donde había disparado el segundo arpón, y después tirar del mero que arrastraría al primer arpón con el hilo ya suelto del primer fusil, para alcanzar así el mosquetón y poder soltarlo, luego cerrando el mosquetón para que no se enredase podría rebobinar el carrete del primer fusil y recuperar fusil e hilo. Primero extraje al mero y lo colgué en la boya. No hacía falta clavarle la daga para rematarlo pues el segundo disparó le había atravesado el cerebro. Conseguí extraer de la forma descrita el primer fusil sin problemas y continuar pescando. A las dos horas y media, mientras escudriñaba una cueva, desde abajo preparado para ascender vi una veloz lecha que pasaba cerca pero que se alejaba. Me mantuve en el fondo agotando las reservas de los pulmones, para ver si la lecha se acercaba al hacerle la espera. Así fue la lecha se acercó milésimas de segundo, que aproveché para apuntarle y dispararle en su huida. Le alcancé en la cola y empezó a girar como una condenada sobre el hilo enredándolo. Conseguí coger a la lecha con la mano, ascender y clavarle la daga para evitar que se escapase, pues se debatí con una fuerza enorme, al no haber sido alcanzada en órganos vitales. La colgué del aro y continúe  buceando Cuando ya llevaba cinco horas buceando y pensaba iniciar la vuelta, bajé a otra cueva. Un mero del mismo tamaño que el primero salió velozmente escapando por la parte abierta a las aguas de la cueva. Busqué en vano, por si se había escondido bajo alguna roca cercana, pero era un intrincado de rocas y no conseguí dar con el mero. Terminé la jornada, solo con dos piezas, el mero solo pesaba 2,5 kilos y la lecha 800 gramos. Al salir, la gente no paraba de hacer preguntas, mientras yo cansado y extenuado, trataba de quitarme el equipo y recogerlo. Un chavalín habitual, me preguntaba si estaba contento, le dije que no, que siempre quiere uno pescar mas, igual que siempre un jugador no se conforma con meter un gol. Pero, en el fondo, durante toda la jornada tenía una zozobra, no había rematado al mero con la daga, y dudaba que pudiese estar vivo. El hecho de que estuviese vivo me atormentaba, porque no me gusta hacer sufrir a los animales. Pero, si le hubiese rematado, con la temperatura del agua 26 grados, y al cabo de casi seis horas, el mero hubiese estado a punto de descomponerse. Cuando salí, el mero que parecía muerto, dio unos movimientos, aún vivía. Por lo que le rematé con la daga y dejó de moverse. Pensé que disfrutaría mas, si estuviese contento con lo obtenido, aunque no fuesen muchas piezas. Después de bajar 90 veces a piedras y cuevas distintas, eso es lo que vi. No podía estar muy contento, pues apenas había pescado digno de dispararle. En cuanto a la zozobra de si el mero estaba bien muerto, termino de hacer que, aquel día no estuviese muy contento.

La pintura de acuarelas y la pesca submarina















No tengo mucha idea de pintar, casi nada de dibujar y no logro adquirir la auténtica técnica de la pintura en acuarelas. No obstante, debido al tiempo libre, por culpa de la mala mar cotidiana que me impedía practicar la pesca submarina, decidí comenzar a practicar con acuarelas, aunque el resultado no pueda considerarse ni aceptable ni como acuarela. Así decidí que cada día de mar mala debía pintar algo. Poco a poco conseguiré aprender una aproximación a la verdadera pintura de acuarelas.
Aquel día 10 de julio, la mar parecía estar aceptable para bucear. Me puse la chaqueta de 5 mm, un chaleco de 3 y unos pantalones gastados de 3 mm. En el cinto llevaba 3 kilos de plomos. El agua estaba en 25 grados centígrados. A la media hora de estar buceando vi un mero, parecía grande, pero se escondía y no me daba tiempo a calcular el tamaño real. A la quinta vez, pensé en bajar sin encender la linterna y bajé alejado de la boca de la cueva. Cuando estaba llegando al fondo, divisé la sombra negra de su cabeza dentro de la entrada de la cueva, me miraba desde abajo y pensé en apuntarle a un ojo, pero la rapidez con la que tenía que dispararle antes de que desapareciera, como había hecho las veces anteriores, no me dejó otra alternativa que disparar desde lejos al centro de la sombra de lo que parecía ser la cabeza. Le dio tiempo a girarse y el arpón le penetro de costado por detrás de las agallas. Tiré inmediatamente de él antes de que se enrocara y logré sacarlo sin dificultad. Clavándole la daga en la cabeza para rematarlo, una vez capturado. Continué la jornada y a las dos horas y media de estar buceando, al fondo de una cueva vi lo que parecía un sargo gordo que no se movía mucho. Le apunté y disparé. Atravesado comenzó a girar sobre el arpón y se enredó en el hilo. Tuve que bajar una segunda vez, para desenrocar el arpón por una grieta trasera de la cueva, desde la que, sin dificultad, pude conseguirlo. Se trataba de una dorada de 1 kilo. La rematé con la daga y colgué en el aro. Después capturé un sargo y una corvina mediana. Bajé unas 80 veces. Había una gran corriente del sur, que me extenuaba. Estuve buceando seis horas, desde las 15 hasta las 21. Demasiadas, para tan poco pescado y para estar en tan baja forma, pero para un puñetero día que la mar esta buena tenía que aprovechar para, por lo menos, hacer ejercicio físico. El mero solo pesó un kilo y medio y la dorada un kilo. Tuve, al concluir la jornada, que quitarle las vísceras a todos los pescados y lavarlos con agua del mar, cosa que no suelo hacer en invierno,  porque en verano puede descomponerse el pescado de no hacerlo así, dada la alta temperatura del agua y de la atmosfera. Según me dijo un vendedor de pescado, para congelarlo no es bueno quitarle las vísceras, pues además de que el pescado pierde su sangre, se oxida antes. Es preferible congelarlo entero. Pero el verano es excepcional en todo. Al siguiente día, ya, otra vez, la mar volvía a estar mala.